Jaime Marchán y la crisis permanente
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Jaime Marchán y la crisis permanente

Embajador Jaime Marchan en su casa. Quito, Ecuador. 20/06/2012

Por Francisco Febres Cordero

Jaime Marchán acaba de terminar una novela, que será la quinta que publica: Volcán de niebla. Pero la mañana en que nos reunimos en su departamento en Quito, el horizonte luce impoluto, el cielo de un azul-celeste que marca el verano en su esplendor. No hay signos de erupción. Tampoco una brizna de niebla.

¿Quieres un café?, me pregunta. Y él me lo sirve de acuerdo con todas las reglas de la etiqueta. Y es que Jaime no puede abandonar sus buenas maneras de diplomático. Es medido en sus gestos y escoge las palabras de forma tan cuidadosa como su vestuario; tal parecería que jamás comete un exceso. Sus dedos juegan con una pipa, que enciende lenta, ritualmente, y a la que, de cuando en cuando, da caladas hondas. No tiene una: tiene 50. Aunque no usa bastón, tiene de ellos también una colección preciosa, en la que hay de todas las maderas y de las más diversas tallas.

De pronto, aparece un perro grande y educadísimo, de negra piel lustrosa, que me olisquea diplomáticamente. Jaime me dice que no es un perro sino Brea, una perra labrador de origen suizo. Y es que Suiza fue el último destino diplomático que tuvo Jaime como embajador, antes de renunciar al servicio exterior. Durante los 45 años de su carrera (fue, a sus 39 años, uno de los embajadores más jóvenes del servicio exterior), pasó por Madrid, Londres, Washington, Belgrado, Roma, Viena y Santiago.

El título Volcán de niebla me ronda en la cabeza. Y le pregunto cómo ha sido su relación con la literatura.

—Mi relación con la escritura no es fácil —dice—. Es conflictiva por varias razones. Primero porque el proceso de creación, en mi caso, es bastante elíptico, no sé cuándo empieza ni cómo va a terminar. Es conflictiva también porque el escritor lo que hace es enfrentarse cotidianamente con una realidad aplastante, a veces cruel, miserable. Y, de pronto, se autoarroga la facultad de rescatar, de apersonarse de esa realidad y contarla. Al contarla, de alguna manera la humaniza y exorciza, haciendo de la ficción la mejor realidad posible. El segundo plano del conflicto es la labor misma de la escritura. Soy un escritor minucioso, disciplinado, escribo todos los días.

¿Con horario?

—Con horario fijo. Trato de escribir tres páginas diarias, de lunes a lunes. Parece poco, pero es un proceso difícil, artesanal, de construir palabra por palabra. A eso sigue la ardua labor de revisión.

¿Crees en la inspiración?

—Sé que existe, que deambula por ahí, pero a mí no me ha visitado nunca. Yo sitúo el proceso creativo en un plano irracional, es decir, no lógico, misterioso, subterráneo. Sale de mis entrañas muchas veces a través de una pesadilla, viendo un paisaje o una mancha en el asfalto, y de ahí tomo notas. A lo largo del proceso a menudo doloroso voy poniendo el marco de lo que va a ser luego un mosaico, los diferentes pedazos que voy construyendo. Mi escritura, por eso, es una suma de diferentes planos, de yuxtaposiciones, de texturas, que hace que al final se pueda prestar a diversas lecturas.

Con todo eso, ¿cuánto te demoras en escribir una novela?

—Un promedio de cinco años. Una vez cometí un pecado de arrogancia y pensé, en la mitad de la escritura de una novela, escribir un libro de relatos para relajarme. Pero ese libro, Dacáveres, el más breve de los que he escrito, me tomó también cinco años, en un reto tanto o más arriesgado que el de las novelas.

Retirado ahora como diplomático, ¿estás en una situación idílica como escritor?

—Sí, porque no tengo que sumar a la absorbente tarea de escribir las tensiones propias del oficio diplomático que, contrariamente a lo que se cree, no son pocas. Si bien debo mucho a la diplomacia, nunca reconocí que esa era mi verdadera vocación. Simplemente fue una oportunidad muy honrosa de servir al país.

¿Cuál es entonces tu verdadera vocación?

—La primera, la duradera, la que llevo en mi ADN, ha sido la escritura, desde que tengo uso de razón.

¿Cómo nació?

—Cuando empecé a leer cómics. A los siete años salía del Pensionado Borja Nº 2, donde estudié, y me escapaba al parque de El Ejido, donde había un sitio de alquiler de revistas. Leía todo, La pequeña Lulú, Batman, Súperman, Tarzán, y esas aventuras exacerbaron mi imaginación.

