José Juncosa: “Civilizar es negativo”
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José Juncosa: “Civilizar es negativo”

Por Pablo Cuvi.

Fotografías: Juan Reyes y archivo J. J.

Edición 467 – abril 2021.

Me crucé fugazmente con José Juncosa en el congreso de la Federación de Centros Shuar celebrado en Sucúa, en 1982, cuan­do él era todavía misionero salesiano, pero recién nos hicimos amigos en la década siguiente cuando buscaba libros de Abya-Yala, la editorial de temas antropológicos con la que José se halla identificado tanto como con el Ecuador, adonde llegó en 1980 desde su Argentina natal.

Luego pasaron cosas: fue liberado de sus votos religiosos, se casó y tuvo tres hi­jos, pero continuó trabajando con los sale­sianos, investigando y escribiendo libros, dando clases y llegando hasta el vicerrecto­rado de la Universidad Salesiana sin perder la sencillez, la simpatía y la locuacidad que lo han caracterizado siempre. Y que ayudan a mantener la frescura de una entrevista que, por imposición del malvado covid, se realiza por teléfono. Aplasto el speaker para que oigan todos.

—¿Cómo llegó tu papá a Argentina?

—Su familia era migrante desde finales del siglo XIX. Eran catalanes. Él llegó de siete años al norte argentino.

—¿Tu papá trabajaba como obrero?

—Sí, era hijo de un comerciante rural, de esos que iban de estancia en estancia vendiendo cobijas, implementos del hogar, azúcar, etc. Cuando se hizo adulto estudió mecánica y se empleó en la Empresa Na­cional de Caminos, que construyó la Ruta 3, que va de Buenos Aires hasta Ushuaia, el último rincón de la Patagonia. Y tuvimos que ir de pueblo en pueblo siguiendo la apertura de esos caminos.

—¿Qué tal es la vida en la Patagonia?

—Es la cosa más hermosa que hay. ¿Por qué? La que viví no es la Patagonia andina, turística, de paisajes soñados que todo el mundo ha visto, algo así como los Alpes argentinos, sino la Patagonia atlán­tica, la más dura, la Patagonia de tundra y vientos que alcanzan los cien kilóme­tros por hora. Y de escasísima población: la provincia de Santa Cruz tenía un pro­medio de cinco habitantes por kilómetro cuadrado.

—¿Santa Cruz, donde los Kirchner?

—Tal cual, la provincia de los Kirchner. Pero es marginal en la distribución de la riqueza y la generación de empleos. Enton­ces, el empleo público es muy importante.

—Allí empiezas a estudiar con los sale­sianos y no sales nunca más…

(Risas). Comencé en primer grado y hasta ahora, salvo mi doctorado y maestría, no dejé nunca a los salesianos. Fui formado por ellos.

—¿Estudiaste para ser salesiano?

—Fui seminarista, aspiraba a ser sacer­dote: después, la vida me llevó por otros caminos que yo considero afortunados. Es­taba interno en un seminario a 2400 km de mi casa. Ingresé a los doce años, era muy pibe. Cuando miraba a mi hijo de doce años me costaba entender que a esa edad ya me había ido de casa. Y no volví nunca más. Eso fue el año 69.

—¿O sea que te tocó en Buenos Aires el regreso de Perón, Isabelita, la dictadura mi­litar?

—Soy parte de una generación que vi­vió eso de dos maneras distintas: la dicta­dura, los grupos del Ejército Revoluciona­rio del Pueblo. En mi entorno social había una especie de… eh, no digo de ignorancia pero sí de lejanía con esas cosas que pasa­ban. En la sociedad argentina había como un ambiente de negación de lo que sucedía. Y cuando salían a flote los asuntos, se con­sideraba como parte normal de la función del Estado frente a los terroristas, etc.

—Ahí decían: “Algo habrá hecho, por algo habrá sido”.

—Esa era un poco la sensación. Y la Iglesia también vivió de manera diferen­te, porque hubo sacerdotes muertos, hubo jóvenes que se jugaron por otras opciones y fueron también víctimas de la violencia del Estado. Por lo general, la Iglesia jugó un papel hasta cierto punto de encubrimiento frente a lo que pasaba; no brindó las herra­mientas críticas para ponerle nombre a lo que sucedía.

José a los cinco años, en Comodoro Rivadavia, Argentina, 1961.

Quería ver el mundo

—¿Qué te atrajo para querer ser sacerdo­te: sentiste el llamado, viste una luz?

