Japiverdei tu mi
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Japiverdei tu mi

japiverdei tu yu

Por Ana Cristina Franco

 Nunca me gustó cumplir años. El ritual del “queique”, el anillo barato en la vela que no escucha los deseos, el tétrico coro de amigos y familiares que reza “Japiverdei tuyu”. Nada de eso me pone japi.

Días antes de cumplir los 27, me fui a Cuenca para huir de un trabajo aburrido, de un novio aburrido y de una ciudad aburrida. O sea para huir de mí misma. Aproveché la invitación a un festival de cine para refugiarme en un paréntesis con todo pagado: hotel aniñado, agua caliente, desayuno servido. Cuando el festival terminara, me quedaría un día más con un amigo a olvidar un poco el estrés de la vida ordinaria y celebrar mi onomástico.

Me disponía a asistir al primer encuentro sobre “conflictos del cine ecuatoriano”, o algo parecido, cuando sonó mi celular. Era mi jefa. “Nena, necesitamos que nos entregues tres guiones para mañana”. Respiré y decidí responderle con la clásica frase de Baterville: preferiría no hacerlo. “En ese caso, no podremos seguir trabajando contigo. Espero que te vaya bien, tú eres una pelada súper pilas, súper chévere, y estoy segura de que no tendrás problema en conseguir algo”. Cerré el teléfono y encendí un cigarrillo: Yo me había ido para dejar un rato el trabajo, ¡no para que el trabajo me deje a mí!

A las orillas del Tomebamba, concluí que debía cambiar mi vida por completo. Empezaría por terminar con aquel chico. “No estoy preparada para tener una relación”, “No nos mintamos más”, o el clásico y cliché pero infalible: “No eres tú, soy yo”. Marqué el número decidida, el teléfono sonó una y otra vez pero nadie contestó. ¿Estaba con otra?, ¿me había leído la mente?, ¿estaba difunto? Después de tres días de absoluto silencio, el cobarde al fin habló, por supuesto, desde la ventana de chat que emitía la sucia pantalla de un cibergamín. “No estoy preparado para tener una relasion”, escribió el analfabeto. Su falta de ortografía me dolió más que sus palabras, pero igual. ¡Esa era mi excusa! ¡Y la más barata! Yo me había ido para dejarle a él, ¡no para que él me deje a mí!

El festival terminó el día de mi cumpleaños. El amigo con el que me quedaría me dijo que debía volver urgentemente a Quito y como yo ya no tenía ganas de quedarme más tiempo en la ciudad de los cuatro ríos, cogí mis maletas y me dispuse a volver con él. Debía aceptarlo: mis “vacaciones” no habían funcionado y lo mejor que podía hacer era regresar con todos. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto me dijeron que era imposible cambiar mi pasaje: debía esperar un día más en Cuenca, sola. Había perdido el trabajo, el novio y el vuelo (en sentido literal y figurado).

¿Debía suicidarme? Quizá el destino confabulaba para que fuera yo misma quien me diera muerte como rockstar, a los 27 años. Pero así como iban las cosas, si me disparaba seguro reencarnaría en forma de ácaro. Como no tenía ganas de hurgar madera y comer ropa sucia, caminé por la ciudad buscando un bar donde sentarme y decirle al mesero, con la voz ronca y decidida de un vaquero: “Un whisky doble, por favor”. Celebraría mi cumpleaños y mi derrota en soledad, pero con dignidad, con el sabor que solo el whisky sabe dar al fracaso.

Cuando llegué al bar me dijeron que solo tenían mojito. ¡Mojito! Con el respeto que Hemingway se merece, ese es un coctel gay que no está hecho para tomarse en soledad. “Japiverdei tu mi”, pensé durante el primer sorbo. Y mientras sentía resbalar el trago por mi garganta, cerré los ojos, respiré con fuerza y pedí un deseo. En alguna parte, Dios se reía a carcajadas…

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