Jorge Ortiz: alma de periodista.
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Jorge Ortiz: alma de periodista.

Por Pablo Cuvi.

Fotos: El Comercio y cortesía de J. Ortiz.

Edición 456 – mayo 2020.

Para ganarse la vida mientras estudiaba Leyes en la Católica, Jorge Ortiz ingresó al diario El Comercio y rápidamente descubrió que el periodismo era su destino; pero un periodismo crítico, lo que significaba irse metiendo en problemas con poderosos de la talla de León Febres Cordero, Fernando Aspiazu y Rafael Correa, cuyo despotismo identificó desde antes de que llegara a Carondelet, mientras la mayoría se rendía al carisma del nuevo Mesías.

Ese vértigo de las noticias diarias, sobre todo en la televisión, fue equilibrado por su dedicación a la historia. Gran lector y ágil narrador, ha publicado algunos libros de crónicas históricas luego de que abandonara Teleamazonas. Menos conocida es su pasión por los toros, el box, el tenis y el fútbol que empezó a querer desde su infancia en Argentina. Ahora, en medio de la cuarentena, conversamos por teléfono y la primera pregunta no puede ser otra que….

—¿Qué mundo crees que saldrá de esta pandemia?, ¿qué cambios radicales van a darse?

—Me temo que el mundo puede quedar listo para una nueva ola autoritaria y populista como la que le cayó después de la gripe española hace cien años. Cuando terminó la epidemia y se habían muerto aproximadamente cien millones de personas, el mundo quedó listo para Stalin, Hitler, Mussolini y toda esta serie de líderes que a punta de aullidos llevaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial.

—En concreto, parece que es el fin de la hegemonía de Estados Unidos como potencia mundial.

—Sin duda. Ya desde la llegada al poder de Trump había un repliegue de los norteamericanos, en gran parte por su falta de visión, pues no entiende las responsabilidades de un país como potencia y prefiere volver al aislacionismo, que ha sido una tendencia histórica frecuente en la extrema derecha americana: si podemos ser autárquicos, para qué nos vamos a comprometer con el resto de mundo. Hay, claro, la posibilidad de que la crisis también le descalabre sus planes y termine perdiendo las elecciones de noviembre.

—Lo que más me ha impresionado es la conferencia en Ted Talks de Bill Gates en 2015, cuando da hasta la foto del coronavirus: “Este es el enemigo y esto es lo que va a pasar”. ¿Es culpa de los políticos no haber hecho caso?

—Claro. Pandemias han habido muchísimas a lo largo de la historia: hace 2 500 años, en el Siglo de Oro con Pericles, hubo la peste de Atenas, que incluso mató al mismo Pericles, terminó la hegemonía de Atenas y puso en primer lugar en el mundo heleno a Esparta. Luego…

—Sí, pero hasta la gripe española, los científicos no sabían qué era…

—Bill Gates estuvo extraordinariamente preciso en su pronóstico, pero hubo más advertencias. Por mucho que hayan avanzado la ciencia y la técnica, el ser humano no está libre de epidemias. Y es inevitable que haya otra. Parecía que el mundo había llegado a un nivel de desarrollo científico-tecnológico en que una epidemia como las de la Edad Media era imposible, y nos cayó nomás.

—Ahora, mientras este virus nos globaliza como especie humana, al mismo tiempo se exacerban los nacionalismos, la xenofobia. ¿Será esto el fin de la globalización?

—Creo que sí, esta es la segunda epidemia global y nos va a desglobalizar. Volverán a levantarse fronteras y tomarse restricciones, la normalidad anterior, si es que alguna vez vuelve, va a demorar muchos años. Retomar fiestas, amigos, abrazos, mítines, teatro, futbol, va a ser complicado. Vamos a quedar asustados porque probablemente el virus ha adquirido una capacidad de mutación asombrosa, con una fuerza impresionante.

—¿Y qué va a pasar en el Ecuador?

