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La casa nostra

por Huilo Ruales

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—Mírale la cara, si parece que le han caído encima un pocotón de gallinazos —dice el Agente Uno.

—O de ratas, así comen las hijuesumadre. Yo estuve en el caso de los bebés que fueron comidos por ratas, allá en Posorja. Los devoraron desde los pies hasta dejar los esqueletos limpios, como cuando chupas ancas de cangrejo. En cambio, las caras solamente las picotearon y las dejaron así como la de este man —dice el Agente Dos.

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Ilustración: Miguel Andrade

—Mínimo intervinieron unos tres locos en esto —dice el Agente Uno.

Simón, aquí hay vendetta pura y dura.

—Y con dedicatoria. Ensartarle la mano ortopédica en la boca, ¡qué cabrones!

—Tú no estuviste en el caso del turco Saad, que lo encontraron como si estuviera fumando su propia pinga.

Mientras el Agente Dos blablablea, el Agente Uno toma un estilógrafo Mont Blanc de una gaveta y al disimulo se lo guarda.

—Buenas, mis generales —dice el licenciado Aldaz, irrumpiendo con su pinta de ratón de biblioteca en el despacho que más bien parece despostadero. El aire, como es lo habitual, apesta a sangre, a policía, a Quito de mierda.

—Cómo le va, licen, ya son casi las once, usted sí que vive en Hawái.

—Un chance más lejos, ya que vivo en la Ecuatoriana, y encima el tráfico que es tan loco como el de cocaína.

Se quita la chaqueta de cuero sintético y, tenkiu sargenta, se la entrega a una de las policías que controlan la cinta de protección ante la voracidad de los reporteros. Otra de ellas, pintarrajeada como call girls, le alcanza un par de guantes quirúrgicos. Gracias señorita, se los coloca mientras observa el revoltijo: archivadores desparramados, sillas en trizas, teléfonos con los cables rotos, portarretratos en añicos, sangre aspergeada en cortinas, muebles, diplomas.

Se encamina hacia el cadáver que más bien parece un buda de parafina. Se acomoda los lentes de miope y con escrúpulo de relojero examina el destrozado rostro, el gaznate abierto, la mano ensartada en la boca, el resto del tórax acuchillado con saña. Soltando una risilla burlona comenta sin interrumpir su tarea:

—Y los bocotas de algunas radios amanecieron gritando a los cuatro vientos que no se descarta el suicidio.

Con su celular toma varias fotos del cuerpo desde diversos ángulos, se detiene en el brazo izquierdo, que levanta como el de un monigote y con curiosidad más bien infantil examina y hasta palpa el muñón. Retira la mano de silicona de la boca y la desliza en una funda plástica.

—Aquí el contrato está más claro que el Cantaclaro: nada de balazos, señores sicarios, arma blanca para que sufra, como decir, les pago este fajo por darle el vire, y este otro para que lo hagan con estilacho.

—¿Usted le conocía, licen? —pregunta el Agente Dos.

—Claro que sí. Alguna vez requirió mis servicios —dice con pose de Philip Marlowe en plena resaca—. Ahí como le ven es o era nada menos que el Capitán Garfio, un chulquero trepador que hasta se le fue la mano.

—¿Pero, no dicen que era asambleísta?

—Y aspirante a la presidencia de la Asamblea, por si acaso. Ahí como le ven no sabía leer ni escribir, pero, eso sí, era un mago para los business de doble fondo.

—¡Acá hay un condón usado! —grita desde la sala de baño el Agente Dos.

—Pues, lávale y guárdatelo, por si acaso —responde el Agente Uno soltando una risotada.

—“Sexo en el matadero”, ese sería un titulo taquillero para el Extra —dice más bien para sí mismo el licenciado Aldaz.

—Mire esto, licen —dice el Agente Uno, entregándole un retazo de foto en la que el difunto asambleísta patea olas tomado de la mano de Giorna, la despampanante reina de la tecnocumbia.

—Ya ve, honorable Capitán Garfio, por querer el cielo sin soltar el infierno. Más bien ya me dio sed.

—¿Le parece si nos zampamos por lo bajo un par de espumosas heladas, licen?

—Terminemos con el desposte y le hacemos incluso a un cebiche. Sargenta, que pasen los periodistas pero sin alocarse.

Edición 459

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Acerca de Huilo Ruales

Escritor ecuatoriano cuya obra abarca todo tipo de estilos, desde la novela, crónicas, teatro, poesía, cuentos y microrrelatos. Es considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes del país; sus obras han sido traducidas al francés y alemán.
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