La Casa de la Música cumple diez años. El sueño de una dama tenaz
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La Casa de la Música cumple diez años. El sueño de una dama tenaz

Por Gabriela Paz y Miño

Su nombre surge inmediatamente en cualquier relato sobre la historia de la Casa de la Música. No todos quienes la evocan la conocieron personalmente, pero cada uno de ellos ha sido tocado, de alguna manera, por el espíritu de esta mujer alemana, sensible, generosa y decidida, a quien Quito le debe mucho más de lo que sospecha.

Es difícil encontrar una foto de juventud de Gisella Neustaetter. Los capítulos de su vida en Alemania, de donde salió en 1935, junto a Hans Neustaetter, huyendo de la persecución nazi, son gruesos trazos de una biografía de dossier. Lo que se sabe es que la pareja judía nacida en Múnich hizo una primera escala en París. Allí se casaron, y después, por recomendación de un amigo, escogieron Quito para establecer su residencia definitiva.

“Cuando llegaron al Ecuador, su esposo estaba deprimido y se metió en su casa. Ella se puso un taller de sombreros, que vendía a las damas de alta sociedad, para subsistir”, cuenta Maria Laura Terán, presidenta ejecutiva de la Casa de la Música. Aunque casi no hablaba español y tenía cero experiencia en moda, doña Gi (como la conocían muchos), se metió de lleno en su flamante emprendimiento. La confección de sombreros fue el primer paso. Pronto abrió la boutique Para ti, donde se elaboraba ropa para las damas de la alta sociedad quiteña. Además, organizó el primer desfile de modas en la capital.

Poco a poco, y no es difícil imaginar que inspirado por la tenacidad de su esposa, Hans Neustaetter dejó el ostracismo inicial y emprendió en varios negocios exitosos. “Creó la empresa Acero Comercial y empezó a hacer obras de construcción”, relata Terán. Fundó también Siderúrgica Ecuatoriana, Industria Acero de los Andes, Banco de los Andes y otras firmas que crecieron poco a poco.

La pareja Neustaetter, apasionada por la música y la cultura, logró hacer fortuna en el país que los acogió. No tuvieron hijos y decidieron retribuir todo lo que el Ecuador les había dado. Realizaron muchas obras sociales: becaron a jóvenes ecuatorianos para que continuaran sus estudios superiores en Alemania, construyeron el coliseo del colegio Albert Einstein, apoyaron a hospitales, hospicios y cárceles, según se puede leer en la historia de la Fundación Filarmónica Casa de la Música Hans & Gi Neustaetter.

“Él levantó muchos puentes en el Oriente y ella creó un ancianato en Carapungo, que existe hasta ahora”, relata Terán. También donaron el dinero para hacer el Orquideario de Quito, uno de los empeños de Gi Neustaetter. Pero su mayor ilusión era dar a la ciudad una sala de conciertos”.

Este último proyecto, que en abril de este año cumple una década, fue un sueño personal de doña Gi. Cuentan que esta melómana empedernida se entristecía cuando comentaba que, en Quito, una de las pocas ciudades que ofrecía conciertos gratuitos de música clásica, el público no acudía a las salas. En su empeño por difundir el gusto por este género, organizaba conciertos e invitaba a su casa a grupos de cámara para que la gente pudiera escuchar obras clásicas.

Pero su reto era mayor: dotar a la capital de una sala de conciertos con acústica perfecta, por la que pasaran los mejores intérpretes del mundo, sobre todo —aunque no únicamente— de música académica. Para conseguirlo trabajó personalmente, desde el día uno, en todo el proceso: “Durante algunos años, negoció con el Municipio para conseguir un terreno en comodato, que es este”, dice Terán, sentada en una de las oficinas ubicadas en la planta baja del edificio de la Casa de la Música, en una calle sin salida, rodeada de verde, y cercana a la Av. Mariana de Jesús.

“Organizó un concurso de arquitectos. Contactó a los diseñadores artísticos que asesoraron el proyecto, supervisó día a día la construcción, los acabados, contrató todo… pero no logró ver la casa terminada, pues murió en 2004, un año antes de la inauguración”, cuenta Terán. Su esposo, Hans, había muerto en 1993.

El proyecto elegido por doña Gi fue el presentado por los arquitectos Belisario Palacios e Igor Muñoz, quienes estudiaron algunos escenarios que podían servir como referencia para la construcción de la Casa de la Música. Entre ellos, el de la Filarmónica de Berlín, el auditorio Arsenal de Francia y el Royal Central Hall, de Inglaterra.