—Hay el riesgo de que volvamos a caer en la búsqueda de caudillos mesiánicos y salvadores. El que saca aquí la cabeza siempre es Correa, un tipo malévolo, sin escrúpulos, con una sed de poder terrible porque cree que es un hombre superior a todos los ecuatorianos y, por lo tanto, está no solo en el derecho sino en el deber de gobernar este país con la punta del zapato.

—Eso ya lo sabemos. A mí me sorprende mucho más Nebot. ¿Cómo explicas la política del PSC?

—No la entiendo. He tenido a lo largo de mi vida dificultades en comprender a la política socialcristiana. Es probable que cuando salga esta entrevista ya Nebot haya dicho si va a ser o no candidato.

—Creo que no va a ser, nadie medianamente sensato querrá hacerse cargo de ese conflicto terrible.

—También creo que no, pero ahí mismo hay algo incomprensible: un hombre que ha estado como Nebot en primera línea de la política durante muchos años, con un partido que ciertamente tiene vocación de poder, la tuvo con Camilo Ponce, la tuvo con Febres Cordero, ahora se ha ubicado en una especie de segunda fila.

—¿Cómo fue tu conflicto con Febres Cordero?

—Cuando irrumpió su candidatura me pareció que amenazaba las bases de convivencia de la democracia que se estaba recién armando, porque apostaba al todo o nada y “yo solamente yo”. Entonces, en mis columnas de El Comercio lo cuestioné con fuerza. El presidente del diario era José Thome, quien después sería ministro de Salud de Febres Cordero, él impulsó que me sacaran diez días antes de que asumiera Febres Cordero.

Unas semanas después me invitaron a escribir en el diario Hoy una columna editorial normal, más “El Cajón de Sastre” que armamos con Simón Espinosa y Juan Cueva, y que fue muy leída y exitosa porque utilizaba mucho sarcasmo. Una de las primeras consecuencias fue que a mi padre, diplomático de carrera toda su vida, lo retiraron del servicio exterior cuando estaba de embajador en Japón.

—Retrocedamos un poco. Cuando eras estudiante de Leyes en la Católica y entraste a El Comercio se acabó tu futuro como abogado, ¿qué pasó?

—Por la razón que hubiera sido me destaqué en el diario. Jorge Mantilla se fijo en mí y me dijo: “Ya no quiero que seas reportero”, porque me encantaba ser reportero, “quiero que vengas a la planta editorial”. Tenía veinticuatro años y estaba en la planta editorial con Jaime Chávez, Jorge Fernández, Humberto Vacas Gómez y se me abrió un mundo entero: ya no era el reporterito que andaba en la calle, sudoroso y cansado buscando noticias, sino que era editorialista que tenía que hacer análisis. Estaba formado, leía mucha historia porque siempre me gustó.

LIBROS, BOX Y PERIODISMO

Con su mamá y su hermano Pablo en Miami, en 1956, cuando su papá era el cónsul general.

—¿Qué tal es la vida de un hijo de diplomático? Veo que estudiaste la primaria en varios países.

—En esa época, a un diplomático lo enviaban a otro país y no sabía cuánto tiempo iba a estar. Mi padre estuvo seis meses en Lima y a los seis meses le dijeron: “Lo necesitamos en Santiago de Chile” y después en Buenos Aires. No tenía tiempo de armar su red de contactos para hacer una gestión efectiva, ni la familia para adaptarse al medio. Mis hermanos y yo en la primaria siempre fuimos los nuevos, los recién llegados, un año en cada país.

—¿Eso se debía a los cambios políticos en el Ecuador de los años sesenta?

—Básicamente, sí. Además, no había una cosa estructurada, siempre había alguien que se palanqueaba, había escasez de dinero. Entonces disminuían el personal aquí, lo mandaban para allá, era una cuestión bastante incierta. Pero tuvo una cosa buena: desarrolló nuestra capacidad de adaptación. Eso me ha permitido, cuando he tenido tropiezos en la vida profesional, porque siempre he sido un periodista batallador, combativo, poder empezar de nuevo.

