Jordan Casteel. Within Reach
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Jordan Casteel. Within Reach

Por Daniela Merino Traversari.

Fotografías: cortesía del New Museum.

Edición 463 – diciembre 2020.

HER TURN, óleo sobre canvas, 198,1 x 152,4 cm, 2018.

Within Reach. Al alcance. Retratos gi­gantes de hombres, jóvenes y niños negros en el New Museum de Nueva York. El título de la muestra de Jordan Casteel, una artista afroamericana de 31 años, nos desubica en un momento histórico donde nada parece al alcance de nadie. Los afectos se prolon­gan para otras circunstancias y los espacios desolados son los únicos donde podemos estar seguros. Sin embargo, la paradoja del título en este contexto histórico construye el puente indispensable para caminar hacia la realidad del otro.

Una realidad bastante accesible y amiga­ble bajo la mirada de Casteel, quien revela una empatía especial por sus retratados. Su brochazo fuerte y firme, junto a una paleta de colores vibrantes enfatiza en ellos la vul­nerabilidad, una cualidad que tiene que ver con la condición humana, desde el tema de género, la masculinidad, la negritud, el sen­tido de pertenencia, hasta la fragilidad de los afectos a través de la gestualidad cotidiana.

Jordan Casteel, una millennial que vive en Harlem, estudió Sociología y Antropolo­gía, lo que probablemente le ha permitido retratar a sus semejantes con tanta transpa­rencia y sensibilidad. Realizó una maestría en Bellas Artes en la Universidad de Yale, gracias a la inspiración que le dio una cla­se de pintura que tomó en Italia durante su pregrado. La pintura la hizo sentir una fe­licidad que no había experimentado nunca y, con pocos conocimientos en técnica ar­tística, decidió aplicar a uno de los mejores programas de arte en el país.

En Yale comenzó una serie de retratos de hombres negros que presenta en 2014 en una exhibición titulada Visible Man (Hombre visible). Hombres afroamericanos desnudos posan en la intimidad de sus de­partamentos, algunos en su sala, otros en su dormitorio e incluso en el piso de la cocina. Es interesante observar la paleta tan diná­mica que utiliza Casteel. El color de la piel de estos jóvenes oscila entre el verde fosfo­rescente, el salmón, el amarillo, el turquesa, hasta llegar a rojos muy intensos.

Así, la artista, a través de la elección del color, desafía ese concepto de blackness o negritud, siempre tan polémico y contro­versial en Estados Unidos desde épocas de la esclavitud hasta nuestros días agitados por el movimiento Black Lives Matter. Uti­lizando una amplia paleta que se rige al uso libre de tonalidades contrastantes, pone en discusión el verdadero significado de esta negritud, algo que, sin duda, va más allá de los límites de la piel y lo visible.

CHARLES, óleo sobre canvas, 198,1 x 152,4 cm, 2016.
WITHIN REACH, óleo sobre canvas, 88,9 x 152,4 cm, 2019.
FALLOU, óleo sobre canvas, 228,6 x 198,1 cm, 2018.

NOS MIRAN A LOS OJOS

En “Jiréh” (2013), un estudiante de la Escuela de Drama de Yale aparece desnu­do, posando en la sala de su casa. Nos mira tranquilo desde su sofá estampado con flo­res exóticas. Más que erotismo, la pintura exuda una sensación de calma y quietud. Sus retratados siempre nos miran a los ojos. Y nos devuelven la compasión y empatía con la que la artista los mira. La verdadera desnudez no está en sus cuerpos, sino en sus miradas.

De una vida en interiores domésticos, Casteel cambia de escenario y comienza a pintar a su comunidad de Harlem, traba­jo recopilado en Nights in Harlem (2017), como parte de la residencia que realizó en el Studio Museum de Harlem y que incluye algunas de sus mejores obras.

Su interpretación de los habitantes y ciertos rincones de Harlem puede ser in­cisiva, sin dejar de ser empática. Lo más destacado de esta serie es la revelación de cómo las calles y rincones de un barrio pueden actuar como una especie de hogar. Hay una cualidad de domesticidad similar a la que existe en sus retratos en interiores. Los habitantes de Harlem se apropian de los rincones. Por ejemplo, en “Harold” vemos a un hombre sentado en una silla de plás­tico colocada en la vereda: está en primer plano y su rostro y su cuerpo lucen ilumi­nados por la luz fluorescente que viene de la lavandería que está detrás. A su derecha y en segundo plano, vemos a otro hombre parado, también posando para la artista. Harold podría tranquilamente estar senta­do en la sala de su casa o en su cocina. Su mirada es tierna y sería simpático entablar una conversación con él.

Casteel se apropia de su Harlem. Se siente cómoda con la magia y la energía fre­nética de este barrio, como no se siente en ningún otro espacio de Nueva York. Har­lem la acoge y le ofrece un panorama visual digno de ser representado en sus grandes lienzos. Hogar del jazz y cuna del Harlem Renaissance en los años veinte, uno de los movimientos artísticos más exquisitos que han surgido en Nueva York, el barrio es un espacio de exploración vital para la artista, que la llena y la conmueve. Sus habitantes le brindan un retrato de la cotidianidad afroa­mericana y ella lo plasma en sus lienzos con la sensibilidad de alguien que los respeta y los honra.