La planificación —explica el arquitecto Belisario Palacios— requirió del estudio de obras precedentes, pero la atención de los constructores recayó, sobre todo, en los resultados de investigaciones que se realizaban en Italia y Alemania, con programas computarizados para analizar la acústica en espacios de diferentes formatos. De esa manera, evitaron utilizar paneles direccionales absorbentes o reflejantes (muy costosos). Se concibió la sala como un espacio sencillo y limpio, afinado como un instrumento más, como un piano o una guitarra.

 

La suma de muchos empeños

En 2006, cuando la Casa de la Música tenía un año de funcionamiento, se fusionó con una entidad emblemática de la ciudad: la Sociedad Filarmónica de Quito (SFQ).

Una entidad que, en un Quito de incipiente actividad cultural, había desarrollado, durante más de 50 años, una labor de difusión musical y educativa, a cargo de un grupo de mujeres quiteñas, cultas, amantes de la música y, al igual que doña Gi, muy, muy decididas.

Desde la fundación de la SFQ, por María de las Mercedes Uribe de Reyes, la institución organizó conciertos de altísimo nivel en distintos escenarios de la ciudad.

Los nombres más brillantes de la música clásica se pueden leer en los archivos y afiches recogidos en el libro La Sociedad Filarmónica de Quito, escrito por Alicia Coloma de Reed, con ocasión del cincuentenario de la institución. Alfred Cortot, Arthur Rubinstein, Pierre Sancan, Jascha Heifetz, Claudio Arrau, Isaac Stern, Andrés Segovia, la Orquesta Filarmónica de Nueva York dirigida por Leonard Bernstein, los Niños Cantores de Viena, Pierre Fournier, Mstislav Rostropovich, Europa Galante, y otros tantos que sería difícil enumerar, pasan, página a página por este libro que recoge gran parte de la historia de la actividad cultural en Quito.

“Nosotros no teníamos un local propio. Simplemente, gracias al entusiasmo de sus miembros, la SFQ trajo a Quito música clásica con los artistas más renombrados que había en esos momentos”, recuerda Alicia Coloma de Reed.

“Ambas entidades, la SFQ y la Casa de la Música, compartían el mismo objetivo: traer música de calidad y formar un público conocedor, inteligente y entusiasta en Quito. Esa semilla sigue germinando en la Casa de la Música”, explica esta mujer de ojos chispeantes, quien actualmente forma parte del directorio de la Casa de la Música y es, además, la encargada de redactar los eruditos comentarios en los programas de mano que el público recibe antes de cada concierto.

“La Sociedad Filarmónica de Quito trabajaba, por su lado, haciendo conciertos. Algunas veces incluso arrendaron la Casa de la Música, para hacerlos aquí”, relata, por su parte, María Laura Terán. “Primero se invitó a alguna de las señoras para que fueran parte del directorio. Estábamos en lo mismo: ellas sabían mucho, nosotros teníamos la sala”. Las impulsoras de la SFQ no querían perder su nombre, así que, en una decisión salomónica, se bautizó a la Casa de la Música como Fundación Filarmónica Casa de la Música.

De esta unión nació la Fundación Filarmónica Casa de la Música, por cuyo escenario han pasado también enormes figuras, en estos diez años. Gidon Kremer y su Kremerata Báltica, Paul Badura-Skoda, I Solisti Veneti con Claudio Scimone, el Ensemble de Cámara de St. Martin in the Fields, Joshua Bell, la Lucerne Festival Strings Orchestra dirigida por Achim Fiedler, la Orquesta de Cámara de Berlín, la Orquesta de las Américas, Philip Glass, el Cuarteto de Cuerdas Emerson, la Orquesta Sinfónica de San Petersburgo, el Trío Guarneri de Praga…

Pero las noches más gloriosas que Alicia Coloma de Reed recuerda con enorme emoción fueron aquellas en que el violinista ruso, Ilya Gringolts, dejó al público sin respiración o aquella en que Daniel Barenboim y su orquesta West-Eastern Divan emocionaron a muchos hasta las lágrimas.

 

La construcción

El arquitecto Belisario Palacios evoca a la señora Neustaetter como “una dama con carácter fuerte y determinante para realizar sus propósitos”. Una mujer de edad —detalle insignificante que nunca la detuvo— “que siempre tenía claro lo que quería y era intransigente hasta lograrlo”.

