París retoca su imagen para los Juegos Olímpicos que arrancan este mes, defiende su reputación internacional y demuestra el orgullo francés. El ideal olímpico, el deporte y todo su ceremonial arman la fiesta de un evento que fascina y cuestiona.
Siempre sorprende que los Juegos Olímpicos (JJ. OO.) lleguen hasta nuestros días como un tema de celebración, cuando su historia ha sido —más bien— ambivalente. La edición de París 2024 se inscribe en esa historia. Se puede hacer abstracción del asunto, ver las ceremonias, alegrarse por un triunfo, sostenerse en la derrota, redescubrir el empeño y ser, en ese instante de esparcimiento, el colectivo humano. O, a la inversa, sumergirse en el contexto socioeconómico, inclinarse ante el conflicto geopolítico (¿habrá tregua?), buscarle los peros a la organización y vaciar el evento de todo sentido.
Sucede que la politización del deporte es una obsesión. Una suerte de diplomacia olímpica se pone en práctica cada cuatro años para exhibir la vitalidad de un pueblo, ser vitrina de un régimen, instrumentalizar el esfuerzo. Ocurre también que el deporte congrega y emociona. A nosotros, el oro de Jefferson Pérez, como todo éxito inesperado, nos infundió nuevos bríos. Más oros y platas agrandaron nuestro medallero e hicieron que nos abracemos, ese momento, como nación ecuatoriana. En última instancia, parecen mayores las ventajas que los espantos.
La fascinación por los JJ. OO. (¿acaso alguien los odia?) es una energía que se transforma en espectáculo. Somos una sociedad del espectáculo… y este verano, París será su escenario, su plató y su pista. Recibirá los 33 Juegos Olímpicos (del 26 de julio al 11 de agosto) y los 17 Juegos Paralímpicos (del 28 de agosto al 8 de septiembre).

París, una fiesta, otra vez
Quizás por esa porfía por las repeticiones y los ciclos, la Ciudad Luz recibe los JJ. OO. por tercera vez. Primero fue en 1900, coincidiendo con la Exposición Universal y la belle époque, luego en 1924, en período de entreguerras. Hace un siglo, París estaba en reconstrucción y la atmósfera era palpitante… jazz, Joséphine Baker, generación perdida.
En aquel tiempo, se compitió en diecisiete deportes, en el presente son 32, incluyendo cuatro novedades: el break-dance, la escalada, el skate y el surf, este último en las aguas turquesas de Tahití. Entonces, se acuñó el lema: “citius, altius, fortius” (“más rápido, más alto, más fuerte”), ahora se dirá “citius, altius, fortius - communiter” (“lo mismo, pero juntos”). Los juegos de 1924 se inauguraron en un estadio para 45 000 asistentes, en este 2024 el desfile de 206 delegaciones juntará 600 000 espectadores a orillas del Sena, cuyas aguas —fue una de las promesas— estarán tan limpias que la alcaldesa, Anne Hidalgo, se bañaría en ellas.

Para esta ocasión, la necesidad de demostrar prestigio nacional y reputación internacional se vuelve a imprimir sobre los mismos símbolos y monumentos. Las frases de los políticos son comentarios de autoelogio. “Es una oportunidad única para mostrar lo mejor de lo que somos, obviamente en el mundo del deporte, pero también lo que nuestro país representa y puede hacer en términos de organización ejemplar… Esta fiesta será nacional, será popular”, enunciaba Emmanuel Macron. “No popular, algo ya más bien anacrónico a fuerza de lo sentimental, sino pop, con el acento en el perfil publicitario, en los mensajes subliminales”, le respondería Carlos Monsiváis.