El curador del New Museum, Massimi­liano Gioni, llama a esto “la monumentali­zación de la cotidianidad”, pues vemos a la comunidad afroamericana fuera del con­texto de una crisis y más allá de un ámbito violento o de explotación (contrariamente a lo que abunda en el cine y las noticias).

También hay algo casual y una fres­cura en todos los retratos de la muestra (alrededor de cuarenta). Esa frescura nos sumerge en la obra de la artista sin tener que apelar a una estrategia intelectual ni tener que saber demasiado de los seres que estamos mirando. El tamaño nos in­vita inevitablemente a sumergirnos en la escena, a ser parte de la vida de estos per­sonajes que ella eligió para pintar. Hay la sensación de que el rato menos pensado se van a parar del sillón para darnos la mano o quizá para invitarnos a un café en su sala. Hay una familiaridad que se establece en­tre el espectador y los personajes de forma muy natural, volviéndose una cualidad in­dispensable en su trabajo.

En su universo pictórico encontramos a su familia, sus amigos, sus vecinos en Har­lem, vendedores de la calle, empleados en los restaurantes que frecuenta; hasta sus es­tudiantes aparecen, pues es maestra de arte en la Universidad de Rutgers, New Jersey. Cuenta la artista que cuando llegaron su madre y ella al campus de la universidad en su primer año, la madre, casi ensegui­da, la llevó al comedor, no para almorzar, sino para que la chica conociera al staff de la cocina. Habían ya saludado al presidente y al decano, pero los empleados, le explicó su madre, eran las personas que verdadera­mente cuidarían de ella.

SHIRLEY (Spa Boutique2Go), óleo sobre canvas, 198,1 x 152,4 cm, 2018.
JOE AND MOZEL (Pompette Wines), óleo sobre canvas, 228,6 x 198,1 cm, 2017.
BENYAM, óleo sobre canvas, 228,6 x 198,2 cm, 2018.

LA CLAVE ES LA EMPATÍA

Su proceso creativo comienza con una o varias fotografías de la gente que quiere retratar y en el lugar donde quieren ser re­tratados (si es que hay la oportunidad de elegir el espacio). Luego lleva la foto a su estudio y pasa horas de horas en soledad, reviviendo en su mente las cualidades de ese encuentro, las sutilezas, comprome­tiéndose en cada brochazo a no traicionar su intuición y lo que sintió en ese momen­to de acercamiento que es tan importante. Aunque la postura de sus sujetos muestra una rigidez propia del snapshot, sus pintu­ras también tienen la grandiosidad y la vi­talidad de los retratos antiguos. Así cons­truye Casteel la intimidad en sus retratos. La intimidad como diversas capas de ob­servación que la ayudan a sumergirse en el otro y a entenderlo como un espejo y no como a un ente lejano con una vida muy diferente.

Su último trabajo que fue presentado en la muestra The practice of freedom (2019) incluye retratos de sus estudiantes de la Universidad de Rutgers. El título de la serie hace referencia a un libro de la académi­ca y activista norteamericana Bell Hooks, donde se resalta la libertad como base de la educación, al igual que una filosofía del aula más desestructurada, en la que no se establece la relación de poder tradicional entre el maestro y el alumno.

Jordan Casteel incentiva a sus estu­diantes a ser fotografiados en un lugar de su preferencia; muchos escogen sus propios hogares, sus dormitorios, y a veces también escogen ser retratados con familiares. Pero en el caso de “Jenna” por su relación estre­cha con la naturaleza, la estudiante escogió el Jardín Botánico de Brooklyn, un lugar exuberante en la mitad de la ciudad.

Desde la pedagogía este es un trabajo muy interesante, pues el arte se convierte en un territorio de colaboración entre el maes­tro y el alumno, donde inmediatamente se desintegra una estructura de poder muy afianzada en nuestra sociedad. Fuera del aula, la verdadera personalidad del estu­diante sale a flote, brilla, trayendo a la mesa una serie de conocimientos imposibles de ser expuestos en el aula por la cantidad de reglas preestablecidas que existen en ese contexto.

Hay también obras tomadas del metro de Nueva York, donde un niño se apoya en el regazo de su padre, donde dos pares de manos revisan su celular, o donde la mano de un niño se agarra del pantalón de su padre antes de que se abran las puertas del metro. Sin duda se trata de momentos efímeros y de gestos muy reveladores en su emotividad. Los sujetos no miran a la cá­mara como en otras ocasiones y quizá estos momentos previamente fotografiados sean momentos robados por la cámara de su ce­lular, que arranca un pedazo de intimidad de la realidad de esas personas, pero por un propósito más sublime: el de retratar la empatía.

La empatía es ponerse en los zapatos del otro. Incluye el ingrediente de la com­pasión o del respeto. Casteel se sumerge en la piel de sus sujetos y gracias a su gran capacidad de observación, a su mirada que busca siempre resaltar la belleza de sus se­mejantes, sin exotismos, sin idealizar, nos regala una mirada diferente de la comuni­dad afroamericana.

En este momento histórico, cuando los afectos se han visto agrietados, la cercanía que nos ofrecen los personajes de sus obras compensan cualquier distancia física, in­cluso si eso implica mirar el trabajo de esta gran artista solamente a través de un tour virtual.

JIRÉH, óleo sobre canvas, 182,9 x 132,1 cm, 2013.

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