Ya que estamos en tu infancia, ¿cómo era la situación en tu casa?

—Mi padre era de ascendencia cuencana pero al separarse de mi madre, cuando yo tenía siete años, se fue a vivir a México y nunca más en mi vida lo volví a ver. Éramos cinco hermanos con un padre inexistente. Mi abuela materna era también de ascendencia cuencana, tía de Miguel Sánchez Astudillo, otro escritor de mi tribu. El resto de mi familia era de ascendencia zarumeña, gente dedicada al cultivo del banano, del café. Recibí una educación esmerada, porque tuve la suerte de que un tío mío fuera un eximio educador: monseñor Miguel Enrique Romero González, el fundador de la Academia Militar Ecuador. Él asumió mi educación, igual que la de mis cuatro hermanos.

¿Buenos recuerdo de la escuela?

—No. Llevaba el estigma de ser hijo de padres divorciados. Eso me marginó, me hizo un niño reconcentrado. Me sentía castigado socialmente. Estamos hablando de un Quito de 1953, lleno de esa clase de prejuicios.

¿En secundaria pasaste a la Academia Militar Ecuador?

—No tuve otra opción. Nunca me gustó, porque era un colegio de élite machista, que daba preeminencia a los elementos físicos de la educación, mientras yo apostaba a leer y escribir, actividades que en ese ámbito eran consideradas una mariconada. Para leer tenía que treparme a un árbol durante los recreos.

¿Qué libros leías?

—Al asumir mi tío mi educación, me puso en condición de interno, privilegiado, es cierto, porque vivía en una habitación contigua a la de él. Y esa habitación estaba entre la de mi tío y una amplia biblioteca. Entonces, a mis 15 años empecé a leer a los clásicos y a Sartre, Camus, Bernanos, Teilhard de Chardin y Kafka (sobre quien hice la tesis de bachillerato).

¿Te fue útil una formación militar tan rígida?

—Sí, porque me imprimió carácter y eso me ha dado fortaleza para superar los momentos duros que todos tenemos.

¿Mucho deporte?

—Fruto de mi experiencia en la academia fue aborrecer los deportes de grupo, inclusive al fútbol, porque en las horas de recreo nos obligaban a patear una pelota y yo prefería coger un libro. Practiqué las barras fijas, la gimnasia, porque eran deportes solitarios.

¿Y los trompones?

—Eso era algo permanente, un modus vivendi. La disciplina la ejercían desde los cadetes hasta los brigadieres. ¡Imagínate el poder de disciplina ejercido por adolescentes! Entonces, los puñetes eran algo de todos los días. La cosa más dramática ocurrió cuando el teniente Pazmiño, famoso por su coraje y también por su crueldad, me subió al ring para que me enfrentara a golpes con mi hermano menor. Esa fue la experiencia más traumática de mi vida. Uno de los dos tenía que sangrar, azuzado por los compañeros. Yo me dejé vencer.

¿Qué hiciste luego de graduarte kafkianamente?

—Fui a estudiar Filosofía en Saint John Vianney Seminary, en Nueva York, durante un año. Cuando en las vacaciones vine a Quito, me quedé porque me enamoré y me casé.

¿Qué edad tenías?

—19 años y medio. Ahí terminó mi dedicación a la filosofía y tuve que buscar trabajo.

¿Con quién te casaste?

—Con Socorro Gavilanes, una linda, vibrante y extraordinaria amiga que vivía al frente de mi casa, en La Mariscal. Fue el primer amor de mi vida.

¿Dónde comenzaste a trabajar?

—En la Cancillería, como auxiliar de biblioteca. Luego me presenté a un concurso público, que gané, y paralelamente entré a estudiar Derecho en la Católica, hasta que me licencié y fui como diplomático a Madrid, en mi primera misión, en 1971. Después estudié Derecho Internacional del Espacio, en Washington, y sobre ese tema escribí mi primer libro.

¿También lo escribiste en cinco años?

—En seis. Se publicó en Quito y Madrid. Y ahora es un libro de consulta en varias universidades.

¿Cuándo nació tu primera novela?

—Inmediatamente después comencé La otra vestidura. La escribí cuando estuve de embajador en la ex Yugoslavia y ganó un premio internacional de literatura.

¿Para entonces ya habían venido los hijos?

—Sí. Tengo cinco maravillosos hijos, cuatro de mi primer matrimonio, y con mi esposa Rocío, a mi pequeña Sofía de diez años. La llamo mi última luz, porque con su alegría ha encendido un nuevo y luminoso faro en mi vida.

