Una chica rara

Era, y todos lo sabían, una chica “rara”: andaba siempre con un libro en la mano, no le gustaban los bailes ni las conversaciones frívolas, tenía pocos amigos, huía de la música fuerte y, para colmo, había estudiado matemáticas durante seis años intensos, con calificaciones máximas, pero no tenía las licenciaturas debidas porque en aquellos tiempos —mediados de los años treinta del siglo XX— la Universidad de Cambridge no otorgaba títulos a las mujeres.

Sin embargo, uno de sus profesores, maravillado por sus capacidades matemáticas, la llevó a trabajar en Bletchley Park, donde una legión de mentes luminosas se amanecía día tras día tratando de cumplir una misión secreta de la que, según les habían dicho, podía depender el resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Joan Clarke.
Joan Clarke.

Y es que la Gran Bretaña y sus aliados estaban perdiendo la guerra. Desde que empezó, en septiembre de 1939, las divisiones nazis habían lanzado una serie vertiginosa de ataques relámpago, sus temibles “blitzkrieg”, con los que se habían apoderado de media Europa, desde Francia hasta Noruega, mientras sus submarinos despedazaban el poderío naval británico hundiendo sin tregua los barcos mercantes y militares que durante tres siglos y medio habían llevado los símbolos imperiales hasta los confines de la Tierra. La capitulación era una posibilidad cada vez más cercana, a menos que…

A menos que los sabios de Bletchley Park, encabezados por otro ser “raro”, Alan Turing, lograran descifrar el código de las comunicaciones militares alemanas, de manera que, sabiendo los movimientos de los submarinos nazis, fuera posible eludir el cerco naval que estaba desabasteciendo de todo a los cuarenta y ocho millones de habitantes de las islas británicas.

Pero ese código, llamado ‘Enigma’, parecía irrompible. Era una máquina impenetrable, que cambiaba varias veces por día la sucesión numérica, en forma aleatoria, de manera que la cantidad posible de combinaciones era casi infinita. Era el encriptado más arcano jamás creado.

Cuando Joan Clarke (que así se llamaba la joven rara) llegó a Bletchley Park, en junio de 1940, el trabajo allí era frenético, secretísimo y… masculino. Sí, todos los matemáticos, calculistas, ingenieros, criptógrafos y hasta ajedrecistas, jugadores de bridge y diseñadores de crucigramas eran hombres. Había un pequeño grupo de mujeres, “The Girls”, “Las Chicas”, dedicadas a labores de oficina: manejar la correspondencia, transcribir cartas, traducir algún manual y, por supuesto, mantener la cafetera llena y caliente. Nada más. Pero Joan era una persona superior, y Turing pronto se fijó en ella.

Quiso llevarla a su equipo, el ‘Hut-8’, el más avanzado y especializado en las tareas de descifrado de códigos, donde sus capacidades de matemática serían utilísimas para romper el ‘Enigma’. Pero en la estructura burocrática británica no había la figura de “criptóloga”. Y Turing tuvo que nombrarla “lingüista”.

Joan se convirtió en su mano derecha, su asesora directa, su amiga y su confidente. Juntos descifraron el código militar alemán, con lo que los británicos recuperaron el control del mar, lo que terminaría siendo fundamental para que los aliados ganaran la guerra. Pero a la hora de la victoria pocos se acordaron de Alan Turing y casi nadie de Joan Clarke.

Con Turing pudieron más los prejuicios que la admiración: era homosexual, en una época en que serlo era un delito, por lo que el científico de genio enorme y vida trágica terminó suicidándose con un mordisco a una manzana que había impregnado con cianuro. (Con los años, esa manzana mordida se convertiría, en su honor, en el símbolo de Apple, la mayor firma informática del mundo.)

Clarke siguió trabajando de “lingüista” en Bletchley Park, donde, gracias a su genio matemático, finalmente fue nombrada directora del ‘Hut-8’ y, después, miembro del Imperio Británico. Con el tiempo, el nombre de Alan Turing fue rescatado del pasado y honrado. El de Joan Clarke cayó en el olvido.

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