Irvine Welsh. Los noventa eran una fiesta acid house
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Irvine Welsh. Los noventa eran una fiesta acid house

Por Antonio Díaz Oliva

Diners 465 – Febrero 2021.

El escritor escocés Irvine Welsh significa mucho para muchísima gente y en muchas partes. Más que dar voz a una generación, le dio aliento y la armó de valor para enfrentar a sus antecesores y hacerse cargo de ellos mismos. No todos los de esa generación sobrevivieron, pero al menos él sigue escribiendo fuerte y claro.

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo.

1993. Ese año todo cambió para Irvine Welsh. Si bien para el autor escocés publicar ya era un logro, Trainspotting, su primera novela, le daría algo más: una carrera como escritor. Y como DJ. Y como figura pop de fin de siglo.

En poco tiempo Trainspotting se convirtió en un retrato de la juventud inglesa. Esa que escuchaba la música de Oasis y Blur. De las fiestas rave y de las acid house parties. Pero también de aquella juventud que sufrió los recortes del Estado, culpa de Margaret Thatcher, y que sin un futuro laboral seguro buscó refugio en la heroína.

Publicada en español por Anagrama e inmediatamente coronada como best seller-de-culto, Trainspotting trata sobre un grupo de jóvenes hedonistas, borrachos y adictos a la fórmula fútbol, sexo y rock and roll. Se llaman Mark, Sick Boy, Begbie y Spud. Advertencia: Trainspotting no es una novela fácil de leer. Varias partes son más bien monólogos heroinómanos. Esto, en cualquier caso, fue suficiente para que Danny Boyle la llevara al cine con Ewan McGregor como protagonista. Así, Trainspotting se convertiría en la cinta de su año (1996) también gracias a una banda sonora ahora canónica que incluía a Iggy Pop, Blur, Underworld y Pulp. Sería un empujón a la carrera —ya en alza— del autor escocés. Porque es desde entonces que Irvine Welsh ha estado escribiendo y publicando. The Acid House, Cola, Éxtasis y Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo son algunas de sus novelas y libros de cuentos.

“Nada de mal”, como dice el mismo Welsh por Zoom desde Londres, “para alguien que a los dieciséis años abandonó el colegio. Alguien que no tenía puta idea de qué hacer con su vida”.

Irvine Welsh se refiere a los setenta. A cuando el punk nacía y mordía en Londres. Por eso, cuenta, dejó Escocia y se instaló en la Inglaterra de los Sex Pistols y The Clash. Ahí fue guitarrista y vocalista de una banda que recibió más escupos que aplausos. Luego pasó por las drogas (heroína). Y más tarde se rehabilitó. De ahí terminó sus estudios, se enamoró, se casó y encontró un trabajo más bien burocrático. Paralelamente comenzó a presentarse como DJ en varios clubes. Así, por las noches Welsh mezclaba pospunk (bandas como Joy Division y New Order) con la incipiente música electrónica. Mientras que durante el día se vestía de camisa y chaqueta para trabajar en una oficina. De vez en cuando, en sus ratos libres, escribía lo que sería Trainspotting, la novela que le cambió la vida.

Elige tu futuro. Elige la vida… aunque ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa. ¿Las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?

“No es solamente un libro sobre drogas”, dice Welsh con un acento escocés cerradísimo. “Trainspotting es un libro sobre la sociedad posindustrial. Es un libro sobre una generación que se queda sin trabajo. Que no podrá conseguir lo que sus padres consiguieron. Y que por eso caen en las drogas”.

—En entrevistas anteriores has definido tu infancia como una postal de la clase trabajadora escocesa. ¿Había libros en tu casa?, ¿qué significado tenía leer en tu familia?

—Vivíamos en un pequeño departamento municipal, del Estado, por lo que no había espacio para estanterías. Pero mis dos padres eran lectores y, por eso, circulaban libros de amigos y vecinos. Además, heredé los de mi tío Jack, de un programa del Gobierno para incentivar la lectura, y así me convertí en fan de Evelyn Waugh. Leer siempre fue subversivo para mí. Y lo sigue siendo.

Trainspotting. Primera novela de Irvine Welsh, vio la luz en 1993, alcanzó estatus de obra de culto. La novela se desarrolla a finales de los años ochenta. Welsh escribe en el áspero, colorido, vigoroso lenguaje de las calles. Y entre pico y pico, entre borracheras y fútbol, sexo y rock and roll, la negra picaresca, la épica astrosa de los que nacieron en el lado duro de la vida, de los que no tienen otra salida que escapar o amortiguar el dolor de existir con lo primero que caiga en sus manos.
fuente: www.lecturalia.com

—Para muchos lectores tus libros son como un paseo por el lado oscuro y salvaje de la humanidad. Digamos que son la contraparte de lo que dan a leer en el colegio. ¿Significaba leer algo similar para ti?

