Juan Carlos Calderón Vivanco: periodismo hasta las últimas consecuencias
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Juan Carlos Calderón Vivanco: periodismo hasta las últimas consecuencias

Por Elisa Sicouret Lynch.

Fotografía: Juan Reyes.

Edición 466 – marzo 2021.

Juan Carlos Calderón Vivanco no conoce el miedo. O, si alguna vez lo ha sentido, sabe cómo disimularlo muy bien. Porque le han rastrillado una 9 milímetros en la frente, ha sido empujado con violencia contra la pared por un comando policial de élite en plena sala de redacción, e incluso desconocidos han llegado a su casa gritando amenazas y pateando puertas. Estos intentos de amedrentamiento no lograron detener ni por un segundo el frenético ritmo con el que escribe reportajes y libros de investigación en los que denuncia la corrupción, venga de donde venga. Incluso si es de las más altas esferas del poder.

El escritor y periodista es conocido sobre todo por ser coautor, junto a Christian Zurita, del libro El Gran Hermano, que develó los contratos que mantenía con el Estado ecuatoriano Fabricio Correa, hermano del exmandatario Rafael Correa, quien les puso un juicio por daño moral. Con una amplia trayectoria en varios medios de comunicación, su trabajo lo convirtió muchas veces en blanco de intimidaciones que él califica como “gajes del oficio”. Su inclinación por las letras se dio desde que dirigía el periódico estudiantil en el colegio La Salle, pero tardó en darse cuenta de que era su auténtica vocación.

Nació en Pasaje, en 1963, porque su familia cambiaba mucho de lugar de residencia debido a que su papá, Carlos Alfonso Calderón, era coronel de Estado Mayor. Por esa condición de constante movimiento dice tener un espíritu errante; además, porque sus raíces están regadas por distintos puntos de la geografía ecuatoriana: su familia paterna es de Calacalí y por el lado materno tiene parientes en San Pedro de la Bendita, Catacocha y Loja.

—¿Cómo fue su infancia?

—Mi papá era militar y en un destacamento de frontera conoció a mi madre, Aída, en Loja. Se casaron y empezaron a dar la vuelta por los destacamentos del Ecuador. Mi infancia pasó de cuartel en cuartel: estuvimos un tiempo en Loja, en La Libertad, en Taisha (Morona Santiago), en el Puyo (Pastaza), en algunas partes.

—¿Difícil adaptarse a tantos cambios?

—Cuando uno es niño no se da mucha cuenta de eso. Creo que pesa más la curiosidad, el cambiar de ambiente, tener nuevos amigos. Era muy pequeño, pero recuerdo claramente algunas cosas como, por ejemplo, que aprendí a nadar a los seis años en un río de Taisha. No me afectó para nada; al contrario, creo que me enriqueció mucho.

Un doloroso punto de inflexión fue el fallecimiento de su madre cuando Juan Carlos tenía ocho años y su hermana Aída, nueve. Tiempo después su papá se volvió a casar con María Auxiliadora Peralta, también lojana, con quien tuvo a sus tres medio hermanos: Fernando, María Cristina y Verónica.

—¿Cómo lo marcó la muerte de su madre?

—Eso marca mucho a esa edad, porque es una etapa en la que uno depende mucho de su madre. Para entonces uno ya no es infante, es niño, tiene razonamiento y se da cuenta perfectamente de las cosas. Te quedas con una sensación de orfandad enorme, es difícil, pero mi padre nunca nos desamparó. Fue un padre estupendo, a pesar de que estaba en sus actividades militares. Nosotros nos quedamos con mi abuela paterna, Beatriz, y con mis cinco tías, las hermanas de mi papá. Con ellas prácticamente me crie hasta que él se volvió a casar; entonces yo tenía doce años y pasamos a vivir de nuevo con mi padre. Mi infancia fue llena de juegos junto a mis primos y muy feliz, a pesar de la muerte de mi madre, porque nunca estuve desamparado.

