Edición 444
Cuando nació mi hijo descubrí otra ciudad. En realidad, descubrí dos. La primera era silenciosa, cubierta de neblina, lenta, olía a rocío. Y sí, me refiero al puerperio. Pero cuando eso “supuestamente” terminó (entre comillas porque hay algo de neblina que nunca se va del cerebro), conocí otra ciudad, una que había estado siempre ahí, solo que antes no la podía ver. Las mismas rutas, que antes eran automáticas, se volvieron desconocidas.
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