La danza, un destino inevitable.
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La danza, un destino inevitable.

Por Elisa Sicouret Lynch.

Fotografía: cortesía.

Edición 455 – abril 2020.

Cuando Valeria Quintana Velázquez comenzó en esto, a los seis años, no sabía cómo colocarse un tutú y mucho menos lo que era un pas de deux. Hoy, a sus veintisiete, forma parte del Ballet Nacional de Finlandia y es la primera bailarina ecuatoriana en firmar un contrato permanente con una compañía de danza de prestigio mundial.

Esta es una historia que derriba mi­tos. Que rompe clichés. Que —sin querer sonar a libro de autoayuda— nos permi­te creer que todo es posible. El hecho de que una joven ecuatoriana haya forjado una carrera en el ballet de élite mundial, formando parte de afamadas compañías de danza en Europa, recibiendo clases de los coreógrafos más celebrados y com­partiendo escenario con grandes figuras del género, acaba con el concepto de que el arte no puede ser un modo de sustento o de realización para alguien nacido en este país. Porque “no tenemos el talen­to suficiente”. Porque “no trabajamos lo suficiente”. Porque “no lo queremos lo suficiente”. Valeria Quintana Velázquez tiene la capacidad, el empuje y las ganas suficientes para hacer añicos esos viejos estigmas cubiertos de telarañas.

Esta guayaquileña de veintisiete años lleva veintiuno bailando. Las cosas evi­dentemente no sucedieron para ella de la noche a la mañana. Ya perdió la cuenta de cuántos concursos tuvo en su etapa estudiantil y de cuántas audiciones ha de­bido hacer en su carrera profesional para diferentes papeles, compitiendo siempre con un promedio de casi cuatrocientos as­pirantes de todo el mundo con el mismo sueño. Hoy forma parte del Ballet Nacio­nal de Finlandia, prestigiosa compañía de danza clásica en la que ha llegado incluso a ser solista en varias ocasiones. Pero el trán­sito hasta allí ha sido muchas veces espino­so y lleno de sacrificios, como el vivir lejos de su familia en el Ecuador o sufrir lesio­nes por las exigencias físicas de su oficio.

El primer encuentro de Valeria con el ballet se dio como muchas niñas ecuato­rianas empiezan en esto: como una activi­dad extracurricular, como algo que hacer para matar el ocio de las tardes. Su abuela Elizabeth, a la que cariñosamente llama Nana, la llevaba todos los lunes y miér­coles a la academia Pam Danza Teatro en Urdesa. Y, sin darse cuenta, el hobby esca­ló a pasión. Pasaba todo su tiempo libre viendo videos de baile clásico y tratando de imitar los pasos en su cuarto.

El enganchón definitivo llegó cuando tuvo su primera presentación con la aca­demia. La vistieron con un traje blanco y le colocaron un enorme lazo en la cabe­za. Debía bailar en Alicia en el país de las maravillas y, con apenas seis años, era de las más pequeñas del elenco. “Me acuer­do muy bien de ese día… Me llamaron la atención el teatro, las luces… la adrenalina que sentí en el escenario, aunque haya sido muy chiquita, fue muy especial y simple­mente me encantó. Se podría decir que me sentí como en casa”. Ese es el sentimiento, la mística y la mentalidad que separa a los aficionados de los profesionales; por eso, sin importar su corta edad, intuyó que crear arte con su cuerpo en movimiento sería el motor de su vida.

Se entregó en cuerpo y alma a la dan­za; pero si hay algo que no comprometió por su vocación fue su adolescencia. Se graduó del colegio Logos a inicios de 2011, habiendo cumplido con todos los rituales típicos de la época de secundaria: fiestas, salidas, viajes con las amigas. Y mucho estudio. Sus jornadas eran muy ocupadas al tener que compaginar lo académico con los ensayos. Su norte, no obstante, estaba claro, y para mediados de ese mismo año dejó el Ecuador gracias a una beca que ganó para estudiar en Italia, donde obtuvo su título como bailarina profesional en la Accademia Internazionale Coreutica de Florencia.

La beca fue el más importante de los múltiples reconocimientos que logró cuando era estudiante, tanto en Pam Dan­za Teatro como en Coreutica. Un sinfín de competencias internacionales, como los American Dance Awards (ADA) y el Youth America Grand Prix (YAGP) en Es­tados Unidos, o el Festival Tanzolymp en Alemania —considerado las “Olimpiadas” del ballet—, se han quedado en su memo­ria; así como haber alcanzado el mejor puntaje en dos certámenes nacionales del Ecuador. Valeria, sin embargo, no cree en los reconocimientos, aunque valora los procesos para acceder a ellos: “Nunca me gustaron mucho los concursos, pero es algo que tienes que hacer cuando estás en la escuela pues te ayuda a mejorar. La preparación y tener una meta te hacen crecer mucho. En los últimos años en estos eventos solo se evalúa cuánto giras, cuánto saltas, cuánto impresionas al público con ese tipo de trucos y, en mi opinión, el ballet no es eso. Es un arte y se trata de trans­mitir un mensaje con los movimientos de tu cuerpo. Es curioso ver cómo chicas que se ganaban todos los premios en las me­jores competencias del mundo y que eran consideradas las futuras estrellas del ballet luego no consiguieron un trabajo a nivel profesional, que es la verdadera meta”.