Ni siquiera pensó en seguir la carrera de Periodismo una vez graduado de bachiller, pese a que había disfrutado mucho dirigir el periódico de su colegio, porque “lo que quería un poco era irme de la casa. Ese espíritu muy errante se sembró en mí durante la infancia”. Así que ingresó a la Armada y vivió un par de años en Guayaquil, hasta que entendió que ser guardia marino no era lo suyo.

Primero estudió Filosofía en la Universidad Católica y luego se cambió a Periodismo en la Universidad Central, donde enseguida entró a militar políticamente e hizo muy buenos amigos que conserva hasta hoy. Fue en casa de uno de ellos, en Conocoto, donde conoció a su esposa, Adriana del Rosario Galvis, que había llegado de visita desde su natal Colombia.

—Ella tenía veintitrés años y yo veinticuatro. Fue un noviazgo de un año, más o menos, en el cual yo trabajaba aquí y ella en Bogotá. En esa época la relación era por carta física, también le mandaba casetes. Además de las llamadas telefónicas, que eran carísimas. En ese año de noviazgo nos vimos dos veces y en intervalos. Como dice mi esposa: “Me casé con un desconocido”. Llevamos 32 años de matrimonio y tenemos dos hijas: Aída Alexandra (treinta años), que estudió Teatro y vive en Estados Unidos; y Tania Melissa (veintiuno), que estudia Artes Visuales en la Universidad Católica en Quito.

Un oficio contra viento y marea

Juan Carlos terminó la carrera de Periodismo de manera intermitente, pues se retiraba y volvía, ya que compaginaba las aulas con su trabajo en diferentes medios de comunicación. Su primer cargo en una redacción fue en el desaparecido diario El Tiempo, al que entró a los diecinueve años.

Estuvo un año en diario El Universo, donde cubrió el caso Restrepo, que fue “una de las cosas que me marcó mucho para hacer periodismo de investigación”. Luego entró al semanario Punto de Vista y en 1992 ingresó a diario Hoy, en el que fundó junto a su jefe, Diego Cornejo Menacho, el semanario Blanco y Negro, un hito en la manera de hacer reportajes en profundidad.

En Hoy tuvo dos etapas, en cuyo ínterin trabajó para la revista Vistazo. Después fue parte de diario Expreso de Guayaquil, durante una década, y llegó a ser su editor general. En este medio publicó el reportaje de investigación “El Gran Hermano”, sobre los contratos de Fabricio Correa con el Estado, el cual se convirtió posteriormente en un libro que, además de ser un éxito en ventas, fue objeto de la demanda que interpuso Rafael Correa.

Se incorporó después como director a Vanguardia, pero la revista tuvo que cerrar no solo por problemas económicos, sino por las dificultades de hacer reportajes de investigación durante el correato. La publicación impresa dio paso al portal digital Plan V, que dirige desde 2013 y que también ha logrado importantes exclusivas como la compra del avión presidencial o las operaciones de las mafias de los reaseguros, por la cual recibió amenazas de muerte.

—Vanguardia cerró, entre otros factores, por la Ley de Comunicación. ¿Cómo manejaron esa camisa de fuerza con Plan V?

—El cierre de Vanguardia fue muy traumático, abrupto, incluso impensado por la redacción. No estuvimos tan al tanto de las enormes dificultades que se tenían. La revista fue prácticamente diezmada por los ataques del Gobierno de Correa. Tuvimos policías armados que ingresaron a la redacción y gente del GIR (Grupo de Intervención y Rescate), un comando élite, nos puso contra la pared a pretexto de cobrar un arriendo atrasado; alquilábamos un bien que había sido embargado por el Gobierno. Vanguardia tuvo tres incidentes de esos: un aparente asalto y otros dos ataques policiales ordenados por el poder político de entonces. Incautaron documentos y nuestras computadoras, que nunca recuperamos. Muchos anunciantes se asustaron porque no solo era el ataque físico, era el permanente ataque verbal a través de cadenas nacionales. El presidente versus una revista. Y se fueron retirando. Sostener ese último año requirió muchas maromas. Eso causó mucho trauma porque justo ese mes por fin se le dio al correísmo la aprobación de la Ley de Comunicación. Efectivamente, era muy jodido hacer periodismo de investigación en ese momento, pero también la situación de la revista estaba muy precaria por estos antecedentes. Sin embargo, la redacción decidió seguir adelante porque pensábamos que no solo era posible hacer periodismo de investigación aun en las peores condiciones, sino que era un deber, porque cuando se aprobó la Ley de Comunicación todo el mundo se calló y el cierre de Vanguardia dio ese mensaje: no se puede hacer periodismo de investigación.

