Edición 424 - septiembre 2017.
“Te debo ver”. Es todo lo que dice la carta que el conde de Parma entrega a Giacomo Casanova en su habitación de la Posada del Ciervo, el lugar donde el admirado y, a la vez, temido seductor se hospeda hace ocho días. Llegó allí desarrapado y muerto de hambre, tras huir de Los Plomos, la mazmorra de Venecia donde la Santa Inquisición lo confinó durante dieciséis meses por disoluto.
Casanova pudo haber ido a Múnich o a París, donde hubiera sido acogido con aplausos porque toda Europa había recibido con asombro —y también con algo de humor— la noticia de su heroica fuga. En lugar de aquellos destinos gloriosos, decidió refugiarse en Bolzano, un pueblito a la vera de los Alpes, donde se hablaba alemán e italiano por igual.
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