La belleza del mundo
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La belleza del mundo

Por Salvador Izquierdo.
Ilustración: Diego Corrales.
Edición 465-Febrero 2021.

Hace mucho tiempo, en la sala de la casa de una amiga vi unas acuarelas que me llamaron la atención. Las firmaba un tal KIN. En esa misma época yo me hallaba inmerso en la investigación de un pintor uruguayo de principios del siglo XX, el gran Joaquín Torres García. El tema que más me interesaba era entender cómo el trabajo iniciado por Torres García se había convertido en una gesta colectiva, de la que participaban muchos artistas, no solo en Uruguay sino por todo el continente. Me pareció que esas acuarelas podrían ser entendidas como parte de esa onda expansiva de un arte constructivo latinoamericano, interesado en lo primordial, un arte suelto, guiado por la intuición, casi anónimo y con el deseo de ser universal. Luego de un tiempo me enteré que ese tal KIN era en realidad el antropólogo e historiador Eduardo Kingman Garcés, que por esconderse, quizás, de la sombra de su famoso tío pintor (su homónimo), firmaba de esa manera.

Unos años después, junto a Romina Muñoz, decidimos fundar una editorial independiente. Pensamos que la literatura infantil sería un lugar propicio para iniciar un proyecto así y vislumbramos una pequeña colección de coplas ilustradas. Yo le mencioné el trabajo de Kingman Garcés, a quien no conocía, como una posible opción para colaborar en esta colección; ella me contó que lo había conocido cuando lo trajeron como invitado a dar unas charlas en el ITAE de Guayaquil. Nuestra decisión de fundar una editorial que celebrara “el encuentro entre los mundos indefinibles de la literatura y lo visual”, por lo tanto, partía con la presencia de una persona que frente a los escritores (frente a mí, por ejemplo) se presentaba como un artista visual y ante lo artistas visuales (ante Romina) como un escritor e investigador.

Visitamos a Eduardo una mañana en su casa en el valle de Tumbaco. Él y su familia nos agasajaron. Pasamos la tarde haciendo una de las cosas que más me gusta hacer en la vida: revisando una colección personal de imágenes y conversando por encima y alrededor de ellas. En otra visita Eduardo nos leyó algunos de sus poemas y así surgió la idea de seguir colaborando, pensando en más publicaciones, con los pies y las manos (a lo Twister, ese juego “de mesa”), en lugares diferentes: en objetos, en textos, en memorias y relatos, en conversaciones que siguen, sin terminar.

La belleza del mundo es el título de la selección de poemas e imágenes (poesía visual) de Eduardo que Festina Lente publicó en diciembre del año pasado. El lanzamiento del libro estuvo acompañado por una muestra de acuarelas tomadas directamente de los cuadernos personales de Eduardo, más otros objetos intervenidos. Fue el cierre (parcial) de un trabajo de mucho tiempo y que aglutina, creo yo, en la manera en que el filósofo pragmatista estadounidense John Dewey pensó el arte: una experiencia. Una obra no es solo el objeto artístico, sino las condiciones de vida que la generaron, la cotidianidad en la que se enmarcó su producción, lo ordinario de su quehacer. A las diversas experiencias de Eduardo, contenidas en los escritos e imágenes que produce de manera constante, se suma la experiencia de nuestra colaboración, nuestros momentos juntos, pensando y discutiendo sobre diversas cosas, con hojas de papel en las manos.

El título de la publicación, La belleza del mundo, alude al pensamiento de Simone Weil, la gran luchadora antifascista, mística y outsider, quien, incluso en los momentos más álgidos de la debacle occidental, apelaba a que hay razones para sobrevivir. Concretamente, persistimos en el amor imposible que sostenemos por instantes fugaces con los espectáculos del cielo, el mar, las montañas… Un amor doloroso porque no se corresponde en lo material, pero lo transferimos, una y otra vez, por la certeza de que esa belleza existe.

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