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La Charito de oro

por Huilo Ruales

Por Huilo Ruales
Ilustración: Miguel Andrade
Edición 460-Septiembre 2020

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Frisaba los cuarenta, aunque parecía que los había vivido vez y media. Sobre todo por las hamacas tremendas en las que descansaban sus achinados ojos y por la escasez de muelas, cosa que no se le habría notado mucho si no hubiese sido tan merlina. En cuanto al resto era bien puesta, pues, tenía una delantera internacional y una retaguardia redonda, como de poni.

Desde luego no era ninguna puta, carajo, sino que hacía chauchitas con las que redondeaba el mes. Su oficio vital, que a veces resultaba mortal, era la picantería. Un conventillo con puerta a la calle en una casona poblada de ciegos. Aparte de una cocina que semiobturaba el acceso de los esporádicos clientes, tenía cuatro mesas con sus bancos. Allí vendía caldo y seco de gallina, humitas, empanadas de viento y morocho. Empezaba a las cinco de la mañana y culminaba a media tarde, cuando del mercado no quedaba nada aparte del mal olor y los perros sin dueño. Los polvoretes, en cambio, no tenían hora ni calendario y más bien caían de vez en cuando. Se inició en ello a petición del público y porque en la Tuentifor el que no daba recibía. Dicho en otras palabras, en la Tuentifor el folleo era tan normal como la confesión en la iglesia, como en el leprocomio la lepra. Las primeras veces le resultó igual que lanzarse al vacío con alas delta, pero después le cogió el golpe y con el talante de quien limpia baños ajenos sin empinzarse la nariz. Desde luego, como todo el mundo tenía su corazoncito, pero eso era un asunto personal. Además, la Charito, en tanto no-puta era pudorosa, así es que ofrecía sus servicios en un ámbito hermético, al que se accedía casi con código. E incluso en ese ámbito, atendía solo cuando le daba la gana o le exigía la necesidad. Desconocidos, nunca, aunque no tuviera para los costosos caprichos de su hijo, un escolar ecuatoriano que casi rodaba de lo bien comido. En cuanto a tarifas se acomodaba al bolsillo siempre que no se abusara. Y para lo poco que cobraba ofrecía un servicio decente. O a la carta, si se lo prefería, caso en el cual la tarifa lógicamente se disparaba.

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Una vez, el Roki, más conocido como Verbo Divino o Pico de Oro, asiduo cliente de la picantería, llegó fumado hasta desplegar las alas. Lo escoltaban como siempre un par de borrachos remadores, que se turnaban para empujar su desvencijada silla de ruedas. Embelesado en el escote generoso y la abundancia de carnes apretadas por la minifalda, el Roki le soltó la propuesta a voz en cuello: dos chelas heladas y un polvo de oro, Charito de Oro. En lugar de mandarle al carajo, la Charito se acercó, clavó en la mesa la doble Pílsener y se paró delante del Roki. Malvada y morosamente, acercó su escote como si lo brindara y se dedicó a examinar con la vista, desde la cabeza, la doble giba, el resto del tórax que parecía hundirse en la silla. ¿Con qué?, le preguntó, soltando una risa burlona secundada por las risotadas de los borrachos esparcidos en las mesas. Con esto, contestó el Roki, sacando la lengua; una lengua azulada y larga que la movió como una anguila eléctrica. Me encanta su pechonalidad, Charito, remató en tono seductor sin siquiera sonreírse, y con aire de gánster puso en la mesa cuarenta dólares, que era el doble de la tarifa de base. Ella, sin decir ni pío, parpadeó como muñeca dormilona, tomó los billetes antes de que el engendro con voz de locutor antiguo se desanimara, y se los guardó entre sus senos repentinamente despiertos.

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Acerca de Huilo Ruales

Escritor ecuatoriano cuya obra abarca todo tipo de estilos, desde la novela, crónicas, teatro, poesía, cuentos y microrrelatos. Es considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes del país; sus obras han sido traducidas al francés y alemán.
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