Antes de eso ya habíamos tenido la bronca por las publicaciones de El Gran Hermano, yo tenía encima un juicio junto con Christian Zurita por daño moral que nos puso el presidente, porque no olvidemos que la investigación de los contratos de las empresas vinculadas a Fabricio Correa fue el primer gran informe de investigación periodística que denunció la corrupción en el Gobierno de Rafael Correa. La reacción del presidente contra la prensa fue ese juicio, el ponerle impuesto al papel, el generar fricciones entre los distribuidores y los periódicos, y algunas otras cosas. Luego asoma la Ley de Comunicación. También el mandatario ya había presionado durísimo para sacar a Carlos Vera y Jorge Ortiz, que creo que fueron las primeras víctimas de este ataque feroz a la prensa que se empezó a dar.

—A otros les tocó exiliarse, como Emilio Palacio.

—Claro. El juicio contra diario El Universo y Emilio Palacio, y a la par contra los autores del libro El Gran Hermano, fue un acto político. Nosotros lo publicamos en agosto de 2010 y luego se dio el 30S, que mantuvo ocupado al Gobierno. Pero en diciembre el presidente anunció un plebiscito para reformar la justicia y en esas diez preguntas mete una sobre la Ley de Comunicación. En medio de la campaña por el plebiscito, convocado para marzo, nos puso el juicio a nosotros en febrero de 2011 y, quince días después, a Emilio Palacio y a los directivos de El Universo. Entonces, es claro que fuimos los conejillos de Indias de la campaña.

—¿Por qué sintieron en Plan V la necesidad de continuar pese a las presiones políticas y a que no tenían presupuesto para realizar sus labores?

—La redacción se quedó enterita y huérfana. Yo me sentí más responsable porque era el director. Recuerdo que tuve algunas reuniones con César Ricaurte y Mauricio Alarcón, que eran de Fundamedios, con el que teníamos una buena relación porque nos había defendido muchísimo con el tema del juicio por El Gran Hermano. En ese momento Fundamedios nos dice que podía conseguir un fondo de emergencia para que no se dispersara la redacción, porque nos quedamos sin trabajo de la noche a la mañana. Nos pusieron contra la pared. Cuando uno está contra las cuerdas, no le queda más que aguantar los golpes, resistir, salir adelante. Estábamos en ese entonces contra las cuerdas y recibiendo golpes, y golpes bajos, muchos de ellos. Y, bueno, sangrábamos, pero no caíamos. Con el apoyo de Fundamedios enseguida se alquiló una oficina en el edificio de la Unión Nacional de Periodistas, se compró una mesa de reuniones, catorce sillas, donadas muchas de ellas, y dos computadoras para diseño. Así empezamos.

—¿Con ese tipo de aportes se han mantenido hasta ahora?

—No, eso duró dos meses (risas). Con el apoyo de Fundamedios y de otros organismos logramos aplicar a proyectos de oenegés nacionales e internacionales, que hay muchos, sobre todo para el periodismo digital. Mientras buscábamos ese financiamiento, mi cuenta de correo sufrió dos hackeos y publicaron esos correos hackeados en El Telégrafo. También asomó mucha gente que había apoyado a Vanguardia con pautas y nos siguieron apoyando de alguna manera para pagar la nómina. Lo primero que hicimos fue armar una página en Facebook y ahí se instaló con nosotros Fernando Villavicencio, que ya había colaborado con la revista también. En Facebook publicamos la pelea que se armó por el Yasuní, de si se entraba o no a explotar, con cosas muy fuertes que nos valieron las repeladas tradicionales. Pero la primera gran revelación de Plan V fue la compra del Falcon, el avión del presidente Correa, por 48 millones de dólares.

