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Jaime Andrade en cuatro tiempos.

por Leisa Sánchez

Por Milagros Aguirre Andrade.

Fotografías: Daniel Andrade y archivo JAH.

Edición 460 – septiembre 2020.

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El escultor pule La Virgen y El Niño en 1958.

I

La infancia es un lugar feliz que habita en la memoria. En ese lugar feliz ocuparon siempre un lugar importante el tío Jaime (nació en Quito en 1913 y murió en 1990), hermano de mi abuelo, que, o estaba picando piedra o buscando piedras en su casa de Puembo. Y su mujer, la tía Elsa, hermana de mi abuela, a quien recuerdo regando un limonero y cuidando un rosal. En ese lugar feliz estamos nosotros y los primos, correteando por el jardín muy verde y bien cuidado.

Cuando nos cansábamos de corretear, subíamos al taller del tío abuelo de la barba blanca y frondosa. Él nos decía: “Vengan, cholitos”. Extendía papel en el suelo y nos daba una caja de crayones. Los adultos hacían tertulia de sábado tarde en la sala y se tomaban su traguito, mientras los niños nos apropiábamos del taller… dibujando, pintando, rayando, ensuciándonos. Había pintura, pinceles, papeles, latas, piedras, arcilla, canicas de todos los tamaños, crayones, móviles, esculturas y muchos colores, planchas de grabado, tintas.

En Puembo todo era arte, hasta la tina de baño hecha con piedra pómez que era una escultura alucinante, en un ambiente lleno de luz con una enredadera de hojas de uva en la pared. Llegaba la noche y se podían ver las estrellas. Hoy sé que esas estrellas fueron inspiración para las esculturas a las que llamó Estrellas náufragas y para sus Constelaciones, esculturas móviles de metal con canicas.

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Me gustaba ir al aeropuerto (hoy el Bicentenario) y pararme a mirar detenidamente el enorme mural que había hecho el tío Jaime y que era como un rompecabezas gigante, armado con diminutos pedazos de piedra. También me gustaba ver su mural del auditorio del municipio que era telón de fondo de los concursos intercolegiales del libro leído en los que participé dos veces. En cambio, el mural del IESS me resultaba inquietante: había tallado ahí la historia de los obreros, como si la piedra fuese tan maleable como la plastilina. Le ayudaba don Gonzalo Pillajo y ambos se divertían ¡picando piedras!

Más tarde, cuando el tío Jaime ya había muerto y yo trabajaba en diario El Comercio, miraba el mural del ingreso principal al edificio y señalaba que lo había hecho él y era impresionante. Me contaron que ese mural ya desapareció, como muchos otros. Y cuando lo supe me dio rabia y tristeza por el poco apego que tenemos al patrimonio cultural del país.

El tío Jaime me pareció siempre un grande: gran artista y gran ser humano. Luego, al acercarme más a su obra, descubrí que era aún más grande. Y no simplemente por apego familiar. Estoy convencida de que su obra debería estar en alguno de los museos de arte contemporáneo de importancia (Buenos Aires, Nueva York, Bilbao, quién sabe) junto a otros artistas latinoamericanos, en el sitio que el más grande escultor contemporáneo del Ecuador debería tener.

II

Con inmensa alegría recibí, en febrero de este año, el encargo de hablar a nombre de la familia, en la inauguración de la exposición de Jaime Andrade Moscoso. La Universidad Central del Ecuador acogía una muestra impresionante sobre su trayectoria artística desde 1925 hasta 1989, con piezas provenientes de colecciones privadas, de la familia y también con obras que estaban en el Museo Nacional y en la propia Universidad Central: el mural que está tras el Teatro Universitario es uno de sus trabajos más representativos y se dejaba ver por fin limpio e iluminado.

La sala poco a poco se llenó y, para el momento de los discursos, estaba repleta de un público variopinto: familia, amigos, artistas que fueron alumnos suyos, arquitectos, estudiantes de Artes Plásticas, críticos. Pensé que el hecho de que tanta gente se hubiera convocado era la muestra que hacía falta para poner en valor su obra, algo que se le debía a su memoria de una figura fundamental en el arte ecuatoriano. Sus hijos y también sus nietos llevan trabajando mucho tiempo en mantener esa memoria viva, en inventariar su obra, en registrar, fotografiar y digitalizarla, para tener constancia de ella. Sus piedras, sus mosaicos, sus esculturas, están ahí con toda la magia, con toda la fuerza que él empleó para sus creaciones. Si la obra no se ve, si permanece escondida, si nadie se acerca a ella, el artista quedará condenado al olvido.

Jaime Andrade fue fundador de la Facultad de Artes de la Universidad Central. Pasó ahí treinta años de su vida. Su madre también fue una de las fundadoras de la Escuela de Bellas Artes, así que hay una relación de vieja data con la universidad. El tío Jaime fue maestro de algunos otros maestros egresados de la Escuela de Bellas Artes hasta que lo nombraron profesor en la Facultad de Arquitectura. no estaba conforme con la enseñanza que se impartía en Bellas Artes: su primera labor fue convencer al Consejo Universitario que debía haber una Facultad de Artes.