El espíritu Coubertin
París evoca también a Pierre de Coubertin (1863-1937). El pedagogo modernizó los juegos e ideó los aros olímpicos, su significado ecuménico. Aristócrata pacifista, veía en el deporte una fuerza moral y social, unión y hermandad. Asimismo, hombre de su tiempo, era misógino y racista, de mirada conservadora y discurso colonial.
La excelencia del individuo, la competencia, la división entre fuertes y débiles guiaban su postura en detrimento de un deporte igualitario y colectivo. Sin embargo, aún queda el “ideal Coubertin”, una fórmula y una medalla que celebran los altos valores del atletismo. “Del deporte amemos las nobles virtudes que dan a las almas y al ego un sentido”, dice nuestro himno al deporte.
Para él este evento era sagrado, por eso, la plétora de símbolos y de protocolos. Por eso, su congratulación cuando el fuego olímpico apareció en Ámsterdam en 1928 y cuando la Alemania nazi instauró el relevo de la antorcha en las Olimpiadas de Berlín 1936. Ahora, ese rito que nada tiene de griego es pasaje obligatorio y lanzamiento de las festividades.
Máquina de dinero
París repite como sede, pero es la primera vez que la flama sagrada arderá allí. La tea olímpica inició su trayecto el 9 de mayo, en el sur de Francia, en Marsella, a cuyo puerto llegó desde Atenas, donde se la encendió a mediados de abril. Deportistas, comediantes y cantantes, chefs y periodistas, algún influencer y muchas celebridades, portaron el símbolo. 11 000 relevistas se alternaron durante 69 días y 5000 kilómetros. Como la novelería no es exclusividad ecuatoriana, veinte millones de personas presenciaron el recorrido por 52 ciudades en regiones metropolitanas y ultramarinas de Francia.
Una ciudad, una fiesta. El desfile privilegió lugares con coeficiente histórico: Lascaux, Alesia, Verdún, Carcasona, el monte Saint-Michel y otros como los castillos del Loira o los viñedos de Saint-Émilion, que la tradición francesa obliga. La antorcha en forma de huso cónico iba precedida del convoy de sponsors, seguida de ovaciones y protegida por una burbuja de seguridad. “Para evitar toda forma de desorden público”, sobre todo las “perturbaciones de los ambientalistas de extrema izquierda”, señaló el Ministerio del Interior. En Francia, desde marzo, el plan antiterrorista Vigipirate está en alerta máxima.
Cada departamento pagó 180 000 euros para que la llama olímpica pasara por tres de sus ciudades. La tarifa no convenció a los gobiernos locales de oposición que se negaron a engrasar la machine à fric (‘máquina de dinero’). En la práctica, para un presupuesto general de nueve mil millones de euros, gana el ánimo contabilizador y la mayor inversión viene de los patrocinadores, socios mundiales, prémium y oficiales. Cada marca tiene un contingente publicitario que convierte los mensajes de superación y atletismo en barullo y moda.
“Vamos, atletas de la patria, ¡el día de gloria ha llegado! En nuestra contra, la élite deportiva reunida. ¡El estandarte tricolor está izado! ¡A los juegos, ciudadanos!”. Una voz femenina recita esta versión de La marsellesa en un video en blanco y negro. Las secuencias exhiben los entrenamientos. El tesón de deportistas olímpicos y paralímpicos anima a los seguidores. La propaganda conmueve e instala su verdad, la publicidad vende y cumple su función.
Un decorado simbólico e inclusivo
El concepto visual de París 2024 invita a la gente a celebrar y magnificar el deporte. La “elegancia de Francia” lo hace con un ensamble colorido y estético, audaz y limpio, moderno y rico en símbolos. El emblema del evento se ajusta a este enfoque al combinar, en un rostro áureo, tres elementos: la medalla, la flama y la Marianne, ícono de la República. Tal rostro resalta la humanidad de un evento abierto a todos, en especial a las mujeres, pues estas olimpiadas son las primeras en lograr la paridad en el número de atletas.
Las medallas alían gramos del hierro original de la torre Eiffel al oro, la plata o el bronce; su concepción celebra el arte de la bisutería y figura el hexágono del territorio francés. Los pictogramas de las diferentes disciplinas se guían por un principio de simetría que incluye los kits de cada deporte en blasones de colores diversos.