—En Argentina estuviste más largo, te tocó la época del general Onganía. ¿Qué tal era la educación en esa época?

—Estaba en un colegio de la élite, el Champagnat de los hermanos maristas, que era un gran colegio más que por lo que se aprendía en conocimientos, porque fomentaban la lectura. Me acuerdo que muchos compañeros leíamos y hablábamos de libros.

—Bueno, era Buenos Aires, que tenía cientos de librerías. Además, en literatura, era el momento de Cortázar, Sábato, Borges, una gran época.

—Claro. Yo los vi más de una vez en el parque de La Recoleta, que quedaba muy cerca del colegio, a Borges y Bioy Casares. Estaban ahí bajo un árbol, en un banquito, después caminaban despacio, agarrados del brazo. Eran figuras muy significativas de ese Buenos Aires aristocratizante a la vista pero con un nivel cultural asombroso, que después se vino abajo.

—Además de ser hincha de Racing, ¿cómo nació tu afición por el box?

—Desde niño. Muchas de mis aficiones las adquirí con mi padre. Cuando vivíamos en Barcelona, yo tenía cinco años y mi padre me llevaba a los toros. Había un torero que me gustaba mucho, Antonio Borrero Chamaco y me pegó la afición por los toros. Y a mi padre siempre le gustó el box. Cuando vivimos en México, casi todas las semanas me llevaba al box.

—O sea que te tocó vivir el surgimiento de Cassius Clay…

—Sí, y recuerdo los últimos años de Sugar Ray Robinson y el peso pesado de Archie Moore, había unos boxeadores fantásticos en esa época, porque el box es un deporte mundial y pero un poco marginal, barrio bajero.

—¿Y cuál era tu relación con el equipo de fútbol de la Universidad Católica, cuando ibas cuidar a que no se fueran a chupar en la víspera del partido?

—Era porque me metí en la política universitaria y me nombraron representante de los estudiantes en el club deportivo. Un año fue presidente Tito Cabezas, otro año estuvo Jamil Mahuad. La Universidad Católica tenía un muy buen equipo, iba a ser campeón pero hubo un caso raro en Manta y el Emelec se levantó con el campeonato.

En esa época no había dinero para concentrar a los jugadores antes de los partidos. Los directivos debíamos turnarnos para ir a asegurarnos de que estuvieran en sus casas en buenas condiciones, comiendo bien, durmiendo bien, porque siempre había unas pocas ovejas descarriadas.

—¿Cuándo entraste a la televisión?

—El trabajo editorial en el diario era a tiempo completo, que comenzó siendo un sueldo de incidencia mínima, y Jorge Mantilla me dijo un día: “Anda a trabajar en el Canal 8”. Entonces salía de El Comercio a las cuatro de la tarde y me iba a Canal 8. Ahí trabajaba de entrevistador y eso duró hasta que llegaron el doctor Thome y Cristina Mantilla, que era presidente ejecutiva del canal.

—¿Ya se sentía el poder creciente de la televisión al lado del periodismo impreso?

—Inicialmente no. Cuando trabajaba en los dos medios, ciertamente El Comercio era más influyente, tenía más presencia, tenía un periodismo muy responsable, la contrastación de fuentes, la verificación de noticias era muy significativa y había mucha independencia en el trabajo diario.

—Pero el año 78 sucedió algo rarísimo: El Comercio se pronunció oficialmente por la candidatura de Rodrigo Borja y la ID con una columna en la primera página.

—Eso se discutió y se decidió en el consejo editorial. Pero no se hizo una información sesgada, o sea, no se dispuso a los periodistas que dieran información a favor de la Izquierda Democrática, nada de eso. Editorialmente el pronunciamiento duró lo que duró la campaña electoral, porque después ganó la presidencia Jaime Roldós y El Comercio adoptó una posición institucionalista; es decir, hay que defender la institucionalidad, que es frágil. De alguna manera yo forjé esa expresión, porque decían: “El Comercio es un periódico oportunista”.

