Isadora Romero, la ecuatoriana que ganó el World Press Photo

Isadora Romero. Fotografías: Cortesía Isadora Romero y Ana María Buitró

La ecuatoriana Isadora Romero ganó por partida doble en el prestigioso World Press Photo. Su trabajo evidencia la pérdida de la biodiversidad agrícola y de la memoria cultural colectiva.

Mirar al pasado aunque duela. En esa máquina de tiempo se embarcó la fotógrafa y narradora audiovisual Isadora Romero (Quito,1987) para sembrar y cultivar La sangre es una semilla. Así tituló al fotodocumental de casi siete minutos en el que, a través de su historia familiar y de un relato nutrido por dos voces, la suya y la de su padre, Oliverio Romero, aborda esas forzadas consecuencias y cuestiona la pérdida de la memoria cultural y de los saberes ancestrales, poniendo el foco en otra pérdida: la de la agrobiodiversidad. 

—Tu abuelo y tu bisabuela eran guardianes de semillas. Mi papá con mucho ingenio creó algunas especies de papas. Consumíamos las variedades que se daban, que eran la tocana, la criolla, la pastusa, la sabanera… —le dice el padre a Isadora sobre la que fue su vida e infancia en Une, un municipio de agricultores del departamento de Cundinamarca en Colombia. 

—Hoy en el pueblo se siembran solo dos. Hoy las semillas no se consiguen como tal, sino como papas ya crecidas. Las variedades son semillas certificadas, creadas en laboratorio, que rinden más y resisten mejor a los ataques propios de los monocultivos ​​—cuenta Isadora en respuesta a esa ya lejana, desaparecida vivencia—. ¿Qué memoria guardan las semillas si son clones, repeticiones? Quizás guardan una mentira sobre el progreso. Una falsedad sembrada mil veces.

El pueblo de mi padre, el de la vida real, el de hoy, tiene que recibir mínimo quince fumigaciones por cada planta de papa que es igual a otra. La tierra es solo suelo que se destina para su mayor eficacia y productividad… El pueblo de mi padre, el de hoy, el de la vida real, es como muchísimos pueblos a los que les han arrancado la memoria. Sus habitantes se van. Los hijos huyen a buscar mejores días. Mi padre también se fue. 

Antes de viajar a Une y al núcleo de su propia historia, la agrobiodiversidad y los guardianes de semillas ya eran temas presentes en la obra visual de Isadora, que hasta aquel entonces desconocía el profundo lazo con la tierra que había tenido el lado paterno de su genealogía. 

“No tenía idea. Mi padre tenía unas historias muy hermosas con relación a su crecida en el campo con su abuela, pero nunca supe realmente mucho. Fue en 2020, justo cuando estaba haciendo un proyecto sobre guardianes de semillas, que mi padre me cuenta (…) Para mí fue revelador porque sin tener el conocimiento de que esto era así, yo ya tenía esta fuerte conexión e inclinación por contar estas historias y para mí fue indispensable ir a buscar por qué me sentía tan conectada y qué significaba esta relación con la tierra”, recuerda la autora del otro lado del auricular. 

Isadora, freelancer como la mayoría de profesionales creativos en el Ecuador, debe buscar siempre cómo financiar sus proyectos. No es una tarea fácil. Las oportunidades son pocas y están sobre todo en el extranjero, como el codiciado World Press Photo que, además de prestigio, otorga un reconocimiento económico (que los autores suelen invertir en próximos proyectos o en deudas adquiridas durante la realización del proyecto anterior). 

El viaje a Une pudo concretarse gracias a una beca que, en 2021, recibió de la Fundación Magnum —creada por la Agencia Magnum, que fue establecida nada más y nada menos que por fotoperiodistas, entre ellos, Robert Capa y Henri Cartier-Bresson—. “Imposible haberlo hecho sin ese apoyo”, sostiene Isadora. Aunque imposible, a la vez, sin su propia dedicación y esfuerzo. 