A ella también le llegó la hora de salir en pos de esa meta una vez que tuvo el di­ploma oficial de bailarina bajo el brazo. La hora de la verdad, del milagro de vencer a miles de contendientes para hacerse con un puesto en la élite de la danza. Su aliada en esta empresa fue su profesora Elisabetta Hertel, con quien analizó la oferta que le hizo la Opéra National du Rhin, una com­pañía francesa no muy grande ni muy pe­queña tampoco. En el papel era el trabajo perfecto, pues le permitiría abarcar un amplio repertorio clásico, contemporáneo, moderno, neoclásico. En la práctica fue tal como lo previeron y durante tres años in­terpretó roles de solista y papeles principa­les. Esta compañía la ayudó en la transi­ción del campo estudiantil al profesional, pero sobre todo le dio la tranquilidad de pertenecer a un staff de planta y olvidarse de las “benditas” audiciones.

“Audicionar es agotador, intenso, y muchas veces pensaba que los directores ni me podían ver porque había entre cien y cuatrocientas personas en el estudio. Fue un tiempo duro, así que cuando recibí el contrato de la Opéra du Rhin fui muy feliz, sentí un alivio enorme y la emoción de sa­ber que podía comenzar mi carrera. Llamé a mis papás, ¡llamé a todo el mundo a con­tarle! Estaba aún viviendo en Italia y salí a tomar un trago para celebrar mi primer trabajo”.

Luego de tres años en Francia, quiso enfocarse más en repertorios clásicos, lo cual es propio de cuerpos de baile más grandes. Por el contacto con un exprofe­sor tenía casi todo listo para ingresar al Stuttgart Ballet de Alemania; sin embargo, recibió la llamada de una amiga que inte­graba el Ballet Nacional de Finlandia y la convenció de visitar Helsinki. Se enamoró de la ciudad y de la compañía. Pidió tener una audición con el director y la química fue instantánea.

Enseguida le propusieron una oferta, la aceptó sin pensarlo y de esa manera hizo historia para sí misma, y también para el país, pues se convirtió en la primera ecua­toriana en ser parte del elenco de planta de una compañía grande en Europa, con más de ochenta artistas y repertorios de todo tipo; con la cual, además, actualmente tie­ne un contrato permanente que le garanti­za inclusive su jubilación. Un privilegio del que muy pocos bailarines gozan.

Si bien domina el inglés, italiano y algo de francés, está estudiando finlandés y también ruso; este último idioma, por razones más sentimentales que prácticas. Su novio es el bailarín ruso Sergei Popov, estrella del Ballet Nacional de Finlandia y quien ha trabajado en el legendario teatro Mariinsky en su país. Pese a que Sergei le lleva diez años de diferencia, se comple­mentan por el hecho de compartir una misma carrera. Para ellos no hay lío en llevar el trabajo a casa, sino todo lo con­trario: “Es algo favorable porque nuestro oficio puede ser muchas veces muy ago­tador, y entre los dos nos entendemos y apoyamos cuando lo necesitamos. Si ten­go que interpretar algún papel importan­te siempre le pido su opinión, que ensaye­mos juntos y que me haga correcciones; y cuando él tiene que hacer sus roles prin­cipales yo lo apoyo al 100 %. Lo admiro muchísimo; sueño con tener un día su currículum y experiencia”.

“No me preocupaba para nada que el ballet en el Ecuador no fuera una profesión tradicional o que dejara dinero. Cuando te gusta algo, no piensas mucho en eso. Trabajé muchísimo, pero también tuve la suerte de tener a las personas correctas en los momentos justos”.

Valeria usa el adjetivo “agotador”, y realmente no exagera. Un día normal para ella arranca a las 10:00 con clases de ba­llet y continúa a las 11:30 con los ensayos de la producción que esté preparando al momento, los que se extienden hasta las

17:00. En ese lapso solo le dan un break de 45 minutos para almorzar y, si tiene suerte, a veces otros diez minutos de des­canso. Cuando hay presentaciones, la jor­nada se alarga, pues los shows empiezan a las 19:00. En medio de tantas actividades, de todas maneras se da tiempo para reali­zar ejercicios adicionales o ir al gimnasio, al menos tres veces a la semana.