—De eso le acusaron siempre, de ser gobiernista, de estar con todos los Gobiernos.

—Cuando empezaba el Gobierno de Roldós, y después, en el Gobierno de Hurtado, en los editoriales escribí con frecuencia que no era una posición oportunista sino institucionalista y había que defender la institucionalidad porque significaba defender la democracia frente al inicio de otro golpe de Estado.

—¿Qué hiciste al salir del diario y del canal?

—Me quedé un poco en el aire. Entonces, la casualidad, como decían en la Argentina: “Parece obra de mandinga”. Un día, un señor alemán altísimo con acento rioplatense, Gustavo Spangenberg, me dijo si quería ser corresponsal de DPA (Agencia Alemana de Prensa). Nunca supe quién le dio mi nombre, pero entré a trabajar de corresponsal extranjero y escribía mis columnas en el diario Hoy.

Así me mantuve hasta el año noventa cuando me llamó Xavier Alvarado para que fuera a trabajar en la cadena nacional Ecuavisa. Ahí surgió Contacto Directo, en las mañanas, yo era el anchor y el entrevistador.

Entrevista al economista Abelardo Pachano en el programa “Contacto Directo” del Canal 8 de Quito, en 1978.

DE ENTREVISTADOR A HISTORIADOR

—¿Cuánto poder tenía ese rato un programa de entrevistas? ¿Se podía orientar algo? ¿Se podía influir en la política nacional?

—Cuando la prensa es libre, el público elige a qué medios sigue, a que columnista lee, a que entrevistador ve. Eso hace que, sobre quienes eligen un programa, haya una capacidad de orientación significativa.

En esa época creo que se consolidó esto de que los programas de la mañana, de alguna manera, marcaban la agenda política del día. No es que había un intento de manipulación, nada de esas calumnias perversas del correísmo que mucha gente, a lo mejor de buena voluntad pero de forma candorosa se las tragó, sino que uno buscaba temas que podrían ser transcendentes, impactantes, que se volvían la agenda del día. Entonces, era importante en cuanto a poner el tema sobre la mesa, no a tomar decisiones ni ser jueces. Eso lo hacíamos los entrevistadores en la mañana. Carlos Vera y yo éramos quienes teníamos la mayor parte de la sintonía.

—Por Contacto Directo pasaron todos los políticos de la época. ¿Cómo los compararías con los políticos de ahora?

—Creo que eran mejores. Lo cual tiene que ver también un poco con el tema de las universidades, con el tema de que los políticos se volvieran más populistas. Creo que la calidad, por el conocimiento de los políticos, ha cambiado mucho desfavorablemente. No hablo de la honradez porque siempre se cuecen habas. Pero en esa época sí pasaba que algunos políticos planeaban temas de una manera que abría los ojos, iluminaba, no era frecuente pero ocurría.

—Entre los grandes eventos te tocaron la guerra del Cenepa, Sixto, la destitución de Dahik. ¿Cómo se vivía eso en la televisión?

—Con enorme intensidad porque ya no eran los periódicos sino los canales de televisión los que concentraban la atención y llevaban la vanguardia de la información. Cuando sucedía cualquier episodio singular, los gobiernos, la oposición, los líderes de opinión buscaban sobre todo a la televisión para expresarse, para tratar de ganar espacio ante la opinión pública.

Sin embargo, Pablo, te diría que la época que más disfruté el periodismo fue la de El Comercio, ese periodismo tradicional, de calle, de los reporteros moviéndose por todas partes, yendo a las fuentes, llegando con las noticias, discutiendo en la sala de redacción qué tema se iba a poner en primera página, cómo se lo iba a abordar, si faltaba una opinión a quién había que llamar de urgencia para completar una notica. En esa época había mucho rigor en el periodismo, rigor que se extraña cada vez más.

