La bitácora del bufón
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La bitácora del bufón

Por Ave Jaramillo.

Ilustraciones: Catalina Pérez.

Edición 465 – febrero 2021.

Luego de pasar de positivo a negativo, el comediante decidió dar la vuelta larga por un país que, como el mundo, ya nunca será el mismo y quizás tampoco deba serlo. En su libreta de apuntes anotó los chistes que contaría en cada ciudad y otras cosas que ahora nos relata.

He estado en pocos funerales. El de mis abuelos, el de un compañero de colegio que se suicidó, el de la madre de una amiga. Nunca sé cómo comportarme en ellos, apenas doy escuetos pésames y me siento en silencio, esperando pasar desapercibido. Con ligeros cambios, hay ciertos rituales que he visto repetirse: la irrupción del deudo que se desmaya después de dar gritos desgarradores, los saludos tímidos junto a las pequeñas galletas saladas y ese grupo que se reúne afuera para contar chistes y reírse con un poco de culpa.

Hago comedia. Los últimos diez años ha sido mi principal fuente de sustento. Me he parado en muchos bares, teatros y salones para contar chistes. Casi siempre mi público sabe a lo que viene cuando acude a una de mis presentaciones: quiere reír y, si todo sale bien, las noches acaban con uno o varios aplausos. Sin embargo, hay noches difíciles, audiencias difíciles con las que no conectas o que simplemente no estaban listas para reír. Una vez, antes de una presentación en el patio de la Universidad Politécnica de Quito, la modelo que animaba la fiesta me detuvo antes de mi salida y me dijo que tenía un pequeño anuncio:

“Me informan que el hijo del profesor M. acaba de fallecer en el hospital luego de luchar infructuosamente contra el cáncer. Hagamos un minuto de silencio en su honor”.

Cuando se acabó el homenaje, cogió el micrófono y, como si nada, dijo: “Ahora sí, que empiece la comedia”. Descolocado, incómodo, nervioso, empecé un acto que ahora prefiero no recordar. Gracias a una modelo, con pésimo timing, aprendí que la risa no germina en todos los campos, pero en los entierros florece.

Como si espantáramos la muerte con carcajadas, hay siempre un ritual dentro del ritual que sucede en estos círculos donde recordamos anécdotas graciosas de la persona que ya no existe o simplemente contamos chistes y nos tapamos la boca para no interrumpir el luto.

Había acabado una relación de cinco años que no aguantó la pandemia cuando recibí una llamada para ir a grabar un cortometraje en Guayaquil. Hundido en las cobijas, acepté con una secreta intención: usar ese viaje como excusa para viajar por algunas ciudades y hacer stand up en un país pandémico, romper el cerco que la depresión y la crisis económica habían construido a mi alrededor.

Le encargué mi perra a mi mamá, armé una maleta pequeña y emprendí una travesía con dos objetivos: descubrir cómo es reírse con la desgracia a cuestas y ver una parte del rostro de un país convaleciente que no es capaz de enterrar a todos sus muertos.

Me pregunto quién habrá sido el primer bufón que salió a hacer maromas durante la peste negra. Abro mi libreta de apuntes (herramienta útil para un comediante) y comienzo a escribir chistes y apuntes que acaban siendo esta bitácora, este círculo de bromas en pleno funeral.

DÍA 1: GUAYAQUIL

La ciudad donde todo empezó. El viaje en avión ya fue la antesala de ese mundo alterado, con una cotidianidad rota. Hay filas más largas y las mascarillas esconden los rostros pero no el miedo. Vi a Jorge Yunda, alcalde de Quito, esperando un avión. Días después, me enteré que dio positivo en coronavirus, una premonición de lo que iba a ser el resto del viaje: la posibilidad perpetua de contagiarse. Se supone que, por haber tenido ya la enfermedad, gozo de cierta inmunidad, pero el riesgo de tener otra cepa y volver a infectarme siempre está.

Escribía. Mejor dicho, esbozaba chistes.

“Odio a los que me hablan de ‘nueva normalidad’. ¿Se dan cuenta que para hablar de ‘nueva normalidad’ tuvo que haber ‘normalidad’ en este país? ¿Han visto la Mama Negra? ¡Eso no es normal! ¡Sacan a pasear a alguien que no es ni ‘Mama’ ni ‘Negra’!”

Al salir del aeropuerto, el calor y el olor escondido a ría me recordaron por qué amo dejar el maldito páramo, que me asfixia con sus vientos andinos. No, eso no hay aquí. Lo que hay es el barullo de un puerto que no olvida aún que tuvo a la muerte en la vereda de al frente, tapada con sábanas.

Guayaquil entra por el estómago. Fueron cuatro días de cangrejos, de encebollados con guatita, de conchas en La Culata y de cervezas para aplacar el calor.