—A ver, un adolescente quiere proyec­tar su vida, se abre al mundo, y el colegio salesiano era como nuestra casa. Yo vivía en un pueblito, Puerto Deseado, de tres mil habitantes, y existía ese fenómeno del cine popular donde los curas encendían su má­quina y venía todo el pueblo.

—Como en Cinema Paradiso.

—Exactamente. Te ponían en contac­to con el mundo; el espacio salesiano era una forma de experimentar otros espacios, otros sueños, posibilidades que un pueblo pequeño no te podía garantizar.

—¿Y qué te atrajo del Ecuador?

—Terminé el seminario el año 74 y es­tudié Filosofía en el Consejo Nacional de Educación Católica de Buenos Aires. Al cul­minar mis estudios, en el ochenta, pedí ve­nir al Ecuador de misionero. Insistí mucho. Generalmente no accedían a la voluntad de gente muy joven para ir a las misiones, pre­ferían gente ya formada. Insistí y me man­daron acá con estas palabras: “donde los jí­baros”. Con la ignorancia que los argentinos tenemos de América Latina, ahí comenzó mi curiosidad por el Ecuador y comencé a indagar sobre los shuar.

—¿Cómo fue el shock de venir de Buenos Aires a Sucúa?

—Llegué a Quito, al aeropuerto de Co­tocollao y me rodeó un montón de niños lustrabotas. Yo tenía un crucifijo con la imagen de don Bosco y un niño me dice “regale” y se lo obsequié. Luego de un mes fui a la misión más lejana en ese entonces, que era Yaupi. Entré en avioneta y me que­dé ahí seis meses.

—¿Eso es en Morona Santiago?

—Morona Santiago. Ahora se llega por el carretero Méndez-Morona, es un punto de ese carretero.

—¿Allí había una misión?

—Hay todavía. Era un momento cuando los internados ya eran peque­ños porque los salesianos estaban en ese tránsito de dejar esos internados enor­mes para dedicarse a sostener, asesorar y acompañar a la Federación Shuar que se estaba fortaleciendo.

—¿Cómo era tu trabajo en Yaupi? ¿En qué consistía?

—Era asistente de los internos. El asis­tente es el que está con los chicos, supervisa sus actividades recreativas, educativas, pro­ductivas. Tenía que estar en la chacra con ellos, tenía que estar en el deporte, en sus aprendizajes, en la enseñanza, era un traba­jo bastante complejo, de sol a sol.

—¿Empezaste a aprender la lengua shuar ahí?

—Ahí comencé a estudiar, pero no soy de los que logró hablar; conozco bastante de gramática, me puedo manejar con un texto shuar, sé de qué va.

—En alguno de los libros tuyos que he revisado a salto de mata hablas de las escue­las radiofónicas bilingües y del papel de los evangélicos de la HCJB.

—De lo que sé, la radiofonía fue im­pulsada por los salesianos para la educa­ción shuar; entonces se comenzó con los telemaestros. En La presencia salesiana en Ecuador hay un artículo precioso de Mau­ricio Gnerre que narra la experiencia de la educación radiofónica. Lo que vi en esos años es que la radio no solo funcionaba para la escuela, sino que era la red que co­nectaba al pueblo shuar.

Si los shuar llegaron a ser un solo pueblo, fue gracias a la radio porque a través de ella comunicaban noticias, esas noticias sobre el cuñado, el tío, los hijos enfermos, sobre el shuar que le avisaba a su pariente lejano que se ponía en camino para ir a visitarlo, etc. Así tejieron todo el territorio shuar, es decir, la radio tuvo un impacto tremendo en la configuración de la territorialidad shuar.

En el internado prendíamos radio Fe­deración a la una de la tarde, a esa hora eran los mensajes familiares. En ese comedor de los internos no volaba una mosca, era un si­lencio total porque todos estaban pendien­tes de las noticias que iban de un rincón al otro en lengua shuar.

—¿Había presencia de los evangélicos ahí?

—Había un centro cercano a Yaupi, podías llegar a pie. Cuando fue toda la bronca con el Instituto Lingüístico de Ve­rano lo desmontaron, pero siguieron con los hospitales. Hay que reconocer que los protestantes generaron también en el nor­te del territorio shuar, por Teisha y Ma­cuma, actividades sociales importantes a través de los pastores shuar.

—Al principio hubo conflictos entre ca­tólicos y evangélicos.

