Uno visita ciertas obras como visita lugares queridos, en los que a veces se encuentra de nuevo con un instante preciso, mucho tiempo olvidado, en el que la vida brilló sin reservas, eufórica, efímera pero definitiva. El extraño mecanismo del recuerdo se activa en esos paisajes; de esa forma —ajena a la conciencia y a la voluntad— en que al cuerpo le adviene una agitación sin contenido, la pura fuerza de lo desconocido que nos constituye íntimamente.
Me ocurre con la obra de Vásconez: hay imágenes que vuelven como vuelven los recuerdos, que aparecen simplemente, para inquietar el presente, para horadarlo con la fuerza con la que modifican las experiencias que creíamos claras y propias.
La lluvia golpeando las ventanas de un miserable hotel quiteño o el parabrisas de un auto estacionado en el que dos amantes son parte del crepúsculo de la ciudad y del amor; el golpe de los cascos de los caballos contra la arena de la pista, la vista de la ciudad de Quito en su hora más gris, desplegando la tristeza de sus montañas cubiertas por la niebla.
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