Con su papá Carlos Calderón, su hermana Aída Beatriz y su primo David. Juan Carlos es el segundo de la izquierda. Salinas, 1974.
En cuarto grado del colegio Borja 3, Quito, 1972.
A los quince años, con su primo Richard Vivanco (último a la derecha) y sus abuelos maternos Elvira Arias y Joaquín Vivanco, en sus bodas de oro. Quito, 1978.

Amor, desamor y amenazas

—¿Cuál fue la mecha que encendió la animadversión del expresidente Correa?

—Yo le había hecho como tres entrevistas, la última fue una doble página en su primer año de mandato, en enero de 2008, cuando lo entrevisté en el Palacio de Gobierno para Expreso. Tengo una foto con él, abrazados como futbolistas. Creo que la bronca empezó con la publicación del tema de los contratos (de Fabricio Correa) en junio de 2009. Ahí se acaba esta especie de luna de miel que había entre el nuevo Gobierno y la prensa. Hubo el incidente con Emilio Palacio en el Palacio de Gobierno cuando, durante el espacio Diálogos con el Presidente, Correa lo echó. No fue la primera señal, pero ahí se mostró lo intolerante que era y que es. Ahí comenzaron los ataques y las descalificaciones personales. Y luego se consolidó esa mala relación.

—Una mala relación que, en su caso, implicó desde hackeos hasta un juicio.

—¡Claro! Nos hicieron de todo. Mira, es la primera vez que voy a contar esto: sufrí un asalto, entre comillas, cuando estaba de editor general de Expreso. Yo caminaba por la noche por Los Ceibos, donde vivía con mi familia, y unos tipos se acercaron en un vehículo. Sale un señor con corte militar, de hecho, todos tenían corte militar, rastrilla la pistola y me la pone en la frente. Entonces me dice: “Agacha la cabeza”. Pensé: “Hasta aquí llegué”, porque me puso la 9 milímetros en la frente. Me quitó el reloj, una cadena de plata, intentó sacarme el aro matrimonial y no pudo, y al final me dijo: “Eso es para que te calles. Cierra la boca”. Y se fueron. En Expreso habíamos publicado semanas antes un informe sobre las ambulancias de la entonces ministra de Salud, Caroline Chang. No digo que eso tenga relación, pero hubo llamadas de amenaza a mi persona antes de eso. Pensamos que se podía decir que fue un asalto porque en general pasaba eso: cosas que podían ser un asalto. Eso le ocurrió a Fausto Valdiviezo, eso le ocurrió al general Jorge Gabela. Lo denunciamos en la Fiscalía, pero no lo hicimos público. Fue el primer gran incidente que tuve en ese sentido.

—Uno de los principales ataques que ha recibido no vino del Gobierno correísta, sino que fue por un reportaje sobre las mafias de los seguros, por el que recibió amenazas de muerte.

