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EDICIÓN 500

La infamia con abrigo de piel y tacones altos

por Jorge Enrique Adoum

La infamia con abrigo de piel y tacones altos
ILUSTRACIÓN ® DIEGO CORRALES.

Quizás porque en la escuela me golpeaban con una regla metálica los dedos cada vez que me equivocaba en una adición o una sustracción, el límite máximo a que llegaron mis conocimientos matemáticos fue la regla de tres. Tengo pues una profunda incapacidad, innata o adquirida a fuerza de reglazos, para representarme mentalmente ciertas cantidades que son para mí abstracciones puras o a lo más simples representaciones gráficas a las que podría añadirles o suprimirles uno, dos o tres ceros sin advertir la diferencia; por ejemplo, con perdón de los astrofísicos, me resulta igual que el Big Bang que dio origen al universo se haya producido hace 15 000 millones; tampoco me doy perfecta cuenta de la distancia de 63 millones de kilómetros a que se acercó este año el cometa Halley a la Tierra si ya me era imposible imaginar que en 1910 pasó apenas a veintidós millones y medio. Asimismo, me fue necesario ver alguna vez con un microscopio la cantidad de glóbulos rojos que se movían en una gota de sangre para concebir que tuviéramos unos cuatro millones en nuestro organismo. Para poder concebir millones de cualquier cosa, simplemente.

(En abstracto comprendo, verbigracia, la fortuna que se hicieron los Duvalier, padre e hijo, cobrando, entre otras cosas, un dólar por cada saco de harina que se molía en el país —o sea dos millones y medio por año— y cincuenta centavos por cada saco de cemento que se vendía en el territorio y haciéndose pagar por la República Dominicana dos millones de dólares anuales por los braceros haitianos que, desesperados por desocupados, no tenían más remedio que ir a trabajar en las plantaciones de caña del país vecino, verdaderos campos de concentración de los que no pueden escapar. También, aunque con mayor esfuerzo —porque lo anterior es simplemente un “subdesarrollo” del robo—, trato de representarme la riqueza de Ferdinand Marcos: con una remuneración anual de 46 700 dólares, logró amasar en veinte años una fortuna calculada en 10 000 millones de dólares (quizás convenga recordar aquí que la deuda externa de Filipinas se eleva a 26 000 millones de dólares).

Esa misma incapacidad me parece haber compartido con las multitudes empobrecidas de Filipinas cuando, tras derrocar al dictador entraron en el Palacio de Malacañán de Manila, su cueva de Alí Babá. Esos triunfadores en harapos tardaron quizás algún tiempo en comprender que todo cuanto allí se había acumulado insolentemente —objetos de oro y plata, joyas de todo tipo, regalos, cosas que brillan, algunas de las cuales ni siquiera se sabe para qué sirven— les pertenece, les fue quitado a ellos poco a poco, tenazmente, diariamente, impunemente. Porque el asombro inicial, instantáneo, anterior a cualquier reflexión, se produce ante la acumulación, la avidez torpe, el despilfarro: en una palabra, en no saber ya en qué más gastar. (La riqueza de madame Michèle Duvalier —una de las diez fortunas privadas más grandes del mundo— está formada en su mayor parte por una colección de abrigos de pieles... y como la temperatura media anual de Haití es de 26 °C, la primera dama mantenía la de su palacio a 5 y 6 °C para poder utilizarlos; ignoro cómo se las arreglaban los visitantes e invitados, pero sospecho cómo se sentían los empleados y sirvientes). El palacio de los Marcos es lo más cercano posible a una representación imaginaria del fasto de Las mil y una noches. Es de suponer que a los varones les habrá interesado en especial ver, abandonados en el garaje de la mansión, quince automóviles de lujo limosines, cinco Mercedes-Benz, un BMW, un Datsun y un Nissan; así como el afelpado autobús personal que doña Imelda Marcos, gobernadora de Manila Metropolitana y ministra de Asentamientos Urbanos, utilizaba en sus giras políticas, equipado con catorce asientos, dos camas, una cocina y una sala de baño.

En cambio, las muchachas (entre ellas estarían seguramente algunas de esas niñas a las que el régimen de los Marcos y cierto turismo europeo han condenado a la prostitución en las horrorosamente célebres “aceras de Manila”) contemplaron, seguramente con ojos desorbitados más de asombro que de envidia, “hileras interminables de vestidos, 3000 pares de zapatos, 2000 pares de guantes (temperatura media anual de Filipinas: también 26 °C), 1104 carteras, una cesta con 500 sostenes negros y 500 blancos de talla 34-B, un armario con 5000 calzones e igual número de pares de medias y de collants” (Le Monde, 16-17 de marzo de 1986).