—¿Y qué pasó a fines de los noventa, cuando tuviste el enfrentamiento con los Isaías, con Aspiazu, cómo fue?

—Hubo la crisis bancaria y el manejo de los temas bancarios se volvió muy delicado, pero tenía muchísima autonomía en mi espacio, Xavier Alvarado respetaba mi criterio, por lo menos eso diría yo, el criterio de los periodistas.

En Guayaquil hubo un intento de convencer a la gente, y de alguna manera lo lograron, que la crisis bancaria era una crisis regionalista que estaba dirigida contra los bancos de la Costa por un afán de la Sierra de quitarle a Guayaquil el último bastión de poder económico que le iba quedando, exceptuando las exportaciones de productos primarios.

—Esa fue la marcha que encabezaron Febres Cordero y Aspiazu.

—Exacto, en Guayaquil empezaron esas marchas y uno de los blancos preferidos fui yo. Sacaban carteles que decían: “Jorge Ortiz regionalista, cómplice de la banca serrana”. Pero yo no tenía ningún vínculo con la banca ni con nada, era periodista, trabajaba en Ecuavisa, que además era un canal con ancestro guayaquileño, pero, claro, había que encontrar enemigos como siempre pasa en estos casos.

Eso deterioró la relación con Xavier Alvarado y se complicó más cuando empecé a denunciar cosas del Banco del Progreso. Un momento dado Xavier Alvarado me dijo que me retirara y yo lo hice, fue como un acuerdo.

—Al mismo tiempo colaborabas con la revista Diners.

—Esporádicamente, escribía tres o cuatro artículos, exclusivamente de temas internacionales.

—¿Cuándo empezaste con las historias que salen en Historias del mundo, este libro que publicó Random House?

—Cuando salí de Ecuavisa, me fui un año del país. Estuve en Estados Unidos estudiando, pero seguí siendo corresponsal de la DPA, en la oficina de Washington con cierta frecuencia me pedían que fuera a reportar cosas. Pero las agencias de noticias estaban cada vez más débiles, se notaba este proceso que terminó prácticamente matándolas, o dejándolas muy débiles.

Cuando volví al país hacia colaboraciones por ahí y allá y en el exterior. Empecé a escribir esos episodios de historia, les gustó y lo hice con más frecuencia. También en la revista Diners, que siempre tuvo una apertura extraordinaria conmigo, estoy hablando de la revista como institución, empecé a escribir esto todos los meses. Después, la editorial Penguin Random House me pidió que escribiera un libro así. Entonces, escribí un montón de estas historias y añadí un tema de la evolución.

—En términos del tiempo del universo, nuestra historia es un parpadeo. ¿Te parece que la aventura de la especie humana tiene algún sentido? Porque dejas abierta la posibilidad de que los creyentes crean en un diseño divino y los otros puedan pensar que es un proceso natural.

—Incluso puede haber una proposición mixta. Uno puede creer en un diseño divino y ese diseño divino no es el creacionismo como se enseña al tenor literal de la Biblia, ahí hay alegorías que se resisten a un proceso científico. Lamentablemente, hay gente que sigue creyendo que esos textos elementales hay que seguirlos fielmente.

—El punto es que si hay un dios que hace un diseño estamos arreglados pues todo depende de él, todo tiene sentido, él es el principio y el fin, hasta el coronavirus es parte de su diseño.

—También hay dos versiones; una, que Dios influye en cada hecho, como se decía en la época de Franco, que no cae una hoja de un árbol sin que él lo permita o lo ordene; y hay quienes dicen que Dios no está involucrado en la vida diaria de los seres humanos, hizo un diseño general y después les dio libre albedrío.

—¿Y para qué existe ese caprichoso Dios?

—Es un tema de fe y creo que frente a eso hay que hacer válida la apuesta de Pascal…

—Pero esa es una apuesta muy oportunista.

