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Los chicos no están bien

por Marco Martínez

jovenes ecuatorianos ilustracion
Ilustraciones: Shutterstock

Después de acabar el colegio, los jóvenes ecuatorianos deben rendir un examen para tratar de ingresar a la universidad. Algunos pasan, otros no. ¿Qué sucede cuando entre el colegio y la universidad se interpone el limbo?

Ximena López, de dieciocho años, ha rendido tres veces el examen de ingreso a la universidad. Al terminar el colegio pensó que no sería complicado aprobarlo. No tenía temor, solo algo de nervios por las cosas que escuchó decir a sus compañeros: lo difíciles que son las pruebas, la falta de cupos, la posibilidad de verse obligados a escoger una profesión que no les gusta. Ximena quería ser azafata, pero se trata de una carrera demasiado costosa, me dice, así que considera que en cierta medida sí, claro que sí, tuvo que sacrificar su vocación y ser consecuente con las posibilidades económicas de su familia. Durante un tiempo se preparó como auxiliar en odontología e hizo prácticas en un hospital de Guayaquil, pero se dio cuenta de que eso no era lo suyo.

Le pregunto por sus amigos. “Poquísimos lograron entrar a una universidad pública. Algunos están en universidades privadas. Otros obtuvieron becas del municipio”. Le pregunto también cómo se siente después de los intentos fallidos. “Me sentí un poco frustrada, pero sin bajonearme. Y no he dejado de intentarlo”. Me cuenta, por último, que a comienzos de septiembre pasado rindió nuevamente el test de admisión. Que esta vez optó por Administración de Empresas porque le gustaría vincularse al negocio de las concesionarias de autos y cree que esa carrera podría ayudarla.

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“Me sentí un poco frustrada, pero sin bajonearme. Y no he dejado de intentarlo”.

Ximena López, 18 años.

No sé cómo interpretar que se haya postulado en carreras tan disímiles entre sí. ¿Está desorientada o simplemente quiere tener varias opciones y así poder escoger, como hacen otros chicos de su edad?

Cuando vuelvo a ponerme en contacto con ella para saber cómo le fue en la prueba, me dice que obtuvo 780 puntos, una nota relativamente buena que, sin embargo, no le alcanza para estudiar Administración. Me lo dice con una voz tranquila. No obstante, me quedo con una sensación que me acompañará durante gran parte de mi reportería: los adolescentes y los jóvenes están confundidos y descorazonados.

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Mi propia adolescencia se extendió demasiado tiempo y fue más confusa de lo que yo hubiera deseado.

Recuerdo una caricatura hecha por el Garco, un amigo bonaerense, que decía “Los adolescentes se creen que se las saben todas, pero no saben nada”.

Antes de continuar con mis entrevistas, decido visitar a mi amiga Tatiana Mendoza, maestra de lengua y literatura de la Unidad Educativa Felipe Costa von Buchwald, quien justamente da clases a estudiantes en sus últimos años de colegio, previos a la universidad.

Ella confirma mi impresión. “Los chicos están conscientes del pesimismo generalizado que se vive aquí en el país y en todos lados. Mira, de 40 alumnos de un salón, 35 no saben todavía qué estudiar. Les da miedo elegir mal y equivocarse. Y encima tienen a los padres diciéndoles todo el tiempo que ya deberían tener claro qué profesión seguir. Pero no lo saben. Se trata de una edad en la que es tan vital el tema de los cambios, que es injusto exigirles a los chicos que tomen una decisión tan importante”.

¿Es posible que a los estudiantes les falte conocerse un poco a sí mismos?, ¿merecen algo de tiempo y espacio sabático para el viaje interior?, le planteo a Tatiana. “No necesariamente. Incluso creo que más que no saber qué estudiar, dudan que la carrera que les gusta les permita conseguir un trabajo y ganar lo suficiente. Ellos están conscientes de que sus padres tomaron decisiones con las cuales no están felices actualmente, que tienen trabajos que odian. Entonces no quieren repetir eso, pero están en la encrucijada de estudiar algo que los haga felices o algo que les dé dinero”.

“Chicos cuyos padres les costean la
carrera la tienen más fácil, pero para uno que tiene que trabajar es complicado”.

Ariel Zapata, 22 años.

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La propia Tatiana pasó por varias facultades. Estudió Medicina, Teología, Psicología, hasta que finalmente encontró su casa en la facultad de Periodismo. “Y, aun así, sobreviviste. No se acaba el mundo”, le lanzo a mi amiga. “Es verdad, pero tiene su costo. En mi caso, siento que perdí demasiado tiempo. Yo, cuando les cuento que intenté con varias carreras antes de finalmente graduarme en la U, les aclaro que no soy un ejemplo a seguir. Además, estamos hablando de una generación donde abundan los problemas psicológicos. Tengo varios casos de alumnos diagnosticados con ansiedad y depresión, algunos incluso necesitan medicarse. Eso no se veía antes de la pandemia. Yo veo un panorama muy oscuro”.

Yo también soy consciente de esa atmósfera sombría que envuelve y penetra al Ecuador. Pero, como me demostrarán los chicos, la esperanza no se acaba todavía.