No es desde el punto de vista de la higiene —la posibilidad de cambiarse tres veces por día sus sostenes y quince veces diarias su ropa interior en un año— que puede reprocharse a la señora Marcos, sino desde el de la avidez, el del ansia de acumular y acaparar todo cuanto sea comprable. La prensa norteamericana ha revelado algunas cifras relativas exclusivamente a sus compras en Nueva York: joyas varias, en un solo día, por valor de 411 746 dólares; joyas antiguas por 234 000 dólares y un collar de rubíes y diamantes por 100 000, también en un solo día; en otro, 10 340 dólares en sábanas italianas y tres millones y medio por una misteriosa y sospechosa “pintura de Miguel Ángel” que nadie ha autenticado (y doña Imelda en materia de arte...). Sus compras neoyorquinas de mayo a julio de 1983 se elevaron a cerca de cinco millones de dólares, entre las cuales figura un collar de 60 000 supuestamente ofrecido a la primera dama de Estados Unidos. En sus visitas “oficiales”, solamente de 1981, a Iraq, Kenia, México y Estados Unidos gastó 800 000 dólares... a expensas del presupuesto militar. Según la revista Time, un miembro del Congreso habría dicho que “Imelda utiliza el presupuesto del servicio de inteligencia de Filipinas como una carta de crédito del American Express”.

Para tener una idea de lo que tales sumas significan me ayudo con otras que comprendo bien. La renta anual por habitante en Filipinas es de unos 350 dólares (o sea el trabajo de un año entero de mil o más campesinos para algunos de los gastos de un solo día de la gobernadora); hay en el país cuatro médicos y doce camas de hospital por cada 10 000 habitantes (y Marcos tenía siete médicos personales y un hospital instalado en uno de sus dormitorios); la mortalidad infantil es de 60 por cada 1000 niños nacidos; el desempleo afecta al 40 % de la población activa.

El corresponsal del diario Le Monde exagera: no fueron 3000 los pares de zapatos que Imelda Marcos dejó en Manila sino solo 2700. Yo sabía que el fetichismo de los zapatos femeninos era una dolencia masculina (Freud nos enseñó y Buñuel nos lo mostró) y recuerdo que el coleccionismo es, o por lo menos era, un rasgo típicamente infantil: en la escuela coleccionábamos las figuras de los confites K. O., los “billuzos” que formábamos despegando el papel de las cajetillas de cigarrillos para que se parecieran a los billetes de los adultos, las bolas que ganábamos al “pepo” y que los hijos de ricos que no conocían el gozo del riesgo sino el de la acumulación compraban por docenas, o los porotos, con esas “vacas” enormes, jaspeadas de blanco. Y nuestras bibliotecas, que se han ido formando desde nuestra adolescencia a costa de duras penas y que nos recuerdan el azorado y lento descubrimiento del ser humano y del mundo, ¿no son también en cierto modo indicio del mismo mal? Pero doña Imelda no es ninguna niña (sus hijas tienen veinticinco y treinta años) y, que se sepa, no es muy aficionada a la lectura. Por lo menos, entre sus compras no figura ningún libro.

El ensayista norteamericano Lance Morrow compara el caso de los zapatos de la señora Marcos con el harén de Khedive Ismail, abuelo del rey Faruq de Egipto, en el que tenía 3000 mujeres. (Ya Salomón, con solo 364, nos planteaba el problema de saber cómo se las arreglaba en los años bisiestos: si tenía una favorita o si descansaba un día cada cuatro años). La comparación se basa, naturalmente, en un denominador común que en este caso es la pregunta ¿por qué? Porque “nadie que imagine cómo sería la vida si se ganara la lotería pensaría en comprarse 5400 zapatos”. Luego, con ayuda de una calculadora, deduce fácilmente que, si Imelda Marcos se cambiara de zapatos tres veces por día, sin ponerse jamás dos veces el mismo par, necesitaría cerca de dos años y medio para ponerse todos los que dejó en Manila. Y dado que seguramente habría seguido comprando otros, es claro que jamás habría podido ponérselos todos, “tal como la familia Marcos jamás habría podido gastar los miles de millones saqueados a los filipinos (...) ni Khedive servirse de las 3000 mujeres de su harén. Entonces, ¿por qué? ¿Cuánto oro es suficiente?”.