También están los Phryges. Las mascotas de esta edición se inspiran en el gorro frigio, símbolo de libertad. Ambas portan una cucarda tricolor, insignia de la nación francesa. Esa mitología gráfica apuesta por la revolución en el deporte. Un Phryge tiene una prótesis como patita, el dibujo busca la combinación de atletas y atletas con hándicap en un mismo nivel.
El afiche oficial resume ese afán inclusivo. El díptico, firmado por Ugo Gattoni, reúne los Juegos Olímpicos y Paralímpicos en un mismo diseño de estilo fantasioso, surrealista, pop. Bajo el juego de escalas, la profusión de detalles y la efervescencia de colores, aparecen los edificios de la capital francesa y confluyen otros escenarios. Se representan las disciplinas deportivas, se incrustan los símbolos del evento y las etapas de la fiesta. Este gran fresco celebra la integración como discurso y ambición compartida de París 2024.
JJ. OO. a la Emily en París

El bello París que se ve en Emily en París (Netflix) retocó el imaginario de la ciudad, redoró la píldora del turismo. Tan seductora como molesta, la imagen de postal de la capital francesa que da esa serie es muy alejada de la cotidianidad de sus habitantes. No hay una sola rata, hay muchos vestidos, abundan las flores, no hay aglomeraciones.
Al parecer, los JJ. OO. apuestan por el mismo efecto. Primero, por el desplazamiento de los sin hogar hacia la provincia, un barrido visual para no estorbar al viandante urbano. Oh là là! Segundo, porque bulevares, explanadas y esos monumentos que hacen soñar serán zonas accesibles únicamente con salvoconducto y código QR. Formidable! Tercero, porque lo bon vivant se simulará entre demasiada gente, más de quince millones de veraneantes. La classe! Cuarto, porque el ánimo flâneur (‘callejear despreocupado’) no será placer sino obligación cuando los tiquetes de metro doblen su precio. Chic!
Si Emily va de bistró en bistró, no quiero saber la cuenta. A una ciudad de por sí cara habrá que sumar el oportunismo. Mientras muchos parisinos se mudaron para arrendar sus departamentos y ganarse sus veranos en tiempo de inflación, a otros no les tocó la suerte. Miles de estudiantes fueron reubicados en otras residencias sociales y sus habitaciones, en embargo, acomodaban a los agentes públicos implicados en los JJ. OO.
Una suerte distinta tiene el deportista que se alojará en la villa olímpica de Saint-Denis, en el extrarradio parisino. El complejo habitacional prevé recibir a 14 500 atletas y preparar 60 000 comidas diarias. Construcción en madera, aireación natural y enfriamiento geotérmico, la arquitectura se pensó ecológica. En el interior las camas, personalizables por cada huésped, son de cartón y “antisexo”, cualidad atribuida a su reducido tamaño y poca resistencia. Aun así, 300 000 preservativos se distribuirán entre los concurrentes. A futuro, tras los juegos, la villa se convertirá en barrio, en viviendas, escuelas, oficinas y comercios.

… y las polémicas olímpicas
Cada medida del comité organizador ha caldeado reacciones de una Francia contestataria. La reubicación de centros de acogida de migrantes y de residencias de estudiantes trajo protestas. Al contrato con algunas marcas consideradas contaminantes, le siguieron los llamados al boicot. Y, a pesar de la firma de un convenio social entre sindicatos y patrones, la amenaza de huelga de los recolectores de basura y ferroviarios también fue actualidad.
Desde que se lanzaron las festividades, llegaron las polémicas desde los extremos del espectro político y el eco mediático. Que el afiche ha borrado la cruz del hotel Los Inválidos y no ha incluido una sola bandera francesa: sacrilegio para la Francia católica y nacionalista. Que una drag queen portará la flama: horror para la Francia tránsfoba. Que Aya Nakamura, la voz francófona femenina más escuchada en el mundo, cantará en la apertura: afrenta para quienes ven en la franco-maliense, en su afropop, todo lo que no sería cultura francesa legítima. Las hibridaciones culturales no van con el decoro de la extrema derecha.
Sorprende que los JJ. OO. lleguen hasta nuestros días como un tema elogioso. Lo que no sorprende es la expectativa que despiertan, que sean el evento deportivo más seguido en el mundo. La fascinación, la gloria rozando al colectivo humano. La victoria con humildad y la derrota con entereza, superarse a sí mismo, emocionan tanto que su espectáculo nos engulle y dejamos para más lueguito cualquier otra ansiedad..


