Kiro, el betunero
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Kiro, el betunero

Cuando era niña uno de mis paseos favoritos era visitar el parque Seminario, más conocido como el parque de las iguanas. En el parque abundaban los vendedores de algodón de azúcar, mango y dulces.

Fotografías: Vicente Gaibor.

Hasta ahora se pueden apreciar dos quioscos verdes, que originalmente fueron las primeras bibliotecas infantiles fundadas por Rosa Borja de Icaza, y que con el pasar de los años se transformaron en lugares donde vendían historietas y cosas varias que siempre le pedía a mi papá que comprara. Durante mi niñez, el parque siempre estuvo lleno de vendedores de algodón de azúcar, mango verde, grosellas y dulces, quienes sorteaban las iguanas durante sus constantes vueltas en búsqueda de clientes. 

Ahora la pandemia lo mantiene cerrado. Las iguanas tienen una mirada lejana de los antiguos visitantes y no sé si extrañan o agradecen la paz de poder movilizarse por su parque sin interrupciones, acoso de fotos o videos para los recuerdos humanos, pero hay un grupo de personas que se mantiene permanentemente en las afueras del parque, los lustrabotas.

El sábado que salí a caminar por el centro me encontré con tres. Ahora la distancia que los separa es muy grande, no sé si por la covid-19, o porque cada vez son menos. La mirada del primero que vi no me dio buena espina, cosa rara e inexplicable, pero a medida que me hago mayor le hago mucho caso a mi intuición. Al segundo me dio ganas de conocer, pero no quise detenerme hasta ver al tercero. El tercer betunero conversó poco y estaba muy enojado con la vida porque su oficio era de pintor de paredes y lustrar botas era solo un trabajo temporal que no le gustaba mucho y ejercía hasta que las cosas mejoraran. Espero que así suceda.

Así que regresé por quien había sentido el impulso de conocer inicialmente y me presenté, le pregunté si podía hacerle unas cuantas preguntas y sus ojos brillaron mientras me decía: ¡Claro que sí! Estaba trabajando, tenía un cliente sentado en la silla y él se encontraba en un cajón más bajo para poder limpiar bien los zapatos, así que me senté en el piso para conversar, pero se negó a verme sentada ahí e hizo mover a un amigo suyo de un banco y me lo prestó. Su carisma y amabilidad fue carta de presentación y denominador común desde el inicio.

“Mi nombre es José Washington Tenorio Sánchez, tengo 35 años trabajando aquí y una historia larga que contar. Yo paraba con unos atracadores cuando era muy niño, pero mi padre siempre me dio buenos consejos, quería que yo estudie, pero usted sabe, muchacho inocente, iba a menudo con ellos, aunque jamás me involucraron en sus fechorías, me mandaban a la casa cuando iban a hacer sus cosas”, esa primera información fue como una bomba que él contaba con naturalidad, y de la que aprendí que la vida siempre tiene muchos matices, hasta en la maldad.

Me siguió diciendo que los atracadores lo llevaban al centro comercial Unicentro —que está ubicado justo frente al parque Seminario— para comprarle ropa y unos sánduches submarinos que también tuve la fortuna de probar y coincidir en que eran de un sabor superior a cualquiera que pudieran haber hecho después. “Un día, luego de que el atracador de bancos, porque lo que ellos robaban era bancos, me había comprado ropa y yo venía alegrísimo comiendo mi submarino, cruzábamos la calle entre 10 de Agosto y Chimborazo, cuando veo una plataforma que decía se vende, así que le dije yo quiero betunar, pero él me dijo que me iba a perder; le aseguré que no, que mi hermano mayor me traería, y él se acercó y la compró, pagó mil quinientos sucres”.

Esa era una gran cantidad de dinero hace más de treinta años y, como advirtió su benefactor, se perdió al segundo día. Una señora lo llevó a Urdesa y sus padres tuvieron que poner un anuncio en radio Cristal para encontrarlo, lo lograron luego de dos días. Desde ahí se acostumbró a la rutina, su padre siempre le pidió que mantuviera sus estudios, así que betunaba y estudiaba. Quinto de diez hermanos, de padre esmeraldeño y madre manabita, nació en El Carmen y vino de siete años a Guayaquil, con mucha ilusión y entusiasmo.

Kiro, como lo conocen todos, empezó esta historia de betunes, clientes y zapatos a los diez años; se siente agradecido por la gente que ha conocido en este transitar, habla mucho de Dios, confía en la bondad de los extraños, que le han dado una mano en los momentos difíciles cuando ha faltado dinero para la comida, “siempre alguien aparecía y me decía: ‘Kiro, toma para que comas’ o me traían comida”.