Fue de esa forma, con esa tenacidad, como esta alemana enamorada de Quito dirigió la construcción de la Casa de la Música. “La Sra. Gisella Neustaetter llevaba algunos años consultando con arquitectos nacionales e internacionales”, relata Palacios. En el Ecuador solo existía la Sala de la Cámara de Industrias y Comercio que, cuenta el arquitecto, ella consideraba de una acústica aceptable y que, precisamente, había sido diseñada por Palacios y por Diego Ponce, en 1972.

“Doña Gi decidió llamarnos a una entrevista al Arq. Igor Muñoz y a mí, que ejercíamos como docentes y estábamos a cargo de la Facultad de Arquitectura y Artes en la USFQ, con el fin de proponernos este proyecto”. Muñoz y Palacios elaboraron dos propuestas que, tras un riguroso escrutinio, fueron aceptadas. Finalmente, decidieron fusionar las dos ideas y así nació el concepto único que fue luego cristalizado como la Casa de la Música.

La construcción fue un reto para estos experimentados arquitectos. Los profesionales ecuatorianos planificaron la sala principal con una geometría trapezoidal. El objetivo: que el sonido generado en el escenario se proyectara con fuerza y nitidez, y rebotara matemáticamente en los muros y cielos falsos, hacia las zonas medias y posteriores del auditorio. El resultado: inundar todo el espacio de sonido, de forma equitativa.

“Se calculó el volumen de la sala para que las diferentes frecuencias se mantuvieran hasta dos segundos luego de haber sido emitidas por los instrumentos musicales, con el objetivo de crear un sonido envolvente y placentero para el oído humano”, explica Palacios. Además, se aislaron y sellaron acústicamente la sala y el escenario, de tal forma que no pudiera ingresar ningún sonido del exterior y la presión sonora tampoco escapara de la sala.

Esta forma de construcción permitió a los arquitectos cumplir con los dos objetivos que se habían planteado: brindar un escenario de primer nivel para que la música sinfónica pueda ser apreciada en su estado puro, sin necesidad de amplificación electrónica. Y el segundo —el gran sueño de Gisella de Neustaetter— congregar al público amante de la música para que socialice e interactúe en un espacio amplio y amigable. Para ello construyeron un foyer o vestíbulo de gran volumen y una cafetería abierta visualmente al exterior y a la ciudad.

El objetivo de la acústica perfecta, la obsesión de doña Gi, no podía dejar un cabo suelto. Por ello, la firma alemana Müller BBM Acoustics siguió paso a paso el proceso de planificación y ejecución de la obra. Los arquitectos generaron un modelo tridimensional de la sala, que ellos introdujeron en un programa para analizar el comportamiento de las diferentes frecuencias. Finalmente, establecieron correcciones en los ángulos de reflejo, así como en las densidades de ciertos materiales para refinar el sonido total.

“Bajo la batuta del gerente de proyecto, Enrique Ledesma, y la dirección de obra de Esteban Sevilla, de Semaica, todo funcionó como un bien orquestado Bolero de Ravel que, por cierto, fue la primera presentación, realizada el 21 de agosto de 2005”, cuenta Palacios.

La edificación logró cumplir con todos los estándares de calidad y belleza que se había propuesto doña Gi. Ella luchó por mantenerse con vida hasta la conclusión de la obra, pero meses antes sufrió una caída que la debilitó en extremo y murió un año antes de la inauguración.

Al final de la obra, cuando ya no estaba su mentalizadora para empujarla, empezaron a escasear los recursos. Sin embargo, el Municipio por medio del Fonsal realizó un aporte para concluir las obras externas y la iluminación del entorno. Algunos deseos de doña Gi quedaron inconclusos, entre ellos: la implementación de un órgano para la música barroca, la iluminación escénica y la construcción de una gran chimenea a la entrada para dar una bienvenida cálida a los asistentes.

 

Una programación que ha evolucionado con el tiempo

Gustavo Lovato, un hombre de hablar pausado y sonrisa fácil, ha sido el responsable de la programación de la Casa de la Música, prácticamente desde sus inicios. Por la afinada sensibilidad de este músico, que también dirige la Orquesta de Cámara Quito, han pasado todo tipo de propuestas, que él ha filtrado desde una sola convicción: “la Casa de la Música es un escenario de consagración”. Y, como tal, en cualquier género que sea, los artistas que suban a ese escenario deben tener un altísimo nivel y una sólida formación.

