Jaime Bayly todavía es Jaime Bayly
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Jaime Bayly todavía es Jaime Bayly

Diners 464 – Enero 2021.

Por: Iván Ulchur-Rota.

Las polémicas alrededor del escritor y presentador de televisión peruano han eclipsado su obra literaria. Sin embargo, su imagen televisiva también es trabajo de ficción. Y es una obra de arte, como se han llegado a considerar varias de sus novelas.

“Todavía soy Jaime Bayly”, repite con frecuencia el escritor y presentador de televisión al saludar en su programa nocturno. Suspira, espera sentado en su escritorio contra un iluminado skyline de Miami. Presenta y analiza las noticias del día. Con terno azul oscuro (salvo contadísimas excepciones), corbata punteada y el cabello cubriendo su frente a lo Beatle, hace un resumen corto y entre paréntesis (su estilo está plagado de paréntesis) menciona a su devota madre, a quien ama. Luego confiesa sus propias simpatías: “Yo soy de la derecha pistolera”.

Bayly ha engordado, ya no es el galán bisexual que se besaba con hombres en televisión abierta y que orbitaba a las celebridades latinas en Miami. Su vida ha cambiado, a diferencia de la estética de su programa, que ya es un referente en América Latina. ¿De qué? Eso depende de dónde o cómo se lo vea. Porque Jaime Bayly, quien escribe casi siempre sobre sí mismo, se ha convertido en un villano literario, un villano encantador.

En el Ecuador, Bayly no había hecho mucho ruido hacía algún tiempo. Pero en septiembre del año pasado, a pocos meses de empezar la temporada electoral, volvió a la televisión nacional. Por supuesto, generó la polémica a la que está acostumbrado. Bayly suele jugar con su propia vileza: en su programa de entrevistas se describe lo mismo como “a la derecha de la derecha” o como “un escritor mediocre”. Lo dice siempre con parsimonia y una arrogante resignación: “Me siento un escritor menor, chapucero. Cuando releo mis primeras novelas, me quedo espantado”, dijo en una entrevista.

Tiene ganas de joder. Bayly es un autor sindicado cuyos textos aparecen en diarios de América Latina y España. Se desdobla y disfraza: rara vez trata en sus columnas los mismos temas de su programa. Al hablar no deja la política; al escribir rara vez la toca. Sus textos recrean pequeñas postales de su vida, cuentos confesionales que no terminan de pisar la ficción o la realidad porque, para él, esa distinción es irrelevante. Muchas de esas columnas están compiladas en su ¿novela? La escritora maldita y el niño terrible, aunque para un diario ficticio (Siglo XXI en lugar de Perú21) y con un nombre ficticio (Jaime Baylys en lugar de Jaime Bayly). Esos ligeros ajustes a la realidad le brindan licencia para decir lo que quiera y explotar su vida entera sin reparos: ha mostrado las intimidades de los amantes de sus protagonistas y las miserias de sus familiares: secuestra a los suyos con eso que ahora llamamos autoficción.

En el libro Morirás mañana, su alter ego, el escritor Javier Garcés, “un escritor mediocre, menor, como yo” sale a matar y torturar a sus enemigos tras enterarse de que su propia muerte es inminente. Cada paso, plan, posibilidad de venganza mueven tanto a Garcés como a su creador. “Estoy agazapado detrás de Garcés”, dice Bayly, a quien en 2010 también le dieron un fatídico diagnóstico: o recibía un trasplante de hígado o moría dos años después. Según Bayly, el cirujano que lo operó —al que describió como un mexicano “barato”, ilegal y sin certificación— se puso nervioso y le cortó otros órganos. No quedaba otra que un trasplante, al que el escritor se negó, prefiriendo despedirse “gloriosamente” con una novela comprometida con la venganza.

Estas podrían ser mentiras y exageraciones. No importa: son capas sobre capas de relatos que seducen. No es solo él quien renuncia a la distinción entre realidad y ficción, sino quienes se dejan obnubilar por sus palabras. Su narrativa convierte a los lectores en alcahuetes de sus caprichos, a pesar de que con frecuencia son despiadados, egoístas y desagradables: “La novela me ha permitido cultivar el rencor, recordar a todos mis enemigos”, explica jocosamente, ya que lo que más le dolía de la muerte era que le llegara a él antes que a un montón de cabrones. Con una salud frágil, el rencor ha sido su aliento y mayor talento.