Me quedé cinco días donde un amigo, quien me recordó que en el Ecuador hay otras catástrofes que sobrevivir. Profesor de la Universidad de las Artes, llevaba varios meses sin recibir sueldo. Enclaustrado aún, mi amigo G preparaba ponencias y sus clases en línea como un ermitaño a la fuerza. Conversamos en la cocina sobre cómo fue vivir en el epicentro de la adversidad, cómo fue perder amigos y cómo aguantar sin dinero porque el Estado no paga cuando debe. G tomaba agua mineral y respiraba antes de conectarse a una videoconferencia, acostumbrado ya al encierro y a la virtualidad de nuestro nuevo mundo.

Afuera vi los negocios quebrados. Pensé en quienes cerraron sus lanfor para no volverlas a abrir. En esas tardes me sentaba para garabatear chistes embrionarios, reflexiones del absurdo.

“Los monos con mascarilla… dan más miedo”.

Ellos “monos”, yo “serrano bobo”. Exageraba nuestras diferencias:

“En serio. Ahora sí siento que todos me quieren asaltar. Es que cuando te habla un mono, con ese acento, un serrano gil como yo no sabe si es pana o hampa”.

He sentido el mismo miedo en Quito, con ladrones escondiéndose en la niebla, pero no importa. Aquí solo importa que se rían.

Y se rieron, un martes de noche volví a subirme a escena en Guayaquil después de nueve meses. Al final de la presentación, una chica que había conocido en la virtualidad, entre Lives e historias de Instagram, se acercó para agradecerme por acompañarla esas noches cuando nuestras habitaciones se volvieron escondrijos. Nos abrazamos, lloró y se fue. Hay intimidades que duran un segundo.

DÍA 8: CUENCA Y GUALACEO

Uno de los caminos más extraordinarios que he visto en esta tierra de cordilleras y mares es el que une Guayaquil con Cuenca. Es un escenario casi primigenio, donde me imagino que el frío y la Virgen bajan a jugar.

Ese español cantado tan del sur se oye aún más dulce cuando hace eco en las mascarillas. Llegué en una noche lluviosa. Las fiestas de fundación estaban muy cerca pero nadie paseaba, poca gente bebía, la algarabía se había ido con los enfermos. ¿Cuándo vamos a volver a bailar sin culpa y sin miedo?

Otro amigo, C, me recibió en su casa. Él es dueño de una librería en el centro. “Casi pierdo el negocio, che”, me dijo con su natal acento bonaerense durante un viaje en bus (el primero que hacía en más de seis meses). “Pero aquí estamos, nos la bancamos con lo que hay”. Le compré Las voladoras de Mónica Ojeda y él me regaló varios poemarios y novelas de su editorial. “No voy a mentir/ escribir no me salva/ es apenas un leve grito/ una mínima pausa”, leí en uno de esos libros, al azar. Es de Roxana Landívar, una joven poeta local.

Siempre me ha golpeado lo parecida que es la comedia a la poesía: ahí está para servir de mucho en su inutilidad. Los poemas y los chistes nos enseñan algo distinto sobre lo que creíamos ya conocido. Tal vez a eso se refieren cuando nos dicen que nos toca “reinventarnos”. Como si fuera algo novedoso. Siempre lo hacemos, lo seguiremos haciendo.

“¿Qué onda con las cuencanas? Tres veces he vacilado en Cuenca. Las tres veces me dijeron después del beso: ‘Pero no dirás a nadie’. O esas mujeres se avergonzaron de mí o eso de negar vaciles es algo que hacen las morlacas. ¿Alguien me puede confirmar esta información?”

El show de Cuenca fue en un lugar pequeño, con pocas mesas. Es duro presentarse en el clima gélido de la capital del Azuay, como si a la risa le costara salir de la garganta donde se cobija.

Con el Día de los Difuntos cerca, pensé que ahora cobraba más sentido ese llamado a la memoria, ese grito que damos para no olvidar, para decirnos que existimos porque recordamos a quienes volvieron a la tierra. Con ese impulso llegué a hacer chistes de sexo, de Dios y del puente Roto.

“¿Se acuerdan de Patricia Talbot? La que vio a la Virgen del Cajas, ahí toda poseída hablaba: ‘Hijitoz míoz’, con acento español. ¿Por qué su voz tenía acento ibérico cual traducción de Anagrama? ¿Por qué la Virgen le poseía a la señorita? ¿Y por qué tiene que tercerizar su mensaje una divinidad? Que baje directo, como hacía antes Dios. Cuando quería hablarnos prendía su cualquier arbusto y decía: anda al desierto, ten estas leyes, córtale la punta de la pieza al guagua… De gana poseerle a la Patricia. La Virgen del Cajas es cuencana, seguro baja, da el mensaje y al final dice: ‘Pero no dirás a nadie’”.