“La Casa de la Música es un espacio único. No es un teatro. Fue construida concretamente como una sala de conciertos, un lugar donde se viene a escuchar”, explica Lovato. Una de las limitaciones de la sala es que no se puede presentar, por ejemplo, puesta en escena de ópera o ballet que impliquen escenografía, luces, cortinaje, fosa, tramoya. En fin, todos los elementos que sí tiene un teatro. “Eso, por una parte nos limita, pero también nos especializa en conciertos”.

Por el escenario han pasado grupos de música académica, orquestas sinfónicas, grupos de cámara, solistas: todos han tocado sin amplificación y el sonido se ha escuchado con perfección desde la primera hasta la última fila. También se han presentado instrumentistas o cantantes que han pedido actuar con micrófonos y altavoces. “Nosotros, como escenario, lo admitimos porque queremos presentar una variedad de expresiones. Puede resolverse, de alguna manera, con un buen ingeniero de sonido, pero esa es una necesidad del artista, no de la sala”.

Armar la programación de la Casa de la Música es, a veces, como resolver un juego de tetrix, en el que deben calzar la calidad de las propuestas, las agendas de los artistas y, por supuesto, los malabares que hay que hacer con el presupuesto. “Hemos traído grandes artistas, los mejores intérpretes, cuyos nombres suenan en todo el mundo, como parte de la Serie de Celebridades. Y aún tenemos en lista algunos sueños imposibles, artistas que son inalcanzables. No todos los días se puede traer a Daniel Barenboim”, dice Lovato.

La programación nacional ha incluido a todas las orquestas sinfónicas del país y, en presentaciones regulares, a la Orquesta Filarmónica del Ecuador, en su momento dirigida por el maestro Patricio Aizaga. “También hemos tenido a artistas jóvenes que buscan proyectarse. Lídice Robinson, por ejemplo, quien ahora actúa en el Teatro Colón de Buenos Aires, fue apoyada por el directorio de la Casa de la Música para viajar”, explica Lovato. Varios pianistas jóvenes, que se preparan en el extranjero también han recibido apoyo.

Se han realizado homenajes al maestro ecuatoriano Gerardo Guevara, así como a Claudio Aizaga, Carlos Amable Ortiz, Luis Humberto Salgado. “Compositores como Mesías Maihuashca y miembros de la Red de Compositores Ecuatorianos se han presentado o han dado conferencias aquí”.

Malabares económicos para presentar lo mejor

La actividad de la Casa de la Música se financia, sobre todo, gracias a sus auspiciantes. La taquilla no deja grandes réditos. El aforo es de 700 personas. “No podemos poner precios muy altos porque la gente no paga mucho por música clásica”, explica María Laura Terán.

“Hemos recibido una que otra ayuda por parte del municipio para conciertos puntuales, pero en estos diez años han sido sobre todo los auspiciantes privados los que nos han apoyado y estamos muy agradecidos”.

Traer a grandes artistas del extranjero ha significado enormes esfuerzos económicos. “A veces los pasajes están financiados, pero nosotros pagamos un 39 por ciento de impuestos: 22% de impuesto a la renta, 12% de IVA y 5% de impuesto a la salida de divisas. Las transferencias de pago implican ese porcentaje a todo cachet de los músicos internacionales. Muchas veces los pasajes se pagan prorrateados, pues los artistas salen de gira por varios lugares, pero no siempre”.

Además, hay 400 miembros de la Casa que aportan con una membresía anual. Por su aporte reciben descuentos diferenciados, según el concierto. Son ellos, esos amantes incondicionales de la música, quienes sostienen en gran medida el quehacer de esta institución.

Mucha es gente mayor, que ha seguido la trayectoria de la Sociedad Filarmónica de Quito y de la Casa de la Música, antes de que se fusionaran y después. Son esas mismas caras y sensibilidades que ocupan sus butacas de siempre y a quienes, seguramente, doña Gi dedicó gran parte de su esfuerzo y de sus sueños. Y son ellos a quienes Belisario Palacios pediría cumplir este deseo que doña Gi expresó poco antes de morir, después de un concierto de música de cámara, en la sala más pequeña. “Me dijo: ‘mi arquitecto, no se vaya a olvidar de la chimenea de la entrada y para el primer concierto que todos prendan una vela, ¿sería agradable, no?’”

El arquitecto no lo ha olvidado: “Ciertamente creo que, en el concierto de celebración de los diez años, debemos por lo menos prender los flashes de los celulares en su honor”.

 

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