—Hubo conflicto en los años veinte, en los años treinta, por esa beligerancia reli­giosa, pero en el año 69 hubo un acuerdo entre la Federación Shuar, la misión protes­tante y los salesianos para estandarizar el idioma shuar y que las tres instancias usa­ran el mismo alfabeto. Por eso, el shuar es uno de los primeros idiomas que tiene su propio alfabeto y es el idioma amazónico que más publicaciones bilingües tiene en shuar y en castellano.

A mí, de las cosas que me impresionó en el internado fue que los shuar tenían una caligrafía muy superior a la de los colonos, cultivaban la escritura como un saber pri­vilegiado, porque se deben manejar con las escrituras de sus tierras, con los tenientes políticos, en la papelería de los abogados. La escritura para ellos era un recurso de re­sistencia y reivindicación muy importante.

Cuando estudiaba en el seminario, la música era muy importante en su formación. Buenos Aires, 1970.

Auge de la antropología

—¿Al llegar a Cayambe empezaste a tra­bajar con Juan Bottasso?

—El padre Juan me pidió que dibujara los mapas de un libro que se llama Pueblo de fuertes I, hecho por el padre Alfredo Germani, que tenía un montón de mapas. Eran libros para el colegio shuar sobre historias del pueblo shuar. Haciendo los mapas empecé a entender quiénes son los shuar, de dónde vienen, cuáles han sido las migraciones por sus territorios. Así me fui involucrando en tareas editoriales hasta que en junio del 83 me dijo el padre Juan: “Quiero transformar esta editorial Mundo Shuar en algo más grande, más inclusivo, que abarque todos los pueblos”. Un bolivia­no, Takir Mamani, proponía el nombre de Abya Yala para todo el continente america­no porque el mito dice que, si te vas para el norte, la tierra se convierte en hielo, y si vas muy al sur, el agua se vuelve a convertir en hielo. La palabra Abya Yala implica una conciencia del continente.

—¿Cómo se financiaba originalmente Abya Yala?

—Con las ventas. En la 12 de Octubre, ahí donde es el ingreso de la Universidad Politécnica Salesiana hoy día, había una librería muy visitada porque era un tema nuevo, se despertaba el interés por los pue­blos indígenas. Casi nos autofinanciábamos hasta que conseguimos una ayuda, para términos actuales muy modesta, de unos dieciséis mil dólares, que nos permitió comprar maquinaria y tener nuestra propia imprenta en Cayambe.

—¿A partir de esa experiencia se creó el Instituto de Antropología Aplicada?

—A Abya Yala comenzaron a llegar an­tropólogos, antropólogas, personas vincu­ladas con el mundo indígena, de la Iglesia y fuera de ella. Surgió una atmósfera aca­démica que nos hizo pensar en capacitar a personas que estaban en el campo; ahí comenzó con el padre Juan el Instituto de Antropología, con personas adultas de toda América Latina. Eran agentes del desarro­llo, pedagogos, economistas…

—Era la época del auge de la antropolo­gía también.

—También. De hecho, por Cayambe, todos los fines de semana pasaba algún es­tudiante visitando la biblioteca, que enton­ces no superaba los quinientos ejemplares y hoy día tiene treinta mil. A ese instituto, que era independiente, con el padre Juan invitábamos a capacitadores, antropólogos, expertos; era lo que hoy se conoce como cursos abiertos, y en el año 87 se transfor­mó en carrera de Antropología con la Uni­versidad Técnica Particular de Loja, bajo la modalidad semipresencial.

—¿De ahí habrán salido muchas tesis y publicaciones para Abya-Yala?

—Claro, nuestra experiencia antropo­lógica va a la par de las publicaciones; no pocas de las publicaciones de Abya-Yala son tesis y trabajos de este instituto.

Con Juan Bottasso, creador de Abya Yala, en los alrededores de Turín, 1988.

Matrimonio y empresa privada

—¿Por esa misma época te casaste y de­jaste la congregación?

—No, yo me retiré de los salesianos en el año 84 y me casé en el 87.

—¿Por qué te retiraste? ¿Tuviste alguna crisis existencial o algo?

—Sentí que la antropología era muy importante para mí y que el mundo indíge­na también; era algo a lo que podía apostar como proyecto de vida también estando fuera, trabajando con la comunidad salesia­na pero sin ser salesiano.

—¿Qué hace tu esposa?

—Se llama Narcisa Calahorrano, es ex­perta en salud pública. Cuando yo estudia­ba Teología en el año 83, nos conocimos en la Hospedería Campesina La Tola, que era un espacio creado por el padre Juan para recibir migrantes andinos en Quito. Donde es el colegio Don Bosco dormían todos los días más de doscientos indígenas, cenaban, tenían alfabetización, etc. Ahí nos encon­tramos.