Recuerda como una de sus anécdotas que una vez la reina de Guayaquil, de hace treinta años, lo llevó a comer junto a todos los niños betuneros que trabajaban en el parque Seminario a un chifa, y como no sabía manejar los palillos, no se complicó y comió con las manos, y ella lo miraba con cariño. 

También empezamos a conversar sobre cómo la pandemia ha disminuido el número de clientes y betuneros. Dice que se cuida mucho y agradece no haberse enfermado, mientras saca una botella de alcohol en espray para rociarnos a su cliente y a mí con generosas cantidades; “por si acaso”, dice con una sonrisa, mientras sigue contando que ha tenido clientes con covid, pero cree que Dios lo ha protegido; además, recomienda comer caldo de bagre para subir las defensas porque tiene “vitaminas que usted ni se imagina”. 

Dice con orgullo que es padre de tres hijos de diecinueve, veintiuno y veinticuatro años, todos casados y que los apoyó desde su trabajo. “Los hijos son prestados”, reflexiona y acota que es importante ayudarlos cuando son pequeños y hacerlos estudiar, pero luego dejarlos ir. Habla de sus hijos con el orgullo de un padre que lo ha dado todo y que le ha costado esfuerzo haber solventado la educación para ellos. Un hijo que se convirtió en padre y siguió el ejemplo aprendido. La formación académica como elemento fundamental para poder tener un futuro lejos de la delincuencia.

Me quedo pensando en la historia de este niño al que un atracador de bancos le cambió la vida en positivo, aunque la suya terminó mal. 

Luego casi para cerrar nuestra charla le pregunto si de repente ha tenido algún personaje que haya conocido en todos estos años que quisiera mencionar y me dice “claro, MacGyver, el de la televisión. Vino hace como once años, se lo veía viejito y andaba con guardaespaldas, estaba hospedado en el hotel que queda enfrente y quería conocer la Mitad del Mundo”. Se ríe cuando menciona que él no lo ubicaba y mientras le lustraba las botas, uno de los agentes de seguridad le enseñó una foto y ahí lo reconoció. Le llamó la atención la altura del actor y su carisma a pesar de no hablar español; “me tomé algunas fotos”, dice orgulloso. 

La charla que mayoritariamente lo ha tenido de buen ánimo, de repente, cambia de tono cuando me cuenta que ya no venden cajones, ahora las sillas y todo el equipo los tiene una publicidad porque los dueños son otros; en cualquier momento la marca se cansa y “puede que usted no me vea nunca más”. Su trabajo es para el sustento diario, con la pandemia las cosas se han complicado porque la clientela ha disminuido, sin embargo, hay gente fiel, y señala al cliente que nos ha acompañado toda la entrevista en silencio, escuchando atentamente lo que Kiro nos ha contado y asiente con la cabeza, él es de los clientes fieles que siempre va al parque para charlar un poco y salir con zapatos brillantes.

En consecuencia, afirma que este trabajo le ha traído sonrisas y satisfacciones, pero también momentos de desazón; recuerda el tiempo en que algo pasó en el municipio y dieron la orden de sacarlos, pero luego un exbetunero, que en esa época dirigía la Dirección de Justicia y Vigilancia, hizo que recuperaran el trabajo. También habla de la gente que se va sin pagar, “esos que dicen que van a cambiar un billete y no los vuelve a ver, pero no me amargo, eso queda entre Dios y ellos”. Kiro se dedica a trabajar y ver el lado positivo de la vida.

Me quedo pensando en la historia de este niño al que un atracador de bancos le cambió la vida en positivo, aunque la suya terminó mal. “El atracador terminó en la cárcel porque mató a un policía y, luego de cumplir con su condena, salió, pero su mujer lo mandó a matar, ella se había enamorado de un amigo suyo”. Dentro de la maldad siempre se puede encontrar un giro de bondad y, gracias a la buena acción de un hombre de mal accionar, la vida de Kiro tuvo un desarrollo en paz, de la mano del esfuerzo y el trabajo siempre pegado a la ley y el espíritu de servicio.

¿Qué sería de Guayaquil sin la gente que viene de otras provincias y enriquecen nuestras historias? ¿Hasta qué punto un giro del destino cambia para siempre la vida de una persona? Guayaquil es una ciudad de mucho calor, donde muchas veces su gente habla alto y no tiene paciencia, sin embargo, historias como las de Kiro nos devuelven la esperanza en la humanidad.

Finalmente, me levanté del banco prestado, agradecí a Kiro por su tiempo y al cliente por su paciencia. Les tomé fotos y se bajaron las mascarillas “solo un ratito para que la gente nos reconozca”. Su alegría me acompañó en el resto de mi caminata por el centro. Luego de esta charla, me quedo con las palabras de Khalil Gibran: “Amar a la vida a través del trabajo es intimar con el más recóndito secreto de la vida”. Creo que conocí a quien descubrió ese secreto.

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