La pandemia hizo una mala pasada a la exposición y mucha gente se quedó sin verla, aunque se organizaron recorridos virtuales e incluso actividades para niños que se pueden ver en https://retomuce2020. zyrosite.com/. La muestra tuvo buenos comentarios en la prensa. Y fue resultado de un esfuerzo tremendo de la curadora Susan Rocha y de Jaime Andrade Heymann, arquitecto y también escultor, dedicado siempre a promover la obra de su padre.

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El trabajador ecuatoriano (detalle), alto relieve en piedra, edificio del IESS, Quito, 1960.
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Mujer de pie, talla en madera de capulí, 1945.
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La historia de la humanidad (detalle), mural tallado en piedra detrás del Teatro Universitario de la Universidad Central, Quito, 1954.

III

El tío Jaime era capaz de moldear la piedra como si fuese barro. La golpeaba primero con venganza, decía, hasta reconciliarse con ella. Y encontraba, en el metal, en la piedra, en el papel y hasta en el humo, materia para la creación. No se asustaba de ningún material ni de ninguna técnica: esculpía madera o hacía grabado, dibujaba mucho y hacía bocetos, fundía el metal y moldeaba la piedra. Luego encontró en la piedra formas perfectas y dejó de intervenir en ellas, más bien las usaba así, tal cual, combinándolas con el metal pintado.

Tampoco le asustaba ningún tema ni se casó con ninguna corriente. Era un buscador. Era un investigador. Tuvo su época indigenista, su época más realista y luego su época más abstracta. Trabajó con Paulo de Carvalho Neto en el Diccionario del folclore ecuatoriano, junto a Olga Fisch, Oswaldo Viteri y otros, rescatando miles de diseños de los artesanos de este país y revalorizado el arte popular. Fue amigo de Rolf Blomberg, de Lloyd Wulf. Mantuvo correspondencia con Thomas Merton y una escultura suya, Virgen con niño, se halla en el monasterio donde estuvo Merton como monje trapense.

La exposición antológica permite reconocer a un gran muralista, escultor y educador del que poco conocen las nuevas generaciones, decía Ana Rosa Valdez en su blog Paralaje, donde añade que “su formación en la Escuela de Bellas Artes estuvo basada en el academicismo decimonónico que perduró en las primeras décadas del siglo XX; luego, transitó por el indigenismo de un modo peculiar, sin fomentar un discurso propiamente indigenista de denuncia social, sino enfocado en una relación más sensible con el mundo indígena.

El ancestralismo, desde la visión de una cosmología universal, también fue un momento importante de su carrera, así como la abstracción, que representa una fase de madurez en los años ochenta”.

Y la curadora Susan Rocha opina: “Andrade también fue rompiendo los contornos que limitaban a la definición más clásica de la escultura en el transcurso de su trayectoria, que inicia con obras academicistas, y luego con otras más vanguardistas, pero con criterios de frontalidad y rigidez. Más adelante, jugó y experimentó hasta llegar a diluir la frontalidad y la rigidez para dar paso a un criterio de tridimensionalidad donde las obras se aprecian desde todos los puntos de vista, y se da gran importancia al vacío. Finalmente, con sus Volantes (1970-1986), logró que su obra sea una representación espacio-temporal y cinética que depende del viento”.

IV

En el pequeño departamento de Elsa, su hija, hay un carrusel de metal, espejo y muñecas de arpillera. Podría mirarlo por horas. En el apartamento de su hijo Jaime y de Alicia, varias esculturas: unas de piedra con metal, de hierro y piedra. He crecido viendo esas piezas y me he sorprendido siempre con ellas. El tío Jaime hablaba por medio de sus obras. Era su escritura. Era capaz de hacer de una lámina de metal una pareja en pleno juego del amor o de recrear la vida del pueblo de Mangahuantag en una escultura de piedra pómez con figuritas de hierro que, al doblarlas, adquirían vida y movimiento.

Penosamente, mucha de su obra pública, de sus murales, han estado muy descuidados. Algunos incluso se han perdido. Y eso significa que se ha perdido parte importante del patrimonio nacional. Que los jóvenes artistas y los críticos redescubran su obra y se conecten con ella, que la Facultad de Artes de la Universidad Central vuelva la mirada hacia él, es un alivio. Que se publiquen libros para difundir su trabajo es, sin duda, un aporte. Pero falta… su obra debería estar, repito, junto a los grandes nombres del arte contemporáneo latinoamericano. Eso sería lo justo.

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Mural del hotel Humboldt de Quito, hierro batido, 1967.
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Mural del antiguo Banco Popular de Quito (detalle), mosaico en piedra, hierro y tol, 1975.
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Pareja, lámina de hierro soldada, 1969.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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