—Leer me transportaba a otros lugares y aprendía ideas diferentes y conocía nuevos personajes. Leer me hizo querer viajar y odiar los límites de lo “socialmente aceptable”. Siempre es bueno encontrar cosas que no incluirías en las listas de lectura de la escuela o la universidad. La mayoría de estas listas son literatura conservadora y percibida como aceptable y decente por personas sin imaginación. La literatura debe desafiar, no afirmar, los preceptos burgueses perezosos.

—De alguna manera con Trainspotting y otros libros has tomado la energía y el impulso de la cultura punk, pospunk, dance, y la mezclaste con la literatura, ¿no? ¿Qué tan importante ha sido la música en tu carrera?

—Oh, vital. La energía de la música punk y house fue crucial en mi vida y lo sigue siendo. Además, el punk y el house necesitaban una literatura que estuviera a la altura de ese entusiasmo y yo me esforcé en proporcionarla.

—Leí en una entrevista que, el día anterior a que saliera Trainspotting, estabas con tu editor tomando cervezas. Ninguno de los dos sabía en realidad si sucedería mucho con el libro. Incluso en un momento tú bromeaste y dijiste que podías llamar a un diario para comenzar un falso rumor… ¿Qué expectativas tenías con la publicación de Trainspotting?

—Nada: me alegré de que se publicara. Esperaba que tuviera algún tipo de impacto local, tal vez incluso escocés, pero no global. Lo mejor fue tener el libro en mis manos. Solo con eso me sentí pagado. Como escritor no se debe esperar que los libros, o adaptaciones al cine, tengan impacto. No es algo que debería preocuparte mucho en el momento de escribir. La prioridad es producir algo que sea bueno porque eres tú quien va a vivir con ese libro para siempre.

—De todas maneras me imagino que llegada cierta instancia te sorprendes con la recepción. Digo, en un momento el libro se vuelve un fenómeno global. ¿Cómo fue que personas de todo el mundo leyeran Trainspotting?

—Fue una sorpresa, ya sabes, porque yo sentía que la novela estaba muy localizada en Edimburgo, y en una especie de Edimburgo de la clase trabajadora en particular. Y de repente, bueno, en medio de esa gira de presentación, voy a sitios como Moscú y Johannesburgo, y la gente se me acerca y me dice: “En mi grupo de amigos hay un Rent, también tenemos a Begbie, un Sick Boy. Tus personajes nos son familiares”. Ahí fue cuando me di cuenta de que los personajes de Trainspotting son arquetipos y, por eso, la gente los reconoce aunque las culturas sean diferentes.

—La banda sonora de Trainspotting estuvo presente en todas partes. “Lust for Life” de Iggy Pop y “Born Slippy” de Underworld sonaban básicamente cada fin de semana. Supongo que ni siquiera tú pudiste escaparlas.

—Oh, no. Vaya que no. En Londres todos los DJ ponían “Born Slippy. Y ahí estaba yo bailando con amigos, ya sabes, un poco borracho, feliz, y comenzaba esa canción y de repente una luz me alumbraba en medio de la pista de baile y anunciaban que el autor de Trainspotting estaba bailando. Y la gente gritaba. Mientras yo por dentro era como: “Oh, mierda, solo estoy aquí para bailar con mis amigos”.

—En esa época ya eras escritor pero también DJ. Incluso en muchos festivales literarios te invitaban para leer y presentar un libro por la tarde y para poner música por las noches. ¿Cómo se fue dando eso? Porque el mundo de la música y de las letras suelen estar lamentablemente muy separados…

—Bueno, ya sabes, sucedió cuando comencé a tener éxito con Trainspotting. Ya era DJ. Me invitaban más y más a los clubes. El problema fue que el horario de escritor y el horario de DJ son radicalmente opuestos. O sea, muchas veces llegaba a casa a las seis de la mañana, que es la hora cuando me gusta ponerme a escribir. Entonces no duré mucho. Algo tuvo que ceder. Por eso dejé de ser DJ por un tiempo. Aunque hace unos años estuve viviendo en Miami. Y lo que pasa es que en Miami hay clubes abiertos todo el día. Entonces un par de veces hice de DJ en clubes y fiestas durante el día y la tarde. Fue como que me picó el bichito de nuevo. Y como era temprano, me podía regresar a casa a una hora razonable.

