La ciudad más luminosa
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La ciudad más luminosa

Por Jorge Ortiz.

Edición 467 – abril 2021.

Dibujo ilustrativo de la antigua ciudad de Constantinopla, la Estambul de hoy. Modelo medieval de la ciudad bizantina.

Los tiempos de lustre y esplendor, en los que fue el centro del mundo, habían que­dado atrás: Roma era, ahora, una ciudad en decadencia, que no sólo perdía su brillo, sino también su población. Las epidemias, la corrupción y la molicie de sus élites la habían sumido en una depresión de la que ya nunca se recuperaría. Consciente de la debacle, el emperador Diocleciano resolvió trasladar la corte imperial hacia el Oriente, al Asia Me­nor. Y en 248 estableció la capital en Nico­media, la vieja sede del Reino de Bitinia.

Pero al empezar el siglo siguiente, el IV, el Imperio volvió a estremecerse por una sucesión interminable de ambiciones y dis­cordias. Y se partió en dos. Del Occidente se apoderó Constantino, que gobernaba desde Milán, y del Oriente se apropió Li­cinio, asentado en Nicomedia. La disputa, con algunas treguas precarias e inútiles, duró once años, hasta que, en septiembre de 323, Constantino abatió a Licinio y reu­nificó el Imperio. Y sin demora puso manos a la obra en sus planes de recobrar la mag­nificencia de tiempos idos.

Para entonces, Constantino ya había abierto el Imperio Romano a una nueva fe, llegada de Galilea, que la gente pobre y olvidada extendía hasta los confines más le­janos. Lo había hecho en 313, con un edicto que firmó en Milán para que el paganismo dejara de ser la religión oficial, lo que en la práctica había significado la legalización del cristianismo. Había sido un gesto de tolerancia, por supuesto, pero también una maniobra política oportuna y hábil.

Constantino anhelaba el renacimiento del Imperio y, claro, la apertura al cristia­nismo le había provisto de unos respaldos caudalosos y resueltos con los cuales em­prender su obra magna. Y decidió que una nueva capital sería el símbolo mejor de ese renacimiento. Primero pensó en Troya, la ciudad que Homero había venerado en La Ilíada, el poema épico más célebre jamás habido. Pero Troya, destruida quince siglos antes por los griegos, si bien coronaba los estrechos, estaba ubicada en las orillas del mar Egeo, una posición difícil de defender. Pero Bizancio, en las orillas del mar Negro, no tenía esa dificultad.

Tras largas cavilaciones, el emperador se decidió por Bizancio: también corona­ba los estrechos, el del Bósforo y el de los Dardanelos, y quedaba a medio camino de las dos fronteras imperiales más amenaza­das, que eran la del Danubio, acosada por los godos, y la del Éufrates, asediada por los persas. Y aunque Bizancio nunca había sido una ciudad deslumbrante, tan sólo un cen­tro dinámico de comercio, sin arte, cultura ni grandes personajes, Constantino conclu­yó que con unas murallas resistentes, un ejército poderoso y una flota bien dotada la nueva capital sería inexpugnable. Y, ade­más, sí era posible hacerla formidable.

Era posible, incluso, convertirla en la nueva Roma, edificándola otra vez sobre planos que emulaban a la vieja Roma, con siete colinas, un foro, un senado y un pala­cio. La dotó también de un hipódromo de dimensiones colosales, con medio kilóme­tro de longitud, ciento cincuenta metros de ancho y capacidad para sesenta mil perso­nas. Hizo teatros, iglesias, baños, embalses y graneros. Y construyó casas para los aris­tócratas, dispuestos a pagar precios de oro para estar cerca de la corte. Y, al final, de Atenas hizo llevar estatuas para embellecer ‘su’ ciudad.

‘Su’ ciudad, sí, porque cuando la refun­dó, el 11 de mayo de 330, la llamó “la Nueva Roma, que es la ciudad de Constantino”. Y aunque en los papeles oficiales se llamó Nueva Roma durante más de mil años, to­dos la denominaron siempre ‘Konstantinou Polis’, en griego, o ‘Constantinopolis’, en la­tín. Y así, como Constantinopla, fue la ciu­dad más luminosa y famosa de su tiempo, la mejor de todas, la más rica y la más culta, donde el cristianismo que el emperador ha­bía autorizado con el Edicto de Milán defi­nió, consolidó y pulió su doctrina, que ya se había difundido por el planeta entero cuan­do once siglos más tarde, en 1453, cayó en manos de los turcos, que la convirtieron al islam.

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