—Ese fue uno de los primeros reportajes de Plan V, en el que denunciamos que se estaba estafando al Estado ecuatoriano, es decir, al Gobierno de Correa, con los reaseguros. Después de eso supimos, porque no estábamos en casa, menos mal, que en nuestra urbanización entraron dos personas a buscarme en la garita. No quisieron dejar sus cédulas, pero sí las mostraron, y alguien de la garita apuntó los nombres y números de identidad. Mis vecinos me dijeron que estas personas timbraron, patearon las puertas, gritaron algo y luego se fueron. Lo denuncié y la fiscal que nos recibió la denuncia nos dijo: “Señor Calderón, esto le pasa por meterse en lo que no debe. Teniendo una esposa tan linda, ¿no la va a dejar viuda, no es cierto?”. Con eso, ella me estaba amenazando. Por supuesto, hice esta denuncia también en un artículo de Plan V. Entonces me llamó el exministro de Gobierno, José Serrano, me dijo que lo investigaría y me ofreció protección. Como en la casa estaban asustados, aceptamos. Pasado eso me volvió a llamar el ministro, a quien le había enviado los nombres y cédulas que anotó el guardia, y me dijo que, increíblemente, una de estas personas era policía en servicio activo y que estaba, supuestamente y entre comillas, haciendo horas extras. Dijo que iba a investigar y que me iba a informar. Hasta ahora espero respuesta. Fue una situación muy complicada, pero hay que tomarlo como gajes del oficio también.

Fabricio, el Gran Hermano

Luego de la publicación del reportaje “El Gran Hermano” en diario Expreso, Fabricio Correa se convirtió en una figura política. La denuncia buscaba generar, de hecho, el efecto contrario. Así que, para ahondar en el caso y evitar que quede en el olvido, Juan Carlos Calderón lo convirtió en un libro que publicó junto a Christian Zurita en 2010.

—Debido al libro, fueron demandados por la exministra María de los Ángeles Duarte y por Rafael Correa, quien exigió una indemnización de diez millones de dólares por “afectación espiritual” que luego bajó a dos millones. Al final ustedes aceptaron una propuesta para que el exmandatario desistiera de seguir adelante con el proceso. ¿Por qué?

—No fue tanto así. Lo que pasa es que en ese momento, como comenté, nuestro juicio y el de El Universo fueron parte de la campaña electoral del plebiscito. Mientras la sentencia del periódico se dio muy rápidamente, nuestro juicio iba más lento. Finalmente, en un acto político, el presidente Correa perdona a El Universo y supimos que hubo la discusión de que se diera esto también con nosotros. Pero lo que hizo el presidente fue retirar la demanda, porque en un juicio penal existe la figura del perdón; pero en lo civil, que era nuestro juicio, él tenía que retirarla. La sentencia en primera instancia era de pagar un millón cada uno como indemnización y luego se hizo ya el acuerdo en segunda instancia, con lo que se anuló el juicio. Quedó pendiente la demanda que nos puso María de los Ángeles Duarte por el mismo libro y por un pie de foto, pero ella nunca nos perdonó (risas). Eso está en el limbo.

—¿Cómo califica la paradoja de haber sido demandado por daños morales por alguien que hoy es prófugo de la justicia, como el expresidente Correa?

—Así: como una paradoja. Correa y su gente cercana asentaron esta antimarca que era la llamada “prensa corrupta”. Con eso nos desprestigiaron a todos los periodistas, que no era que estábamos en la oposición política o nos caía bien o mal Correa, porque no es nuestra función; sino que denunciábamos lo que teníamos que denunciar, como en mi caso lo había hecho con todos los gobiernos anteriores. Pero él lo tomó así, nos quiso hacer actores políticos y nos desprestigió. Ese descrédito profesional y personal al que nos sometieron con todo el aparato del Estado nos afectó a casi todos los periodistas, menos a los que se pusieron de alfombra del presidente. Y es una paradoja que la prensa a la que atacó, sobre todo periodistas a los cuales pretendió destruir su vida, como es el caso de Fernando Villavicencio, Christian Zurita y yo, fuimos los que hayamos hecho las denuncias que finalmente terminaran con sus juicios. Primero, en el caso del secuestro de Fernando Balda, porque fuimos los que lo revelamos en Vanguardia, y ahí hay una sentencia contra su secretario de Inteligencia (Pablo Romero), y Correa está llamado a juicio y con orden de prisión; y luego con el caso Sobornos 2012-2016, en el cual también participó Cristina Solórzano como investigadora. Somos este pequeño grupo de periodistas, este puñado de reporteros, el que finalmente logra esclarecer estas situaciones de corrupción tan terribles, y el que se las jugó por cumplir con su deber. Para nosotros, siempre hablo en plural porque me parece que es lo correcto, fue importante demostrar que esa “prensa corrupta”, como él la llamaba, es la que develó al Gobierno más corrupto de la historia del Ecuador.