¿Tu carrera diplomática te permitía escribir?

—Creo que la diplomacia es, de muchas maneras, una carrera compatible con la escritura. De eso hay muchos ejemplos. La diplomacia te abre a nuevos mundos, a nuevas culturas; tus libros, tus relatos se nutren de realidades diversas. Mi segunda novela, Destino Estambul, traducida al idioma otomano, arranca de Turquía; Itinerario de trenes, de Milán y Ginebra. A su vez, desde el exterior aprendes a comprender, a ver y a amar mejor a tu país, con la distancia que te da el amable exilio.

¿Dónde se sitúa Volcán de niebla?

—En el Ecuador. Es, de mis novelas, la primera rotundamente ecuatoriana, en ese sentido.

¿Cómo nació?

—Por una coincidencia afortunada. Siempre soñé con tener un lugar apartado de la ciudad donde retirarme a escribir. Y así dimos con Nieblí, una población mágica que está en el fondo del volcán Pululahua, a 1 800 metros sobre el nivel del mar y en la mitad del mundo. Ahí, con Rocío nos atrevimos a construir una cabaña en medio de un paisaje rodeado de bromelias, embadurnado de niebla en que se siente una corriente subterránea de fuego, que le da al ambiente una atracción telúrica, planetaria. La cabaña está al borde del abismo, un sitio estupendo para escribir porque como escritor siempre estoy al borde del abismo.

¿Caes?

—Todo escritor, como cualquier artista, es necesariamente un ser fracasado porque busca alcanzar la belleza, la perfección estética y nunca lo consigue. Lo más que logra ver son unas sombras de ella. Esa lucha tenaz por aproximarse al ideal estético es motivo de conflicto y a veces la fuerza de ese conflicto es tan potente que llegas a sentir que has fracasado, que has vuelto a caer.

Pero eso, a su vez, ¿no te crea un nuevo reto para seguir escribiendo?

—Te levantas, pero cuando has empezado un texto nuevo y crees saber por dónde va a ir, este a veces te abandona. Pueden pasar días, semanas en que te quedas en esa seca literaria. De pronto, si tienes fortuna y eres perseverante, de las líneas titubeantes, surge un personaje que cobra la suficiente fuerza, toma las riendas de la narración y te lleva hasta el final. Por eso mis novelas, más que de texto, son de personajes.

Así como en la literatura, ¿en la diplomacia también has tenido frustraciones, desencuentros, dolores?

—Algunos, sobre todo en la última parte de mi carrera. Allí me tuve que enfrentar, una vez más, a una cuestión de principios. Por convicción, soy hombre de principios. Y creo que en el régimen actual se produjo una subversión de los valores de la política exterior del Estado y de los principios institucionales de la carrera diplomática. Pienso que mediante una serie de reformas se ha pretendido transformar la diplomacia, que es una carrera al servicio del Estado, en una carrera al servicio del Gobierno. Esta es una quiebra lamentable de un principio institucional, puesto que toda diplomacia profesional sirve, está obligada a servir en dos andariveles simultáneamente: el uno es apoyar y asesorar al Gobierno de turno de cualquier color político que sea, y el otro es promocionar y sustentarse en los principios e intereses permanentes del Ecuador. No se puede subvertir esos valores. En 2008, poco antes de tener que renunciar a la carrera, era director de la Academia Diplomática, centro de formación y capacitación de la diplomacia profesional del Estado con más de 22 años de experiencia. El Gobierno la suprimió y se pretendió pasarme a funciones de menor jerarquía. Como exvicecanciller y presidente del Consejo de Embajadores no podía aceptarlo, sin quebrantar los principios de la carrera. Se sumó a ello el retiro de la comisión de servicios para que continuara desempeñando las honrosas funciones de presidente del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas. Entonces me tocó vivir una situación kafkiana. Tuve que ir a ver a la subsecretaria administrativa nombrada por el régimen, que no era de carrera, y ella pidió que me identificara. Miró una hoja de papel en que había una lista y me dijo sí, aquí aparece usted con siete años como embajador. Yo le dije: “Perdone, tengo 24 años como embajador, 45 en la carrera y he sido vicecanciller en tres Gobiernos diferentes”. Ella con amable ingenuidad me respondió: “Es que los expedientes o han desaparecido o se han confundido”. Entonces yo, que hice mi tesis sobre Kafka, me sentí un personaje de sus novelas, estaba ante el absurdo absoluto. Sentí que 45 años de mi vida, por lo menos en papeles, habían dejado de existir. Por todo lo anterior, decidí presentar mi renuncia irrevocable. Preferí ser consecuente con mis principios que aferrarme a un cargo. Fue doloroso. No pensé que mi carrera iba a terminar de esa manera.