—¿Teología en rigor es el estudio de Dios?

—Teología es la ciencia en torno a lo que entendemos por Dios, pero desde un punto de vista categórico, conceptual, teórico.

—Es un poco pagano, pero Borges decía que la teología es una de las ramas de la lite­ratura fantástica.

—Estoy de acuerdo. O sea, de la litera­tura fantástica donde usas la imaginación porque estás con un objeto imaginativo. Por fuerza es fantástica.

—¿Y cuándo empiezas a estudiar Antro­pología?

—En 1994 se creó la Universidad Sale­siana con el padre Luciano Bellini y ampa­ramos la carrera, ahora sí carrera de Antro­pología, que sobrevive hasta hoy. Ahí me gradué en el 98, ya adulto de 42 años. Es decir, para mí, la academia tiene un sabor retrospectivo porque no fui un jovencito que se capacitó para ejercer, sino que ejercí primero y me ordené las ideas después.

—En el año 2000, cuando presidías la Cámara Ecuatoriana del Libro, te tocó la tre­menda crisis de la caída de Mahuad, la dola­rización…

—Eso nos dio un golpe durísimo a to­dos los ecuatorianos, también a Abya-Yala, pero Abya-Yala se las ha arreglado siempre para sobrevivir. La crisis subió demasiado el costo de los libros extranjeros y quitó poder adquisitivo a la gente, la gente tenía que gastar según otras prioridades. Con el correr de la dolarización el poder adquisiti­vo de alguna forma se recompuso y volvie­ron otra vez buenos tiempos, pero el libro ha sido un sector que vive siempre con las justas.

—Ahora la situación también es mala, ¿no?

—Está muy mal porque prácticamente ya no hay ventas. Pero siempre digo: “El li­bro se usa cada vez más, pero se vende cada vez menos”, porque pululan en Internet. Si sacas un libro que se demanda, pues apa­recen versiones en PDF al poco tiempo, lo cual es bueno porque se difunde pero, en cambio, no sabemos todavía cómo reaccio­nar a ese fenómeno de cara a las cuentas.

—Hace rato que está en decadencia la cuestión impresa, pero cuando mejoraba la situación a principios de los 2000 entraste a Planeta. ¿Cómo fue?

—Fue buenísimo porque uno entiende ahí la racionalidad administrativa empresa­rial de una editorial. Para mí fue como una maestría en cómo manejar racionalmente una iniciativa cultural, porque a veces los gestores culturales nos respaldamos en lo bueno que es nuestro producto, pero no te­nemos muchas herramientas para hacerlo sostenible comercialmente hablando.

Entonces fue una experiencia realmen­te maravillosa conocer géneros literarios, conocer cómo se mueve en torno a la pro­moción y al marketing. Oswaldo Obregón fue un maestro espectacular, él es ingeniero de Ventas, me enseñó muchísimo, me ense­ñó a trabajar con los resultados realmente constatables.

—¿Ahí editaste un manual de ciencia po­lítica y algo de sociología del Ecuador?

—Editamos con Susana Cordero un diccionario de términos ecuatorianos; editamos un libro de ética con León Rol­dós, con algunos personajes políticos y del mundo sociológico. También llevé la expe­riencia de las ediciones locales, yo era di­rector del programa universitario y conocí muchas universidades ecuatorianas porque viajaba mucho.

La familia: el hijo mayor, Javier Enrique, psicólogo industrial; la mamá, Narcisa Calahorrano; Julieta Fernanda, ingeniera ambiental; María Gabriela, economista, y el papá, José Juncosa. Universidad San Francisco, Quito, 2016.

No dar chance al demonio

—Hablando de la relación histórica de los salesianos con la política, poco después que llegaron tuvieron problemas con Alfaro…

—Alfaro expulsó a los salesianos. Hay un libro que publicó el padre Juan y cuen­ta las crónicas del exilio de los salesianos: los mandaron por Esmeraldas, para que se mueran en el camino, o sea, no los han tra­tado de buena manera.

—Pero no se fueron todos…

—En efecto, quedaron algunos replega­dos en sus casas, pero el más activo, el que se hizo cargo de los bienes, fue un salesia­no no sacerdote sino coadjutor, de nombre Jacinto Pankeri. Él siguió impulsando la construcción y el cuidado de las obras de La Tola y se relacionó también, intensamente, con la obra pública y el municipio, y cons­truyó en 1904 unos túneles que son parte de los mitos urbanos.

