La abuela, el espacio y la luz

La Luz del universo.
El Webb ha retratado la bolsa de gas y polvo producida por la estrella agonizante y muestra, además, el otro astro presente en este objeto. Los puntos de luz que rodean la nebulosa no son estrellas, sino galaxias. Ilustración: Nasa, ESA, CSA, STCCI

Era una tarde de verano, estábamos frente al mar. Me recosté sobre el regazo de mi abuela y con sus dedos suaves acarició mi cabeza. El aire tibio nos envolvía. Ella murió hace seis años y este es el recuerdo más vivo que tengo de nosotras. Más que un recuerdo, se ha ido convirtiendo en una sensación profunda en mi cuerpo, un momento que me acompaña y me permite tenerla conmigo siempre. El momento se repite una y otra vez en mi memoria, deslizándose sobre un tiempo infinito que no puedo explicar.

Me han conmovido mucho las imágenes del telescopio James Webb, reveladas al mundo hace pocas semanas. En ellas se puede ver el universo en todo su esplendor. Estrellas que nacen, que mueren, galaxias en colisión y una infinita coreografía cósmica que llega a nosotros gracias a una de las mayores proezas de la humanidad. Si esto no nos deja perplejos frente a la inmensidad de la vida y nuestra existencia, nada lo hará.

Pero, ¿y qué tienen que ver las imágenes de un telescopio con aquel recuerdo de mi abuela que se repite infinitas veces en mi memoria? No sé mucho de física, pero la luz siempre fue un elemento que me sedujo. Desde mis años en el cuarto oscuro, cuando los cristales de plata, empujados por la luz, revelaban una escena de la realidad sobre el papel, hasta mi imagen infinita, cuando de niña me paraba entre los dos espejos de un vestidor.

La luz viaja llevando información hacia las superficies de los objetos y eso es lo que vemos a nuestro alrededor. El viaje de la luz implica un movimiento en el espacio, lo que quiere decir que nada de lo que vemos es en tiempo real. Cuando nos miramos en el espejo, en realidad nos vemos un poquito más jóvenes, ya que la luz emitida por nuestro cuerpo tarda un poco hasta llegar a la superficie reflexiva y rebotar de vuelta a nuestros ojos.

Estamos rodeados de pasado y hoy, gracias a las imágenes captadas por el James Webb, podemos ver el pasado más antiguo y monumental, el de nuestro universo en formación. La posibilidad de ver el Big Bang está más cerca que nunca.

La Tierra también emite luz y esa luz lleva consigo la historia de nuestras vidas, desde la aparición de los dinosaurios hasta una tarde con la abuela en el mar. Por tomar un ejemplo, el exoplaneta GJ 1061 c está a doce años luz de distancia de nuestra Tierra. Lo que sucedió en nuestro planeta hace doce años recién llega hoy a este astro lejano, y entre esos acontecimientos, está el momento vivido con mi abuela.

Ese momento, ocurrido hace doce años y contenido en la luz, también toca otros astros a otras distancias cercanas y lejanas, por lo tanto, la luz nunca deja de llegar a todos los rincones del universo. Es un movimiento permanente e inagotable. ¿No será esto la eternidad? La luz como tiempo infinito, dibujando siempre una imagen entre dos espejos.

Aquel recuerdo con mi abuela ya no es más un recuerdo, es una verdad que late en el espacio sideral. Las imágenes del James Webb me han ayudado a comprender que no me equivoqué: la muerte no existe. Mi abuela me mira y yo a ella. Me susurra que todo va a estar bien. La tarde va cerrándose con la intensidad de una luz naranja que, poco a poco, se va tornando roja y después magenta. Miro al cielo y siento que alguien nos está mirando.

Allá, cerca del sol, se mueve la máquina del tiempo.  

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