—Le da una buena salida a mucha gente. Pero discutir si existe o no existe Dios es una discusión bizantina; lo que importa es la idea de Dios.

—Harari dice que vamos camino a convenirnos en el Homo Deus. La ciencia va conquistando las enfermedades, viviremos 120 años o más. ¿Qué te parece que la historia del hombre vaya a eso al mismo tiempo que tenemos pestes bíblicas que nos matan como a ratones?

—A la conclusión del libro de Harari la veo en el sentido de que los seres humanos, con la ciencia y la tecnología, llegamos a creernos semidioses, sentimos que hemos conquistado el mundo, que estamos conquistado la vida, que estamos derrotando a la enfermedad. Por eso va a ser tan impactante esta epidemia, nos va a poner en la tierra, con inspiración divina o no pero como una especie animal más, una especie mortal finita y además muy vulnerable, muy frágil.

En Egipto, en la primera reunión de periodistas de los países del Movimiento No Alineado, en 1982.
Conversando con Mario Vargas Llosa en Quito, en 2006.

PERSEGUIDO POR CORREA

—Cuando estabas en Teleamazonas te tocó la guinda del pastel: Rafael Correa. ¿Por qué ganó?

—La sociedad ecuatoriana había adquirido una actitud sumamente crítica hacia la democracia. A lo cual contribuimos significativamente los periodistas y los medios de comunicación, en una actitud de atribuir las deficiencias a la estructura, y que la democracia no estaba respondiendo como debía. Y no era eso; era que quienes llevaban el timón de la democracia con frecuencia se callaban. Creo que exacerbamos los problemas, los dramatizamos porque el Ecuador, aunque con muchísimos problemas, iba en un camino de ascenso, las decisiones se iban consolidado, la economía había ayudado a formar una clase media cada vez más amplia.

Correa ganó porque empezamos a exagerar los males y no a ver las virtudes; no destacábamos que había esa clase media en expansión, con ambiciones, con intereses, con creatividad…

—Pero la clase media quiteña se entregó a Correa, eso fue lo increíble.

—Obviamente, porque era la que más consumía, la que más hablaba de política, la que más recibía información, de alguna manera sesgada, no con mala voluntad, sino porque así somos los ecuatorianos, tendemos a ser pesimistas y excesivamente críticos, pero toleramos otras cosas con las cuales habría que ser brutalmente críticos.

—Otra gran decepción fue ver cómo tanta gente que sí sabía: partidos enteros como la ID, periodistas, sociólogos… en fin, un montón de intelectuales que se entregaron en cuerpo y alma al autoritarismo de Correa.

—Los seres humanos tendemos mucho a esas respuestas integrales, globalizadoras; por eso el marxismo tuvo la fuerza que tuvo en la época; por eso el nazismo, el fascismo, la tuvieron. Hoy aparecen unas versiones reencauchadas del socialismo estatista y las seguimos. Estaba hace un rato aquí sonando Shostakóvich y él fue uno de esos intelectuales rusos que plegaron al estalinismo. ¡Cuánta gente fue cómplice de las peores barbaries de los comunistas en las peores épocas! Y hubo filósofos que plegaron al nazismo. Los intelectuales tienen más propensión a caer en esas respuestas globalizadoras: ante los pasos adelante que da la democracia, quieren que un salto lo resuelva todo, y eso es imposible.

—También hubo muchísimos empresarios que estaban fascinados con Correa.

—Claro que sí, la sociedad entera cayó. Correa es un encantador de multitudes y evidentemente tiene un carisma como quizá no lo tuvo nadie en la historia ecuatoriana; seguramente no lo tuvo Urbina, no lo tuvieron García Moreno ni Alfaro.

—Nadie tuvo tanto dinero tampoco.

—Correa, además, es un hombre sin escrúpulos, la ética no es su campo. Les decía a los empresarios lo que querían oír. Igual a los intelectuales y a la izquierda y a los indígenas y a la clase media, y la gente cayó redonda.