—Otro proyecto educativo muy nota­ble, ahora con la oligarquía guayaquileña, ha sido el colegio Cristóbal Colón, del cual han salido ni más ni menos que seis presi­dentes.

—Así es, y cuadros políticos muy im­portantes de la élite guayaquileña.

—¿Por qué tuvo tanto éxito el Cristóbal Colón? ¿Cómo se vinculó tan estrechamente con la clase alta guayaquileña?

—A ver, en Quito la élite hasta cierto punto estuvo en el colegio Spellman feme­nino.

—Desde la época anterior estaba en el San Gabriel con los jesuitas.

—Claro, era bien complicado competir con los jesuitas, pero en Guayaquil el Cris­tóbal Colón pegó en esa élite comercial. Por decir, gran parte de aquella no proviene de la aristocracia sino de la clase mercantil. Entonces, no están viendo con qué apellido, sino más bien quiénes son los de su clase, con los que hacen comercio.

—¿Y por qué empataba eso con el cole­gio Cristóbal Colón?

—Porque los salesianos son buenos para ofrecer a la clase media un espacio de crecimiento, un espacio de formación seria para gente que quiere crecer, que quiere progresar, el tema del progreso es muy im­portante. Pero los salesianos tuvieron un entronque mucho más fuerte con la élite guayaquileña que con la quiteña.

—El último presidente que estuvo vincu­lado fue Rafael Correa, aunque no fue alum­no salesiano.

—No fue alumno, él fue voluntario en las misiones de Zumbahua.

—Te voy a contar algo que probablemente no sabes: yo sí fui alumno salesiano en Manta. (Con tono de vacile). Y en todos estos libros no nombras al colegio San José de Manta.

—Yo no soy historiador de los salesia­nos, soy historiador antropólogo, digamos, de la presencia misionera donde los indíge­nas amazónicos. Pero te cuento que el San José se cayó con el último terremoto y fue reconstruido.

—Yo tuve una mala experiencia con el método de san Juan Bosco, de mantenerte todo el tiempo ocupado con misa diaria, con rezos y demás. Lograron que no volviera a oír una misa nunca más.

—Yo no he tenido esa experiencia. Claro, había una misa diaria y todo pero también hacíamos deporte, teatro, pintura, música; el punto era mantenerte ocupado todo el tiempo.

—(Irónico). Para que el demonio no se filtre en tu cerebro.

—(Risas). Sí… pero yo no he sentido tanto esa presión religiosa. En cambio, va­loro muchísimo estos otros tiempos de cul­tivo de la sensibilidad estética.

Hacia la universidad virtual

—Pasemos a la Universidad Salesiana. ¿Desde cuándo empiezas a dar clases ahí?

—Me gradué en el 98 y en el 2000 fui docente ocasional, muy vinculado a la ges­tión de la carrera de Antropología. Después fui director de la carrera.

—¿Se generó un movimiento de antropó­logos en la Salesiana, de gente que estudiaba y volvía al campo, a las misiones, al Oriente?

—Por la carrera de Antropología, al inicio, pasaban obispos, activistas sociales, agentes de desarrollo; es decir, personas que tenían mucho peso en las comunidades indígenas. Con la reforma universitaria y la falta de flexibilidad que te dan los estudios académicos, pasó a ser una carrera también para nuevos bachilleres. Ahí los desafíos son distintos porque ya es profesionalizar, formar antropólogos.

Ahora la hemos transformado en una carrera virtual, aspiramos también a que esa carrera profesionalice otra vez a perso­nas adultas que están en el campo y que de­sarrollan experiencias interculturales.

—¿Eso pasó por la pandemia?

—No, era ya un proyecto anterior a la pandemia: abrir la carrera a estudiantes bajo la modalidad virtual para que, desde su expe­riencia de campo, puedan profesionalizarse.

—Sería como la última fase de lo que empezó con las escuelas radiofónicas.

—Claro. Volvemos un poco a ese esque­ma de hacernos presentes en los territorios.

—¿Cómo llegas a ser vicerrector de la Salesiana?

—En el año 2015 me propuso el padre Javier Herrán. Con reticencia y mis miedos, acepté. Fue una experiencia riquísima ges­tionar la sede Quito de la Universidad Sale­siana con más de diez mil estudiantes, una sede grande con un campus en El Girón y con otro en el sur de Quito. Y creamos tam­bién a lo largo de esos años una extensión en Cayambe.