Las provocaciones del personaje han logrado su cometido. Su literatura colecciona tantos enemigos como su opinión política. En 2018, durante el lanzamiento de Morirás mañana en Chile, unos activistas interrumpieron el evento para gritarle que los jóvenes del Perú lo repudiaban. Bayly parecía deleitarse con la interrupción. Los escuchó igual de sosegado, tranquilo e impávido que durante sus monólogos. “Eso es cierto, pero inexacto”, responde sonriendo satisfecho. “La juventud chilena me repudia mucho más”. Se escuchan risas. Él sonríe, pausa, toma agua. Tiene a su audiencia en la palma de la mano. “Y a mí me parece que es lo correcto, porque la juventud ahora es muy lista”. Los gritos de sus detractores han sido silenciados por la bendición de Bayly. Su sarcasmo les quita el piso. Se ha confesado drogadicto, mimado, reaccionario y pervertido: ser dañado es lo que mejor sabe hacer. Así ha sido Jaime Bayly. Así todavía es Jaime Bayly.

El momento desata más confesiones. Igual de tranquilo reconoce que suelen criticarlo por el apoyo que en 2016 le brindó a Keiko Fujimori, hija del expresidente-dictador Alberto Fujimori, en las elecciones presidenciales de Perú. “No sé por qué lo hice”, admite. Es un comentario extraño para alguien que se dedica a analizar la política, pero consistente con su filosofía del capricho. En 2010 anunció en su programa de televisión El Francotirador que pensaba lanzarse como candidato presidencial. También lo hacía medio en serio, medio en broma: se acercó en serio a los partidos Cambio Radical y Partido Popular Cristiano y en su improvisado plan de gobierno prometió eliminar las Fuerzas Armadas y los beneficios económicos de la Iglesia católica, así como legalizar el consumo de marihuana. Su broma fue alimentar las extravagancias que en América Latina lo hacían poco presidenciable y pavonear como siempre sus hábitos más decadentes: “Yo me despierto a las tres de la tarde y como presidente eso no cambiará”. Su posible postulación parecía otro juego literario.

Bayly escribe con el mismo encanto con el que habla y con el mismo distanciamiento irónico. A pesar de las confidencias, no es autoflagelante. Nunca agacha la cabeza. El escritor no solo parece enorgullecerse de ser el malo de la película, sino también de ser el payaso o “el canalla sentimental”, como se llama otro de sus libros. Su obra entera declara una y otra vez: ustedes me repudian y yo también. 

El cuidado que da a las palabras es quirúrgico. Le importan las formas hasta para insultar: “Delcy la fea”, le dice a la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, “un globo de gases innobles, una mancha que afea la especie humana, una rebaja, un paso atrás”. Su odio parece una cata de vinos, una curaduría de arte. Se desahoga ante la cámara y a solas; debido a la pandemia ya no tiene las conversaciones con sus entrevistados por las que se consagró como entrevistador y también como narrador.

Bayly es un detallista prolijo del diálogo. La novela que lo catapultó a la fama, No se lo digas a nadie —apadrinada por el Nobel Vargas Llosa y de la que se han impreso más de veinte ediciones en Hispanoamérica— está construida casi enteramente de diálogos que luego fueron prácticamente transcritos para el cine.

Jaime Bayly reconoce que No se lo digas a nadie cayó como una bomba en Lima. Entrenadores de fútbol, políticos y compañeros de colegio del autor se han visto reflejados en la obra. Él, como queriendo salvarse de la quema, señala la frase que se ha incluido en los créditos: “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.
Fuente: www.elpaís.com

Diálogos e infidencias. Desde que empezó a escribir, Bayly le ha dado más prioridad y valor a sus relatos que a la privacidad de los suyos y los demás. En la novela también están su padre (al que describe en papel y en pantalla como un hombre macho, racista y conservador), su amada y devota madre, y Joaquín Camino —el protagonista—, quien experimenta con la bisexualidad y las drogas a pesar de las presiones del papá, quien quiere enseñarle a cazar animales. Su madre, mientras tanto, prefiere ignorar la sexualidad de su hijo y rezar por él, a pesar de haber sido su confesora a los trece años. “Ella quería que yo fuera cura y yo le tenía que contar que me había masturbado. Para ella eso era desolador”. La infidencia es indiscriminada: la novela revela los secretos de sus amantes, algunos hombres y figuras públicas que lo buscaban para tener relaciones sexuales. Es tan explícito que en momentos también parece un libro dedicado a la venganza, como Morirás mañana: las escapadas de Bayly, así como las miradas y acercamientos de otros hombres delatan la hipocresía de su entorno conservador y, sobre todo, manchan muchas reputaciones. “En este país puedes ser coquero, ladrón, mujeriego o lo que te dé la gana, pero no te puedes dar el lujo de ser maricón”, le dice uno de sus amantes a Joaquín. En otra escena, Joaquín conversa con un amigo sobre tener sexo con mujeres, mientras sugieren que se toquen entre ellos. No dejan de hablar de mujeres al hacerlo, para no admitir su atracción. “Yo no aguanto mariconadas”, dice otro amigo de Joaquín que, como muchos de sus personajes, es gay a escondidas. Como la diversidad sexual en América Latina, la novela revela un tira y afloja entre la culpa y el hedonismo.