Marx hablaba del fetiche del dinero en el sentido de que llega un momento en que ya no representa lo que con él puede adquirirse, sino que vale por sí mismo. Parecería condenado, a partir de cierto punto, a reproducirse: algo así como el aprendiz de brujo de Goethe, adaptado musicalmente por Paul Dukas, vuelto visible por Walt Disney. (A propósito de cifras: acaba de registrarse en Disney World la entrada del visitante número 500 millones. ¿Cuántas veces la población entera del Ecuador?). Otro ejemplo es la que en su momento fue conmovedora historia de ese joven norteamericano que, encontrándose un día con sus últimos dólares en el bolsillo y sin trabajo, escribió un guion de cine, lo propuso a un productor y él mismo encarnó al personaje: Rocky. Como ya vamos por Rocky IV (y no vemos por qué no va a haber un quinto) y Rambo ll (con un tercero en perspectiva), la actuación de Sylvester Stallone cuesta hoy día doce millones de dólares por película. En el supuesto de que solo hiciera una por año y de que no tuviera otras entradas, ¿en qué, como no sea invirtiéndolos para ganar más, puede gastarse un millón de dólares por mes? (A modo de comparación, la televisión francesa recordaba que Deng Xiaoping, responsable del destino de mil millos de chinos, gana un salario de unos 2000 dólares... por año).

Pensando en el final de Ferdinand Marcos, un periodista trae a cuento la biografía de un comerciante francés del siglo XVII, llamado Beaujean, escrita por Miriam Beard. “Tenía —dice— admirables jardines, pero era demasiado gordo para caminar por ellos. Poseía espléndidos dormitorios, pero sufría de insomnio. Un hombre monstruoso, calvo y abotagado en una cama esculpida y pintada para que semeje una dorada cesta de rosas”. Dada su salud precaria no parece posible que Marcos engorde y dada la justicia del nuevo Gobierno filipino, que vuelva a sus jardines. En cuanto a que sufra de insomnio ese “tirano”, “estafador, codicioso y asesino” (Ronald Reagan dixit, según Flora Lewis, International Herald Tribune, 14 y 22/23 de febrero de 1986, respectivamente)... tras veinte años de expoliaciones, de enriquecimiento criminal y de asesinatos cuya culminación —porque marcó el principio de su fin— fue el de Benigno Aquino a su llegada al aeropuerto internacional de Manila, y tras haber declarado inocentes al general Ver, jefe del Estado Mayor, y a veinticuatro militares implicados en el atentado (¿fue Clemenceau quien dijo que la justicia militar es a la justicia lo que la música militar a la música?), bien merece Marcos, como Macbeth, matar él también su sueño. (“Desventurado, no mereces dormir”, le dijo Neruda a Franco).

El ensayo de Lance Morrow termina con esta reflexión: “El pillaje de Marcos aparece en fin de cuentas como un negocio triste, oculto, aunque a veces ostentoso, avaro, aunque a menudo pródigo. Jesús dijo: ‘Si quieres la vida eterna vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y sígueme’. Marcos no quiso esperar. Invirtió el cristianismo: arrebató el pan de la boca de los pobres y lo transformó en su tesoro terrenal... Semejante venalidad no es una cuestión que corresponda ni a Freud ni a la metafísica. Es simplemente una costumbre brutal, el reflejo de cocodrilo de un hombre que ha permanecido demasiado tiempo en el poder. Es una subdivisión de la banalidad del mal”. ¿El otoño del patriarca?

El dinero no hace la felicidad, dicen “los pobres ricos”, porque es natural que “los pobres pobres”, según la clasificación de Vallejo, no tienen autoridad para hablar de ello. Lo único que saben estos es que, con un poco, y a veces con solo un poquito, de dinero serían menos desgraciados. Y con un justo sentimiento de rencor haitianos y filipinos pueden alegrarse viendo que, pese a sus millones, los dictadores derrocados no encuentran un país que los acoja de buena gana, ni siquiera aquel que fue su aliado principal y los sostuvo.

Hoy día, en su exilio, tal vez Imelda Marcos recuerda con tristeza los zapatos que una medianoche debió abandonar al salir de su palacio. Mas nadie irá a buscarla, como a Cenicienta, aunque tenga el mismo pie fino de cuando fue reina de la belleza de Filipinas. Porque de lo que se trata es de saber qué tiene en el lugar donde debía haber habido un corazón.

(Este artículo fue publicado originalmente en la edición de la revista Diners 50, en la sección “Mirando a todas partes”, de julio de 1986).

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