—En el sur estaba el famoso padre Caro­llo. ¿O ya se había muerto?

—Había fallecido ya cuando asumí el vicerrectorado, pero el campus sur le debe mucho a la gestión del padre Carollo. Él creó también el hospital Un Canto a la Vida, y tuvo muchas otras iniciativas de presencia social, pastoral, educativa en el sur.

La sede Quito tiene una fortaleza espe­cial en todo lo que tiene que ver con la in­terculturalidad, por ejemplo, tiene la carre­ra de Educación Intercultural Bilingüe con más de mil indígenas graduados. Abya-Yala gestiona ahora con la universidad el Museo Amazónico y el Centro de Documentación que tiene cerca de treinta mil volúmenes sobre pueblos indígenas.

—¿Y qué resultados han obtenido en la Amazonía con la educación virtual de la uni­versidad?

—Hemos tenido una respuesta favora­ble de los estudiantes. Los cincuenta estu­diantes indígenas de la residencia, que está en el campus Sur, no podían tener clases presenciales por la pandemia y se quedaron en sus lugares, y es impresionante cómo se las arreglaban para tener conectividad. Hacían convenio con el director del centro mediático o de computadoras de su pueblo. Hay dificultades, obviamente, pero también hay creatividad, hay las ganas de generar posibilidades para no dejarse.

—¿Abarca la cobertura de Internet a la Amazonía?

—Sí cubre, pero no en todo. Por ejem­plo, nosotros tenemos un centro de apoyo entre los achuar, en Wasakentsa, y tuvimos que colocar antenas adicionales para asegu­rar una cierta cobertura a los estudiantes.

Con el rector de la UPS, Javier Herrán, estudiantes y la profesora Ana María Narváez en el lanzamiento de Nosotras también podemos, Quito, 2019.

Los estudiantes achuar Chias Juanita Chiwiant Kamantan y Peas Roberto Wisum Semu con José Juncosa en la residencia intercultural de la Universidad Salesiana, Quito, 2017.

Civilizaciones en disputa

—¿Cuál es la función de la religión en este mundo tan seglar, tan fragmentado, tan individualista?

—Afortunadamente para la Iglesia vino el papa Francisco, que pone lo social otra vez en el centro de la discusión. Entonces, la religión tiene que ver con las energías sociales y con la centralidad del concepto de bien común. Si la religión tiene algún sentido hoy, es por su capacidad de juntar personas que quieran tener una relación di­ferente entre sí en función del bien común, de un proyecto común con respeto a la na­turaleza, con respeto entre las personas, no tan enfocado en el consumo, en el éxito in­dividual. Una religiosidad necesariamente intercultural, abierta a la diferencia.

—Pero otra cosa que se está acabando es el mundo comunitario.

—Por eso mismo, es decir, para mí la única función de las religiones es reinven­tar lo común, eso que la sociología nombró como bien común, las religiones tienen mucho potencial para ponerlo en el centro de la actividad humana.

—En tu libro Civilizaciones en disputa del año pasado, abordas la educación y la evangelización en el territorio shuar. ¿Cuál es la diferencia entre civilizar y educar?

—Civilizar es imponer tus patrones a otros pueblos…

—¿Eso es lo que hacían al principio los salesianos?

—Eso es lo que hacemos todos: políti­cos, misioneros, antropólogos, vamos vien­do lo que les falta, no lo que tienen: les falta agua, les falta escritura, les falta religión. Civilizar es actuar en función de lo que les falta.

—¿Es positivo o negativo?

—Negativo, porque trabajas sobre el desconocimiento de lo que tienen. Negati­vo porque dejas intacta tu civilización, in­mune a la crítica; no la cuestionas porque viniste a darla a otros.

—¿Cómo se cuestionaron eso los misio­neros salesianos?

—Eso fue un momento único: allá por los años sesenta coincidieron históricamente algunos salesianos que venían de Europa con otras cosas en la cabeza, venían imbuidos por el Mayo francés. Se cuestionaron esto de estar siempre civilizando, de estar actuando en función de lo que no es. Esa generación se cuestionó su propia cultura también.

—Pero al evangelizar vienes también con tu propia palabra revelada a imponerla a otros.

—Sí, pero estos salesianos evangeli­zaban intentando ver lo que ya tenían los otros, no lo que les faltaba. No es solo au­sencia, es también presencia, una manera en que Dios se hace presente en ellos de manera distinta.

—Dejémoslo ahí.

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