No todos caímos, claro, eso es muy importante: hubo un porcentaje de ecuatorianos que desde el comienzo vimos que era un tipo peligroso, con unos afanes despóticos notorios, un hombre con vanidades mesiánicas que se creía enviado por la providencia, entiendo que es creyente, y sentía que Dios lo había enviado a salvar a este pueblo inculto, semisalvaje y explotado, y llevarlo a una era dorada. Encontró el discurso preciso en un momento de confusión y lo aprovechó muy bien.

—¿Por qué te persiguió a ti? ¿Cómo fue el conflicto contigo?

—He leído muchos libros de historia y siempre me apasionó la historia de Rusia, un país que ha pasado de totalitarismo en totalitarismo, y como que tengo el olfato fino para estos déspotas. Desde el comienzo dije: “¡Uy!, si este llega a ser presidente va a tratarnos a patadas, no es un hombre que ande con limitaciones”. Y empecé a cuestionarlo en entrevistas de Teleamazonas y tuve el honor inmenso de ser el primer periodista al que insultó públicamente, antes incluso de haber ganado. Y después, sábado tras sábado me dijo: “Tipejo ignorante”, lo cual me llenaba de honor porque si él me despreciaba significaba que yo estaba haciendo algo bueno.

—¿A qué te dedicaste al salir de Teleamazonas?

—Quedé absolutamente desguarnecido; mucha gente me expresó su solidaridad pero nadie me tendió una mano, y cuando digo nadie digo nadie. Entonces tuve que ver cómo me ganaba la vida. Por suerte había llevado siempre una vida austera, pero todavía mis hijos estaban en la universidad y tenía gastos fuertes.

Entonces me pedían que diera charlas de historia por aquí, por allá, o que hiciera análisis político para empresas. Lo convertí en mi profesión, aunque no soy historiador, nunca hice investigación de fuentes primarias, pero me ha encantado siempre la historia. También me contratan grupos empresariales para que haga proyecciones políticas, y políticos para que sepan tomar sus decisiones.

—La última pregunta es de manual. ¿Qué hobbies tienes? ¿Todavía juegas tenis?

—Ya no. Dejé de jugar tenis en medio de los peores momentos de la locura correísta, cuando Correa, los sábados, incitaba a la violencia contra los críticos de su Gobierno y nos sacaba las fotos y decía: “Estos son los enemigos del pueblo… no sé qué”. Un día me atacó uno de estos exacerbados por ese discurso confrontativo, agresivo de Correa, me atacó en la avenida de los Shyris y me rompió el manguito rotador del hombro derecho.

—¿Te dio un palazo o algo así?

—Trató de darme un palazo en la cabeza desde una camioneta en marcha y yo levanté instintivamente el brazo, el palo me dio en la mano y cerré la mano y la camioneta siguió pasando. Mi hombro se fue hacia atrás, ¡paf! y se rompió. Tuve que dejar de jugar tenis también por el correísmo. No solamente había perdido mi trabajo y mi profesión: ya no me considero periodista porque no ejerzo el periodismo desde que salí de Teleamazonas hace diez años, sino que al correísmo le debo haber perdido también mi hobby y hasta mi estado físico.

Pero siempre me ha gustado el cine y soy un seguidor del fútbol internacional, me gusta el básquet de la NBA, me gusta ver el tenis, obviamente el box, y me gusta charlar con mis amigos y tomarme una copa de vino.

—¿Qué estás leyendo en la cuarentena?

—Hace poco me trajeron dos libros de una historiadora que está en un gran momento. Se llama Anne Applebaum, vive en Polonia porque es casada con un polaco y tiene el libro Hambruna roja que estoy empezando en estos días, en el que se habla del Holodomor, la colectivización de las tierras agrícolas ucranianas durante la época del estalinismo, que causó una hambruna de dimensiones bíblicas por un loco que tenía que implantar el socialismo costara lo que costara. Y costó mucho y mira en lo que terminó.

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