La razón para nunca parar es sencilla. En su profesión, el cuerpo es una máqui­na que debe funcionar con la precisión de un reloj suizo: “Hay que ser muy fuerte físicamente. Somos como atletas, desgas­tamos muchísima energía todos los días. No es suficiente solo con una clase de ballet o ensayos; tienes que trabajar siem­pre extra. En cuanto a la alimentación, es necesario comer muy bien porque se ne­cesita energía para poder bailar. Gracias a Dios que me regaló el cuerpo que tengo y nunca he debido hacer dietas. Soy muy afortunada con eso, porque si tuviera que dejar de comer algo que me gusta por el ballet, ¡tal vez no bailaría!”.

Las exigencias físicas en muchas oca­siones cobran factura. Sí, se sangra por usar las zapatillas durante muchas horas de ensayo. Sí, son comunes las fracturas por estrés, pues se recarga demasiado peso de manera constante sobre ciertas partes del cuerpo. No, los cuadros no son tan dra­máticos como los pintan las películas de Hollywood sobre ballet. O al menos eso opina Valeria, pese a haber vivido varios episodios de lesiones: “He sufrido fracturas por estrés algunas veces, en los metatarsos. Para una producción de La bayadera es­tuve sin bailar tres semanas porque tenía tres ganglios inflamados y no podía mover bien el pie. He tenido que usar inyeccio­nes de cortisona en varias ocasiones para poder continuar. Pero creo que, dentro de todo, he tenido suerte en este aspecto”.

La bayadera ha sido justamente uno de los retos más difíciles de su carrera en el sentido de que no tuvo mucho tiempo para recuperarse y prepararse debido a su lesión. Otro fue el ballet Gemini, de Glen Tetley, por dos razones: tuvo que bailar sin parar durante veintiocho minutos en el escenario, un desgaste bastante impor­tante; e interpretó el rol cuando recién empezaba en la Opéra National du Rhin, era novata y se trataba de un papel para bailarinas experimentadas. “Fue difícil. Siempre que bailábamos eso, ¡se sentía como un maratón!”, dice.

En su portafolio consta, además, el célebre número “Peasant pas de deux”, de Giselle, bajo órdenes de uno de sus ído­los: la maestra y exbailarina del American Ballet Theatre, Cynthia Harvey. También papeles icónicos como el de Clara de El cascanueces; Nichette de La dama de las camelias; el Hada de Invierno de La ceni­cienta; y Mercedes de Carmen, obra que Valeria presenta al momento con el Ballet Nacional de Finlandia, cuya temporada regular abarca de agosto a mayo. En los dos meses que tiene de vacaciones siem­pre aprovecha para visitar a su familia en el Ecuador: su mamá, Sylvia Velázquez; su papá, el cirujano plástico Fernando Quintana; sus hermanos: Hugo, Sebastián y María Emilia (del segundo matrimonio de su padre); y, por supuesto, su adorada abuela Nana, su cómplice desde los ini­cios en la danza.

Sergei Popov en Romeo y Julieta.

Dejar el núcleo de una familia tan cer­cana por una vida en el ballet es, sin duda, lo más duro que le ha tocado hacer. Sin embargo, no se arrepiente de su decisión: “Es difícil estar lejos, creo que solo las personas que han pasado por eso lo pue­den entender. Nunca me imaginé irme por tanto tiempo, ¡es una locura! Pensé que me acostumbraría con los años, pero nunca te acostumbras a estar lejos de tus padres y de la gente que amas. Siempre te va a doler perderte Navidades o eventos familiares importantes. Los extraño, pero siento que he encontrado mi lugar. Estoy muy feliz hoy, muy orgullosa también del camino que he recorrido. Ha valido la pena. Siempre vale la pena”.

La vida profesional de una bailarina es efímera y Valeria sabe que las agujas del reloj no se detienen para nadie. En el futuro, una vez que los escenarios se con­viertan en recuerdos, le gustaría estudiar fotografía o diseño, pero por sobre todo, formar una familia. No descarta tampo­co devolver un poco de lo que la vida le ha dado: “Quisiera sin duda tener algún proyecto de danza en el Ecuador, luego de retirarme para poder darle uso a toda la experiencia adquirida”.

Jamás vio a este pequeño país del Tercer Mundo en el que nació como una camisa de fuerza que restringiera sus aspiraciones. Sus ojos estuvieron puestos en el premio en todo momento, sin desviarse jamás: “No me preocupaba para nada que el ballet en el Ecuador no fuera una profesión tradicional

o que dejara dinero. Cuando te gusta algo, no piensas mucho en eso. Siempre me vi bailando afuera. Cuando me fui a Italia no estaba segura de que conseguiría un con­trato en una compañía de excelente nivel, es algo muy difícil en estos días; pero siem­pre tuve en mi mente que eso era lo que quería y que lo intentaría todo. Cuando quieres alcanzar algo, realmente nada te de­tiene. Trabajé muchísimo, pero también tuve la suerte de tener a las personas correc­tas en los momentos justos”.

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