El trabajo detrás de cada cuadro es grande y diverso, no solo en términos de edición y ensamblado del material que se obtiene. Aplicar a convocatorias y becas que permitan desarrollar propuestas es todo un proceso, conlleva tiempo, dominio de otros idiomas y un conocimiento que en palabras de Isadora es en sí “un privilegio” y que en el Ecuador, donde ella observa que la fotografía “está muy precarizada”, complejiza todavía más el panorama de los fotoperiodistas. 

Isadora se ha mostrado entonces como una de esas semillas resistentes. Algo de ese pasado familiar aunque difuso y perdido dejó su impronta. Tiene claro que depende de su ímpetu poder contar todo aquello que despierta su curiosidad, sobre todo si está relacionado con temas sociales, de género y ambientales. 

Es cierto que siguió la pista de su rastro ancestral, pero no por eso dio con el territorio imaginado y romantizado que se propuso encontrar. Ya en el lugar se dio cuenta de que allí “no había esa idílica relación con la tierra” y que “mucha de esa memoria se había perdido”.

“Fue bien difícil emocionalmente porque las anteriores comunidades con las que yo había trabajado el tema de agricultura eran comunidades resilientes, guardianes de semillas que venían años trabajando en procesos de resistencia desde el accionar del campo.

Eran personas que se habían organizado para cultivar diferentes especies para revitalizar los terrenos o comunidades ancestrales que mantenían esa relación simbólica y, si quieres, hasta mística con la producción de alimentos, con la tierra (…) Pero cuando llegué al pueblo de mi padre, no encontré una comunidad resiliente y tuve que entender que la resistencia estaba quizás en otro lugar, en esta idea de mantener la narración oral. Y eso yo lo encontré en mi padre”. 

Sobre esto, el protagonismo del culpable de sus días, Isadora comenta: “Yo no tenía ninguna forma de contar el pueblo que él me había contado, sino era a través de él. Yo llegué a ver otra cosa, entonces me pareció que esa contraposición entre lo que yo veía y lo que él recordaba iba a hablar de ese borrón, de esa ausencia y quise ser muy honesta con ese desencuentro. Quería también que su memoria estuviera narrada por él, entonces decidimos hacer los dibujos que son también un registro”. 

El producto final, audiovisual como la existencia contemporánea, permite ver eso que ya no queda: fotografías análogas y digitales se fusionan con sonidos, códigos genéticos y códigos binarios. En su conjunto, estos elementos revelan la búsqueda original del guion escrito por Isadora y coinciden en una idea palpable: la sangre es una semilla. 

El impulso por descubrir(se) y aceptarlo todo, lo que hubo, lo que se perdió, lo que quedó, la llevó a tender puentes entre su tiempo y el tiempo de quienes estuvieron antes que ella. De ahí que el jurado de la competencia considerara que el de Isadora no solo “es un proyecto muy fuerte”, sino que su “combinación de métodos y capas sensoriales construyen un lenguaje claro que es a la vez personal y político”. 

Este proyecto la convierte en la segunda mujer ecuatoriana y una de las dos únicas connacionales que, en 67 años de historia del prestigioso premio de fotoperiodismo y fotografía documental, han ingresado a su lista de ganadores. La primera fue Karla Gachet, en 2010.

Coincidentemente, Michelle Gachet, su hermana, colaboró con Isadora en la edición final del fotodocumental con el que ganó primero el pasado 24 de marzo, cuando fueron anunciados los vencedores regionales del concurso, y después el 7 de abril, cuando se revelaron los triunfadores globales. 

En ambas listas, entre 64 823 fotografías y presentaciones en formato abierto de 4066 fotógrafos de 130 países, figuraba Isadora como ganadora en la categoría Open Format (Formato Abierto), incorporada recién este año por la organización World Press Photo. En ambas listas se confirma otra idea de La sangre es una semilla, “contar es la forma primera de resistencia a los grandes borrones del mundo”. Mientras haya alguien que quiera contar lo borrado, habrá alguien que quiera encontrarlo.  

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