La casa nostra
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La casa nostra

Por Huilo Ruales

—Mírale la cara, si parece que le han caído encima un pocotón de gallinazos —dice el Agente Uno.

—O de ratas, así comen las hijuesumadre. Yo estuve en el caso de los bebés que fueron comidos por ratas, allá en Posorja. Los devoraron desde los pies hasta dejar los esqueletos limpios, como cuando chupas ancas de cangrejo. En cambio, las caras solamente las picotearon y las dejaron así como la de este man —dice el Agente Dos.

—Mínimo intervinieron unos tres locos en esto —dice el Agente Uno.

Simón, aquí hay vendetta pura y dura.

—Y con dedicatoria. Ensartarle la mano ortopédica en la boca, ¡qué cabrones!

—Tú no estuviste en el caso del turco Saad, que lo encontraron como si estuviera fumando su propia pinga.

Mientras el Agente Dos blablablea, el Agente Uno toma un estilógrafo Mont Blanc de una gaveta y al disimulo se lo guarda.

—Buenas, mis generales —dice el licenciado Aldaz, irrumpiendo con su pinta de ratón de biblioteca en el despacho que más bien parece despostadero. El aire, como es lo habitual, apesta a sangre, a policía, a Quito de mierda.

—Cómo le va, licen, ya son casi las once, usted sí que vive en Hawái.

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