Joaquín Camino es Javier Garcés, Julián Beltrán, Jaime Baylys, Jaimy Barclays y todas las columnas de Perú21. Sus alter egos apenas se distinguen entre sí, al igual que sus excesos, vicios y amores. Son todos canallas, con el instinto “de hacer sufrir al otro para que su propio sufrimiento sea tolerable”. Él sabe que hace daño. En un texto que salió después de Navidad, en enero 2016, Bayly confiesa incluso ser egoísta y miserable con su madre:

“Yo había tomado whisky y pastillas para dormir en el avión y más pastillas para echar la siesta en Lima, y por eso estaba un poco lento, soso, errático, y caminé zigzagueante y me acerqué al árbol navideño a contemplar el nacimiento de Jesús en el pesebre y de pronto tropecé con una hilera de latas de trigo que marcaban el camino de los Reyes y caí pesadamente como un saco de camotes, aplastando la delicada decoración navideña”.

La escena es dura. Bayly llega a la cena navideña organizada por ella para destruir sus símbolos y pelear con sus familiares. Sus primos le reclaman y él amenaza con burlarse de ellos en sus columnas, no necesita que sean otros quienes lo llamen sinvergüenza. En otra columna cuenta cómo defecó accidentalmente sobre un amante —también de alto perfil— en Lima. “Me la metió sin condón, empezó a darme duro, yo no la tenía dura y de pronto, no pude evitarlo, me cagué en él, dejé un mojón en su poronga y la cama. Él salió corriendo, espantado, dando grititos de quinceañera”. Además, sus descripciones sobre la madre de sus hijas le costaron su relación con ellas, que le dejaron de hablar. La indiscreción es su territorio nihilista, su escudo y arte. Cuando le preguntan sobre su actual esposa, la más que guapa y también escritora de autoficción Silvia Núñez del Arco, reconoce que su relación con ella —a quien conoció cuando la chica tenía dieciocho años— es como la del Humbert Humbert de Nabokov con Lolita.

El hombre que defiende las libertades personales por sobre todo las consiguió al autocondenarse. Bayly no cumple los requisitos del estereotípico intelectual latinoamericano. Ha asumido su lugar en la farándula, así como su calidad de autor de best sellers —un autor menor—. Y ese personaje lo ha librado de las poses que acartonan a tantos otros autores.

La literatura latinoamericana le debe más de lo que cree a las confesiones del niño terrible. Es una deuda incómoda: el peruano esboza políticas de extrema derecha y muchos de sus comentarios han sido abiertamente racistas y discriminatorios. En octubre del año pasado, por ejemplo, durante el Paro Nacional en el Ecuador, Bayly dijo que los indígenas debían volver a sus cuevas y que no entendía por qué peleaban por el precio de la gasolina cuando no la necesitaban. El video se propagó nuevamente con la noticia de que su programa se transmitiría por TC Televisión. Él hizo lo de siempre y ganó otra vez. Dijo en vivo: “Sé que cientos de ecuatorianos, en redes sociales, me han saludado con cariño. Para ellos, también, todo mi cariño”. Una raya más al tigre: en 2019 Bayly promovió el asesinato de Nicolás Maduro sin mayores consecuencias y desde que Trump está en el poder ruega por una intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Años antes también invitó a Rafael Correa a salir del clóset. Inmune a la verificación o diplomacia que demanda el periodismo, desde Miami hace lo que quiere. Sabe cómo ser mimado y terrible.

Las contradicciones de Bayly, sin embargo, desnudan la riqueza y la farándula en una región tan desigual como la nuestra: sus condenas, resignación y hedonismo. Es la literatura que no ve al mal desde afuera sino íntimamente. Ese es el peso de su obra, que incluye una novela ganadora del prestigioso Premio Herralde y otra finalista del cuantioso Premio Planeta. En otra columna, el peruano se dirige a sí mismo: “Como no sabes hacer otra cosa y no quieres trabajar, fatigas el hábito de contar unos secretos aviesamente revelados. Más que un escritor eres infidente, chismoso, felón”. En Bayly lo abyecto se ve al espejo. Y se gusta.

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