*

Kristel Alcívar, de diecinueve años, me cuenta que su círculo de amigos es pequeño pero leal. Y que después de graduarse en 2021 todos ellos sentían temor ante la posibilidad de no ingresar a la universidad. “Temor a estancarnos, a no progresar”.

Ese mismo año se registraron en línea como parte del trámite para efectuar la prueba; estudiaron, vieron tutoriales, practicaron con los simuladores online y rindieron el test, cuando todavía se llamaba Examen de Acceso a la Educación Superior (EAES). Y todos obtuvieron el mismo resultado: negativo.

Kristel optó por Psicología y Economía. También le atrae la Criminalística, por eso, luego del primer intento fallido, se matriculó en un curso de preparación física con el objetivo de ingresar a la Policía Nacional. “Fue pesado, me tocaba levantarme antes de las cinco de la mañana, pero me gustaba. Lamentablemente me lesioné y tuve que dejar de asistir”.

En algún momento consideró estudiar Periodismo, así como ahora piensa en ser educadora de párvulos. Mal que mal, está tratando de responder la gran pregunta: ¿qué hago con mi vida?

A pesar de que podría parecer una adolescente confundida, Kristel no es para nada una chica pesimista. Su tono de voz denota confianza en sí misma y algo que me deja asombrado: fe en el futuro.

Para enfatizarlo me dice que dos de sus amigos cercanos están ya estudiando, uno en la Escuela Superior Politécnica (Espol) y otra en la Universidad Estatal de Guayaquil. Ella debe esperar hasta 2023 para intentarlo de nuevo: la última vez que se registró para dar la prueba, no se presentó al examen, estaba atareada en su curso de preparación para ser policía, y la Senescyt la “vetó” por un año. Pero ni eso logra quebrarle el semblante, todo lo contrario. “Conseguí empleo en una tienda departamental, porque quiero ingresar a una universidad pagada si finalmente no logro cupo”.

Dudo que yo, a los veinte años, hubiese sido capaz de trabajar para pagarme mis propios estudios. En esa época el futuro no existía, la noche duraba todo el día y la fiesta estaba lejos de acabarse. ¿Se acabó? Sí, como todo.

*

Ariel Zapata, 22 años, graduado de bachiller hace cuatro años, rindió la prueba solamente porque se suponía que debía hacerlo; siendo francos, dice que no quería estudiar. Se postuló para Veterinaria, Ingeniería Agrónoma, Psicología, Informática y, dentro de todas las apuestas posibles, también para Desarrollo de software. Pero nada.

¿Qué hiciste durante la espera?, le pregunto. “Ganar experiencia. Y me refiero a experiencia laboral y experiencias de la vida. Me fui al cuartel incluso. Conocí personas. Me enamoré o mejor dicho me emberrinché con una chica, y después me desenamoré y volví a enamorarme. Conseguí varios empleos (en un supermercado, en una tienda de ropa deportiva, en una camaronera) que luego perdí. Quería encontrarme a mí mismo, como dicen. Ahora sí quiero estudiar. Dios mediante, voy a pagarme mis estudios a distancia en Tecnologías de la Información, porque la empacadora de camarón donde trabajo sí me lo permite. Aunque también me gusta Electrónica”.

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“Conseguí empleo en una tienda departamental, porque quiero ingresar a una universidad pagada si finalmente no logro cupo”.

Kristel Alcívar, 19 años.

Ariel remata sus frases con una sonrisa desfachatada. Ya nos hubiéramos querido, a esa edad, contar con semejante seguridad o al menos proyectarla. Dice que ha corrido con suerte, porque muchos de sus amigos no han podido conseguir trabajo a tiempo completo y siguen, semestre tras semestre, registrándose en línea, estudiando y rindiendo el examen sin lograr obtener una plaza.

Sin que yo se lo pregunte, Ariel me dice que los “chicos cuyos padres les costean la carrera la tienen más fácil, pero para uno que tiene que trabajar es complicado. Pero no me quejo, no crea que quiero victimizarme”. Entre el héroe y la víctima hay menos de un paso, pienso. Uno dispara, el otro cae.

Se me viene a la mente el estudiante asustadizo que fui y terminó desperdiciando una década de su vida en una carrera que detestaba, perdiendo y repitiendo materias, una tras otra, desperdiciando el poco dinero que mi mamá ganaba como maestra de colegio.

Es cierto, el mundo no se acaba por tomar una mala decisión, pero también es cierto que hay que pagar un precio por ello. Tal vez no sea tan terrible desandar lo andado y empezar de cero las veces que sean. Los adolescentes no se las saben todas, nadie se las sabe todas, pero tal vez no haga falta. Crecerán, algunos a pesar de sí mismos, y tendrán que hacer lo necesario para sobrevivir. Quizás entonces se las sepan todas.

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Acerca de Marco Martínez

Novelista guayaquileño (1979). Corrector ortográfico de Diario Expreso y free-lance. Colabora para Expresiones (de Expreso), con la sección Underground, sobre música subterránea. Miembro de la editorial artesanal La Matemango.
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