Había olvidado las fiestas después de los shows.

El brindis por la vida siguió en una casa donde la luna azul nos encontró borrachos. En el Ecuador la covid nunca va al after. Al menos eso creemos.

Antes de ir a Loja, donde me esperaban para hacer otro show, pasé por Gualaceo, donde tengo una amiga, L, que me dejó dormir en su casa por una noche.

En esta ciudad pequeña de comerciantes, me mostraron un pegaso. Era una estatua blanquecina olvidada en medio de un parque. “¿Por qué hay un pegaso aquí?”, le pregunté a L. “Es que se olvidaron después de un carnaval. Aquí, en fiestas de carnaval, sacan unos botes de luces y llevan cosas bien bonitas por el río. El pegaso se quedó aquí porque no sabían qué hacerse”. Así son las cosas bellas, pensé. Se quedan donde tienen que quedarse.

En la tarde, L me dejó solo frente al pegaso. Cuando viajen les invito a regocijarse en lugares sin compañía. Tal vez descubran, como yo, que la cuarentena nos enseñó un poco a estar solos.

L regresó con amigos que me trajeron un brownie mágico. Ese vuelo acabó en medio de una carretera nocturna esperando ver ovnis surcando el cielo.

“Me contaron en Gualaceo que se odian con los de Chordeleg. Es más, al parecer, en algún punto, Chordeleg se independizó de Gualaceo. ¿Quién chuchas se independiza de un pueblito? Es decir, que para los de Chordeleg, Gualaceo es como España. ¡Viva Chordeleg independiente! Y ya vean qué hacen con ese caballo con alas”.

Nunca me imaginé estar high en Gualaceo.

DÍA 17: LOJA

La Centinela del Sur me recibió con helados y con esa sensación de que la peste se queda lejos. Mi anfitriona fue M. Ella me enseñó otra cara del aislamiento. Loja está rodeada de valles, donde mucha gente tiene propiedades: en Malacatos y en la famosa Vilcabamba. Lugares con climas paradisíacos.

Muchos tuvieron que enfrentar los tiempos duros en soledad o en espacios minúsculos que sirvieron para que laudara la ansiedad. M y sus amigos, no. Me mostraron fotos y videos de fiestas, bailes junto a la piscina, parrilladas y juegos de mesa. Separados del mundo, vivieron su propia Gomorra como una bofetada a la desgracia.

“En Loja vi un lugar que decía Can Shop. No supe si era una tienda de mascotas o un restaurante”.

Escribía ese chiste preguntando si realmente se comía perro en Loja. Nadie lo corroboró. Por la noche asistí a un concierto nocturno en el patio de una hacienda en Vilcabamba. Mi mirada se quedó en el cielo mientras oía canciones del lugar y fumaba un chamico, el tabaco artesanal que venden en ese pueblo de hombres y mujeres que le quieren ganar la batalla al tiempo.

Me presenté en un bar con un jardín exuberante.

“Estoy tan solo que, antes de masturbarme, me coqueteo”.

La espera en el aeropuerto para ir a Quito y luego a Tulcán me confirmó que somos un pueblo que va a tener que pasar por mucho antes de empezar a curarse, pero que está tan acostumbrado a la desgracia que se ríe de ella con premura y desenfado.

DÍA 24: IBARRA Y TULCÁN

El norte del país fue mi destino final. Ibarra solo me acogió una noche.

“Un pana me ha dicho que Imbabura es el Manabí de la Sierra. Pero nadie puede ser más extremo que Manabí. Allá, Platero y yo es literatura erótica”.

Llenaba mi cuaderno de apuntes, pensando en qué puedo decir cuando me paro en un escenario. El caos siempre conlleva un nuevo orden y todavía espero ver qué va a salir de esto. En auto salí de la Ciudad Blanca a Tulcán, para presentarme por primera vez en el Carchi.

“Todavía tengo primeras veces”, dije a Z y V, mis acompañantes en este último trayecto, con un atisbo de esperanza. La dureza del páramo norte nos obligó a abrazarnos con las cobijas hasta la hora del último show. Luego de más 1835 km cerraba una andanza que se me presentó como un impulso vital, que todos buscamos de alguna manera. ¿Por qué seguir vivos?

“Qué ciudad tienen, amigos de Tulcán. Helada. Es tan fría que hasta los incas dijeron: ‘Achachay, vuelve nomás a Cusco’. Pero tienen buenas papas. Lo peor que le puede pasar a una papa del Carchi es acabar como pipa de gamín”.

La fiesta de despedida estuvo memorable. Al día siguiente, pasé el chuchaqui en el famoso cementerio de Tulcán, lleno de esculturas hechas con arbustos. Y bajo su mirada, me alegré por los chistes hechos, por las risas escuchadas y por la presencia eterna de la muerte para apreciar más las resacas.

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