—Me interesa la lectura de Trainspotting como un libro sobre la sociedad posindustrial porque, como los personajes tienen mucho tiempo, no pueden trabajar. Las industrias se han llenado de máquinas.

—Creo que hoy todos los libros deben tratar sobre la transición de una sociedad industrial a una sociedad posindustrial. Deben explorar preguntas sobre nuestra sobrevivencia. ¿Cómo nos ganamos la vida? ¿Cómo nos las arreglamos para sentirnos útiles? ¿Tenemos algún tipo de sentido de propósito en un mundo como este? De eso trata el libro. Por eso sigue presente. Si Trainspotting fuera solo un libro sobre drogadictos, a nadie le importaría.

—Es también un libro sobre la clase trabajadora escocesa. O sobre los hijos de la clase trabajadora. Y en estos días mucha gente de esa clase, no todos, claro, votan por una derecha populista. ¿Qué sucedería con Mark, Sick Boy, Begbie y Spud?, ¿qué harían con Boris Johnson y el brexit los personajes de Trainspotting?

—No en Escocia. En Escocia todos creen que Johnson es un cabrón. Y en cuanto a mis personajes, todos pensarían lo mismo que yo. Que el brexit es una estafa para que los ricos engañen aún más a las clases trabajadoras.

—Hace poco Johnny Rotten, vocalista de los Sex Pistols, usó una polera de Make America Great Again, el lema de Donald Trump. Algunas personas se sorprendieron, aunque el punk siempre ha sido más sobre una fuerza bruta antes que partidismo político, ¿no?

—Muchos íconos de la clase trabajadora quieren molestar a esas horrendas clases medias que vienen de un liberalismo “políticamente correcto”. ¿Por qué? Porque se han apropiado de la política de izquierda. Sin embargo, no creo que la respuesta sea convertirnos en el arquetipo del viejo triste y quejumbroso. Como cuando mis amigos y yo éramos punks y nos burlábamos de los Teddy Boys. Bueno. Es representativo de nuestros tiempos que varias personas sientan que no hay mucho más que la amarga y aplaudida nostalgia de unos cuantos pocos viejos idiotas.

—¿No crees que Donald Trump, y hasta cierto punto Boris Johnson, usan algunos elementos que también el punk y pospunk usaron? Me refiero a la sátira, la parodia, la ironía, e incluso lo punk como fuerza transgresora. ¿No te parece que la contracultura ha sido secuestrada por una derecha populista?

—No. Hoy no existe la contracultura. Esos políticos que mencionas han adoptado las tácticas de shock. Pero solo lo han hecho por dos razones. Una, porque la “izquierda” se ha convertido en un grupo de “moja-camas” de clase media. Y, dos, como te dije, porque no hay contracultura. Hoy no existe la cultura callejera. Solo la mediática. Por eso políticos como Johnson pueden sentarse en sus pasillos de Oxford e inventar mierda racista, clasista y sexista, y hacerla pasar por “subversiva”. Y ya que no existe la cultura callejera, la cultura de masas callejera, ahora no necesitan que nadie los apruebe. Ahora todo es por las redes sociales y estas se pueden falsear. Lo sé. Todo esto suena como una pésima comedia de Bernard Manning de los años setenta. Una recitada con regocijo por esos ricachones conscientes de las divisiones de clases, y distribuida entre esas masas atontadas y atónitas que ellos mismos oprimen.

—Has vuelto a Trainspotting para una precuela, una secuela y también para un spin-off. ¿Por qué regresas a ese mundo una y otra vez?

—Por los personajes. Mark, Sick Boy, Begbie y Spud. Quiero saber qué sucede con sus vidas.

—Al igual que el personaje Rent, quien se escapa a Ámsterdam, en 1996 tuviste que escapar a Londres por el éxito de Trainspotting, ¿no? Y desde entonces has vivido en todas partes: Ámsterdam, Barcelona, San Francisco, Chicago y Miami.

—Pero ahora estoy en Londres. Todavía tengo una casa en Miami. Me gusta pasar temporadas ahí. Aunque ya no sé qué sucederá en estos tiempos de covid.

—Leí por ahí que en Miami uno de tus vecinos era Iggy Pop, ¿es verdad? La adaptación de Trainspotting comienza con “Lust for Life”. Es imposible pensar en la película sin esa canción.

—Sí. Somos amigos. Iggy es un gran tipo. Es una de las personas más inteligentes que he conocido. Bien leído. Casi un ratón de biblioteca. Muy diferente a lo que es en el escenario.

En 1996 Danny Boyle la llevó al cine con Ewan McGregor como protagonista, y con una banda sonora que incluía a Iggy Pop, Blur, Underworld y Pulp.
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