Con su esposa Adriana y sus hijas Aída Alexandra y Tamya Melisa, San Pablo del Lago, 2017.
Con su esposa Adriana, Puembo, 2018.
Recibiendo el Premio Nacional de Periodismo Eugenio Espejo concedido por la UNP, lo entregan la presidenta Guadalupe Fierro y el vicepresidente César Ulloa. Quito, 2019.

Libros: denuncia y mucho más

Además de El Gran Hermano, Juan Carlos Calderón ha escrito otros seis libros, entre ellos: 40 años de democracia. Una tarea inconclusa, con el equipo de Plan V y auspiciado por la fundación Esquel, que incluye perfiles de cuarenta ecuatorianos destacados en causas sociales, étnicas, económicas, entre otras; y Después olvidarán nuestros nombres. La historia del agente Ratón y los espías salvajes, sobre el secuestro del activista Fernando Balda, ampliando las investigaciones que hizo originalmente con el equipo de Vanguardia.

—¿Por qué volvió la mirada otra vez sobre el caso Balda?

—En 2013 habíamos publicado en Vanguardia, junto a Pablo Jaramillo, Jean Cano e Iván Flores, unas investigaciones sobre este secuestro que demostraron que habían sido agentes de la Policía Nacional, sacamos el nombre de Raúl Chicaiza y todo eso. Luego de cinco años, cuando se rehízo la denuncia, yo seguía interesado en el tema. Para mí, la paradoja a demostrar era por qué un par de personajes que no estaban en primera línea de la política (un sargento de Inteligencia de la Policía, que es Chicaiza; y Fernando Balda, que en ese momento estaba en las ligas menores de la política) lograron enjuiciar al presidente de entonces, un expresidente muy poderoso como Rafael Correa. También mi interés era mostrar que el caso Balda no era aislado, que había ya una serie de situaciones extremadamente graves que se habían presentado en el manejo de los sistemas de inteligencia en el Ecuador, los cuales se habían puesto al servicio de un caudillo. Quería mostrar cómo funcionaban esos sistemas.

—¿Cuáles fueron las peores irregularidades cometidas por la Senain y otros organismos usados para espionaje que salieron a la luz durante sus investigaciones para el libro?

—Creo que el haber dinamitado la institucionalidad. Todo país tiene agencias y centros de Inteligencia, y esto debe tener una estrictísima regulación por parte del poder civil y también de la institucionalidad militar y policial. El haber usado los servicios de Inteligencia para perseguir, golpear y amedrentar opositores, para hackear; el haber usado este servicio de Inteligencia para impedir, por ejemplo, la consulta del Yasuní y amedrentar a esos activistas jóvenes e idealistas, es un daño terrible que se le hizo al país. Eso es lo más grave, además del mal uso de recursos públicos: cerca de trescientos millones que nunca se supo finalmente cómo se usaron, para qué sirvieron. Los sistemas de Inteligencia tienen que ser reestructurados en el Ecuador. No tenemos una ley de Inteligencia y eso es peligrosísimo…

—¿Qué cabos sueltos quedaron y se cerrarán alguna vez?

—Creo que el cabo suelto es lo que debería pasar con el juicio al que está llamado el expresidente Correa. Es importante que haya el juicio porque nadie está por encima de la ley, como él mismo decía. Y lo otro es que el poder político, y me refiero a la Asamblea Nacional o al Congreso, debe tener control sobre los organismos de Inteligencia, también debe fiscalizarlos. La ciudadanía debe conocer lo que hacen. Obviamente hay cosas que son secretas, por eso se llama Inteligencia; pero no puede ser que haya un uso discrecional de recursos, que nadie rinda cuenta por lo que han hecho estos agentes y que la justicia no actúe en este caso.

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