
Desde sus inicios, en 1991, el Colegio Johannes Kepler se inclinó por un modelo educativo enfocado en el desarrollo del pensamiento crítico más que en la memorización de conceptos. Luego de casi cuatro décadas, aquella idea está más viva que nunca.
Quizá la palabra “colegio” hace pensar en un sitio donde los timbres ordenan la vida de los estudiantes, mientras los maestros se afanan por ir de un aula a otra con la ciencia o el arte comprimido en episodios de cuarenta minutos. Pero el Colegio Johannes Kepler se fundó con una propuesta diferente: hacer de la educación un proceso para formar humanos críticos y capaces de transformar al mundo.
Al principio, la institución estuvo dedicada a los niños de preescolar, pero con el paso de los años creció y, hoy, abarca hasta el bachillerato. Su campus sostenible se encuentra en un bosque de 70000 m², utiliza energía eólica y solar. Además, cuenta con 29 aulas abiertas -laboratorios vivos-, huertos y viveros donde aprender significa observar, convivir, cuestionarse y buscar soluciones para los desafíos de este tiempo.
El Johannes Kepler mantiene 100% de aprobación en certificaciones IB (Bachillerato Internacional), sus graduados ingresan a universidades de primer nivel del país y del extranjero y ofrece formación multilingüe en español, inglés y alemán.
Un día a la vez
Pablo Ponce, gerente del colegio, explica que escogieron al astrónomo y matemático Johannes Kepler como patrono porque no solo fue un hombre brillante, sino porque era curioso, observador y, en especial, apasionado por descifrar los misterios del universo. Y esas cualidades son las que fomentan en sus estudiantes.


Desde el principio se rompió con la estructura tradicional de horarios fragmentados por materias, enfocándose en la profundización de los contenidos. El modelo parte de su metodología única “Un día a la vez” creada por la rectora Jacqueline Ponce. En esta el alumno trabaja una materia troncal y tres complementarias por cada jornada, mostrándole que las ciencias naturales y sociales, así como las humanidades y el arte se alimentan unos de otras.
En esta visión, el conocimiento deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una herramienta para comprender la realidad, resolver problemas cotidianos y enfrentar desafíos extraordinarios. Para lograrlo, las actividades de aprendizaje están diseñadas para desarrollar competencias cognitivas, como el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de análisis; competencias socioemocionales, como el autoconocimiento, la empatía y la comunicación; y competencias indispensables para discernir, interpretar y utilizar la información con criterio.
Jacqueline Ponce sostiene que el aprendizaje pierde sentido cuando se reduce a un examen o permanece encerrado en el aula. Su verdadero valor aparece cuando el estudiante puede llevarlo a la práctica, aplicarlo, cuestionarlo y transformarlo en acción.
Esta metodología no solo fortalece el conocimiento académico, sino que forma estudiantes capaces de pensar con profundidad, actuar con sensibilidad y enfrentar la vida con herramientas que serán imprescindibles dentro y fuera de la escuela.

El laboratorio natural y comunitario
El colegio y sus estudiantes han recibido varios reconocimientos. Estos son el resultado del compromiso que tiene la institución con el desarrollo sostenible y la excelencia educativa. Así, en 2023 estuvo en el Top 10 de los Mejores Colegios del Mundo por sus acciones ambientales, según el World's Best School Prizes.
Pero para el Johannes Kepler la sostenibilidad es mucho más que premios, está en su ADN ecológico. Es una experiencia diaria, donde los estudiantes participan de actividades de conservación ambiental como el Siembratón, el proyecto de mayor impacto a nivel nacional en reforestación; el Reciclatón, un plan educativo de gestión de residuos sólidos; o la Minga Mundial por el Ambiente, movimiento ciudadano enfocado en la regeneración del planeta que se hace conjuntamente con Ratoray International.





La comunidad es otro de los puntales institucionales porque el éxito del proyecto no depende solo de alumnos y docentes, las familias, aunque no van al campus a diario, se convierten en una red de apoyo y participan de clubes. En definitiva, se trata de que haya un sentido general de pertenencia hacia al colegio, la ciudad y el planeta.
Pablo Ponce explica que el Johannes Kepler no es una burbuja en la que los chicos se aíslan, sino que es -y siempre lo será- una puerta abierta para conectarse con el mundo porque, como él asegura siempre, “la pedagogía no tiene sentido si no se aplica para la vida diaria”.
Ciencia con humor

Matea Cañizares, estudiante de último año de bachillerato del Colegio Johannes Kepler, obtuvo el Breakthrough Junior Challenge, un premio mundial que busca inspirar el pensamiento creativo en la ciencia. Los participantes -jóvenes de entre 13 y 18 años de cerca de 190 países- deben explicar conceptos científicos complejos en videos cortos; se evalúa tanto el rigor académico como la capacidad narrativa.
La propuesta de Matea Cañizares fue hablar con humor del plasma de quark-gluones, un estado de la materia que, según los físicos, debió imperar en el universo inmediatamente después del Big Bang. En un par de minutos, se la puede ver a ella misma convertida en una chef que cuenta cómo se ‘cocinó’ el cosmos.
Ella cuenta que su interés por las ciencias siempre estuvo ligado a la naturaleza y el entorno del colegio le permitió aprovecharlo. Además, el trabajo colaborativo con sus compañeros le ha permitido aprender de sus talentos e incluirlos en su propia formación.
Su premio es una beca completa de estudios en la Universidad de Columbia, pero también incluye 100 000 dólares para la renovación del laboratorio de ciencias del colegio y 50 000 dólares para el maestro mentor.
De todas maneras, Jacqueline Ponce asegura que las mejores recompensas para el Johannes Kepler son la satisfacción de haber apoyado a ella y todos sus estudiantes para que se labren un futuro brillante y también saber que fue acertada esa apuesta de 1991 por una educación enfocada en el humanismo y la empatía.

