La concentración.
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La concentración.

Por Salvador Izquierdo.

Ilustración: Diego Corrales.

Edición 454 – marzo 2020.

En ocasiones me cuesta mucho trabajo pensar. Me ha atraído leer sobre el problema. He doblado las esquinas de páginas donde alguien admite: “no sé pensar” o “nunca he pensado en mi vida”. He dejado notitas en los márgenes de esas hojas, tipo “esto”, junto a una flechita que apunta al texto.

Quizás esta condición sea la razón por la que disfruté tanto de la nueva biografía de Alexander von Humboldt, escrita por Andrea Wulf. Me dio la sensación de que había como apagar la mente y simplemente recorrer las páginas como zombi lector. A pesar de ser un libro repleto de información relevante, es también ligero, modesto y sencillo en su mensaje central: “No olvidemos a Humboldt, no olvidemos al inventor de lo que entendemos por naturaleza, concentrémonos por un segundo, en medio del ruido y del caos, y volvamos a ser testigos de lo que vivió, de cómo lo leyeron, de cómo tuvo la buena suerte de venir a América cuando vino, y de ver lo que vio, y de atreverse a escalar montañas, y de cómo no tuvo la misma suerte al momento de preparar nuevas expediciones, a los Himalayas, por ejemplo, a India, que nunca conoció, aunque quiso, porque tuvo mala suerte también, este Humboldt, un destino de cortes europeas”.

Es un libro grande pero, en el fondo, está compuesto de pocas páginas. ¿Cómo se entiende este disparate que acabo de escribir? No lo pensemos demasiado. La biografía de Humboldt contiene unas pocas páginas de su juventud, unas pocas páginas sobre las guerras napoleónicas, unas pocas páginas sobre el proceso independentista en América, unas pocas páginas sobre el ascenso al Chimborazo, unas pocas páginas sobre Bonpland, sobre Carlos Montúfar, sobre Darwin, sobre Thoreau… Es en la acumulación que se halla su encanto. Y la idea central persiste a lo largo y ancho, retándonos casi.

Siento que la idea que tenemos de la naturaleza está por cambiar, para siempre. Estamos en medio de desinventarla, por así decirlo. ¿Naturaleza? ¿Cuál naturaleza? Robándome una frase del programa radial español La vida moderna, podría decir que “No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas” de que lo estamos jodiendo por completo. Si los miles de millones de personas que existen en el mundo hacen más o menos lo mismo que hago yo, a diario, es decir: bañarse, ponerse bloqueador solar, abrir uno y luego otro empaque de plástico que solo se usará una vez, lavar platos, usar una servilleta ocasional, subirse a algún tipo de vehículo, respirar esmog, enfrentarse a un sol calcinante, prender luces, imprimir algo, sacar copias de algo, comer algo proveniente de un animal, volver a otro vehículo, respirar más esmog, ver los arbolitos podados de la ciudad, suspirar ante algún árbol gigante que ha sobrevivido de milagro, pero no por mucho más, ver por Internet cómo arde una porción del mundo, se inunda otra, intentar concentrarse en aquello, intentar pensar al respecto… pues entonces la situación está cuesta arriba.

En Berlín, en septiembre de este año, se va a abrir el Humboldt Forum, un espacio cultural concebido como museo, laboratorio, cine, teatro, centro educativo; una inversión multimillonaria que rescata, una vez más, el nombre del científico y escritor alemán, pero cuya creación no ha estado libre de cierta resistencia por una parte de la población alemana. En el Ecuador, país fundado en la región que resultó clave para la obra de Humboldt, hay calles, plazas, un hotel en Playas y múltiples homenajes (como una muestra de arte contemporáneo en el Centro Cultural Metropolitano, CCM, que muy poco tuvo que ver con Humboldt); pero, ¿qué nos dicen estos gestos?, si de todas maneras no nos concentramos en las ideas que tenemos sobre la naturaleza, como espacio interconectado, si nos preocupamos más por nosotros mismos y nuestros deseos personales, por encima de lo que puede ser bueno para los demás.

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