Entre tus actuaciones como diplomático, ¿la que ejercitaste durante el proceso de paz con Perú tuvo una especial significación?

—Yo diría que sí, por el peso específico que tuvo ese proceso. Yo estaba, después de haber sido vicecanciller del presidente Durán Ballén, como embajador en Austria. Entonces José Ayala Lasso asumió la Cancillería y me hizo la honrosa propuesta de que me trasladara a Chile para asumir la jefatura de la misión diplomática. Allí me tocó intervenir directamente en el proceso. Esa fue una experiencia muy importante en mi carrera porque, entre otras cosas, el proceso terminó satisfactoriamente, ya que una solución de ese tipo nunca es óptima: es satisfactoria para las partes, lo que significa que hubo que hacer recíprocas concesiones.

A propósito de paz, ¿hubo paz luego de la guerra en tu primer matrimonio?

—El amor, junto con la literatura, han sido para mí temas conflictivos. Ahora reposo de una batalla dura, de una búsqueda dolorosa. Siempre, y es un tema recurrente en mis novelas, yo considero al amor como una búsqueda. Una vez que esa búsqueda se da, se produce una maravillosa relación entre dos seres que quieren construir un proyecto de vida. Pero aun en medio de una situación idílica, pienso que la relación de pareja es una relación de equilibrio entre dos acróbatas que caminan por una cuerda floja y sin red abajo. Esa sensación de peligro mutuo puede llevarles a caer o aferrarles a seguir adelante. Pero siempre se trata, creo, de una aventura frágil, peligrosa. Estando en Italia, conocí a Rocío Barahona, diplomática costarricense, divorciada. Fue un amor a primera vista, un fogonazo perdurable. Compartimos muchos sentimientos, emociones y proyectos intelectuales. Así seguimos en un equilibrio de amor en la cuerda floja. Queremos creer que vamos a llegar juntos al final y que esta vez hay una red abajo, por si acaso.

¿Ahora perteneces a un organismo internacional en pro de los derechos humanos?

—Sí, soy uno de los 18 expertos independientes elegidos por el Ecosoc para conformar el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, del cual fui presidente y, al mismo tiempo, relator del derecho a la cultura. Los expertos de este órgano hacemos juramento público y solemne de ejercer nuestras funciones con absoluta independencia e imparcialidad.

La vida diplomática te ha acercado al refinamiento. ¿Te sientes una momia coctelera?

—Este es un país de encasillamientos fáciles, de prejuicios de todo tipo. Pienso que semejante descalificación y generalización de tildar a los diplomáticos de carrera de momias cocteleras, proveniente de la más alta voz del Estado, no puede sino perjudicar interna e internacionalmente a todo el servicio exterior ecuatoriano. Personalmente, nunca me sentí aludido por dicha ocurrencia. Quizás el único rasgo que yo puedo tener de momia es el de ser incorruptible. Ahora, en cuanto a los gustos que cultivo y que son la buena música, los buenos libros, la gastronomía, son más bien derivaciones de mi relación personal con la cultura y con el sentimiento y la representación del mundo. Cuando salgo a un país hago tres cosas casi simultáneamente: visito el cementerio del lugar, el mercado popular y el templo o la catedral. Esas tres coordenadas te marcan rápidamente los referentes culturales del lugar. Luego vienen los museos, pero los museos están llenos de objetos inanimados. Yo digo que la cultura gastronómica es tanto más refinada cuanto más conectada está con la cultura viva de un país. Y literariamente, enriqueces tu obra y la haces más creíble si, como narrador de la historia, haces que los personajes degusten los platos del lugar.

¿Siempre tuviste vocación por el viaje?

—Yo diría que tengo dos hobbies: viajar y ver cine. Ambos son formas de imaginar y de sentir el latido diverso del mundo. Leer, en cambio, es parte de mi trabajo, y escribir me libera de mis fantasmas.

¿Acumulas objetos?

—Los objetos me sirven como referentes nemotécnicos de mis viajes. Igual que los libros, que para mí son referentes y memoria de mis lecturas. Son parte de mi egoteca, de mi búsqueda permanente de la experiencia y sentido del mundo. Un cuadro, una fotografía, una cajita con picadura de tabaco, un reloj de mesa, un bastón me remiten a lugares, a situaciones, a épocas de mi vida.

