Edición 437 – octubre 2018.

El emperador era un hombre prudente y moderado, no sobrado de inteligencia pero siempre atento a los buenos consejos. Había llegado al trono bizantino en una edad avanzada, cercana a los setenta años, pero su carrera larga y distinguida al servicio de la corte y su habilidad para rodearse de consejeros sabios habían hecho de él un gobernante justo y sereno.
Bizancio vivía por entonces tiempos tormentosos, en que los bárbaros que venían del Oriente trataban de acabar con lo poco que ya quedaba del viejo y exhausto Imperio Romano. En su reinado, Justino había tenido que tomar muchas decisiones complejas y difíciles. Pero el dilema que ahora tenía que resolver era el más duro de todos.
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