Tu segundo hobby, el cine…

—Tengo una gran capacidad de ver cine: he llegado a ver hasta cinco películas seguidas. Esa vocación nació en mi juventud, yendo al cine del barrio, que en mi caso era La Mariscal. Mi mamá que, debido al abandono de mi padre, tenía escasos recursos económicos y cinco bocas que alimentar, nos daba a cada uno un sucre por semana. Con ese sucre alquilaba revistas y el resto lo guardaba para, cada 15 días, ir al cine de función continua. Ver la misma película una y otra vez, ¿sabes? Una maravilla. Veo las películas como obras literarias puestas en imagen. Algunos de mis lectores me han dicho que la lectura de mis novelas les resulta fácil porque son cinematográficas. He asumido la escritura cinética como un método. Cuando escribo estoy consciente de la proyección de las imágenes. Busco que las palabras conlleven y proyecten una imagen.

Habiendo tenido una formación católica y la tutoría de tu tío monseñor, ¿eres religioso?

—No soy religioso, soy creyente. Procuro tener con Dios una relación personal directa. Es una relación sin conflictos, ni litúrgicos ni teologales. Es una relación humilde que se plantea sobre la base de reconocer a Dios como el ser supremo. Y eso me basta. Quizás la única religión que profeso con fervor es la de considerarme un hombre libre, nunca me ha gustado ser parte de un gremio. Pero hay honrosas excepciones. Hace poco acepté la designación como miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y cuando voy allá acudo como a un templo, a pedir perdón por mis incorrecciones gramaticales, por mis pecados de palabra. Pero los pecados de obra, que son mucho más graves, los arreglo directamente con Dios. Dios es libertad y nos hizo libres. Por eso es que a mí no me agrada en absoluto que se esté hablando en este país de una ley de comunicación, que se hable de restricciones a la libertad de expresión. La libertad de expresión es un derecho humano en sí mismo y como tal no admite restricciones. Los derechos humanos no son material maleable que se pueda acortar o alargar. Al ser derecho humano, su plena realización implica la necesidad de regular que los actores estatales no interfieran en el libre ejercicio de la libertad de expresión, y no al revés. Los derechos humanos son de las personas y las obligaciones son del Estado. Así de simple y de complejo.

¿Tu sensibilidad te ha llevado a frustraciones, a caídas hondas?

—Vivo en crisis permanente, pero eso lejos de amedrentarme me estimula. Vivo en un cuestionamiento diario ya con la escritura, ya como ser humano frente al destino, al amor y a la muerte, ya frente al drama del creador y su obra. Todo eso genera emociones encontradas, tensiones existenciales y muchas veces te abren surcos profundos. Ese proceso te hace pasar por claroscuros durante toda tu vida. Ahora, como escritor, te enriqueces con todo eso, no cabe duda.

¿Y cuál es tu actitud frente a la muerte?

—Entre mis lecturas preferidas están los ensayos de Montaigne y hay una frase suya que me impactó: “No tengo miedo a la muerte, sino a morir”. No me preocupa lo que hay después de la vida porque creo en un ser supremo, pero me atemoriza terminar mi vida, porque eso implica dejar muchas cosas sin hacer.

¿Y tu relación con la vejez?

—El tiempo avanza y cada día estás más consciente de lo que te falta por vivir. En lo personal, quisiera dar a los seres que amo, especialmente a Sofía, la más pequeña, todo el tiempo de mi vida. Después, tengo tres o cuatro novelas en la cabeza que quisiera escribir y, a pesar de que leo uno o dos libros por semana, hay también una cantidad inmensa de obras que quisiera poder leer o releer. Eso hace que trate de cuidarme y de moderar ciertos gustos, como fumar o explorar la buena mesa, lo crudo y lo cocido, como diría Claude Lévi-Strauss.

¿Con tu formación, nunca te ha tentado la política?

—Sí, últimamente sí. No cuando era diplomático de carrera, donde no puedes, no debes hacer partidismo. Ahora he visto la necesidad de expresarme, de contribuir, de participar en el proceso de construcción democrática. Yo me considero un hombre con valores democráticos de izquierda, creo en el Estado laico, en la justicia social, en la erradicación de la pobreza, en los derechos humanos. Pienso que mi conocimiento de las relaciones internacionales, mi larga experiencia en derechos humanos y la escritura me han proporcionado herramientas que me permitirían dar ciertos aportes, sin necesariamente participar en el activismo político. No sacrificaría la literatura para dedicarme a la política, ni tampoco metería la política en la literatura, pero sí creo que, como escritor, tengo una responsabilidad intelectual y un compromiso con la política y, sobre todo, con la defensa de las libertades en una sociedad democrática.

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