¿Independiente de qué?

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Ilustración: Diego Corrales

Good Day, Sunshine! Good Day, Sunshine! Los Beatles están de vuelta. El documental de Peter Jackson sobre la realización de “Let it be” (1970), y la reedición del álbum Revolver (1966) con versiones desmenuzadas de cada canción, son una prueba más, renovada, del genio colaborativo y de las personalidades complejas y dinámicas de The Fab Four, más varios de sus allegados. Los Beatles hicieron uso máximo de la libertad al momento de producir música, fueron independientes en su manera de aproximarse al proceso creativo y, sin embargo, la palabra independiente no calzaría al modelo que pretende explicar su fenómeno.

Las primeras producciones de la banda pertenecían al sello Northern Songs, en el cual participaba Brian Epstein (el que los “descubrió”), pero a finales de los sesenta los derechos de todo ese catálogo pasaron a la corporación trasnacional Sony; luego, en los ochenta, a Michael Jackson, solo para volver a Sony luego de la muerte del Rey del Pop. No es música indie.

Desde que yo me acuerdo hay un boom de lo independiente. Música independiente, cine independiente, editoriales independientes, teatro independiente. ¿Independiente de qué? En cada uno de esos nichos, frontalmente, se deshace la independencia obtenida mediante la constante autodenominación. Los independientes buscan subsidios del Estado, y este les exige rendición de cuentas. Los mismos artistas se someten a todo tipo de exigencias burocráticas con tal de salir adelante. Muchos, de hecho, lamentan la falta de dependencia del Estado. Exigen a gritos: Queremos más fondos, más oportunidades. Y por supuesto que debería ser así. Debería haber subsidios e inversión, pública y privada, en las artes, sino, ¿qué más?

La pregunta me la planteó Rodrigo Fernández de Gortari, que lidera el proyecto editorial Vanilla Planifolia en México. “¿Independientes de qué?”, decía. ¿Quién produce al margen del impacto que busca para su trabajo? ¿Quién se ha independizado de temáticas, formatos, lenguaje, equipos, espacios físicos de trabajo o presentaciones? La independencia no es tal, si lo pensamos desde esta óptica.

Muchos somos dependientes de lo que hacemos o queremos expresar, además. Lo necesitamos. Nos frustra el tiempo que no le podemos dedicar a la literatura o la pintura o la producción o a la preparación. Dependemos de la expectativa que depositamos en nuestros proyectos: una novela de cuatrocientas páginas, un álbum conceptual, un teatro experimental, una película de realismo social, un diseño novedoso. Nos ponemos horarios de gimnasio artístico, entrenamos, preparándonos para competir en las grandes ligas (¿las dependientes?). ¿Es Sony dependiente y yo independiente?

¿Otro vocabulario para superar este impasse? “Contemporáneo”, “alternativo”, “work in progress” o “sujeta a cambios”, como ha denominado su proyecto la artista y docente quiteña Valeria Andrade. Podría decir: Tengo una editorial sujeta a cambios. ¿O qué tal “necesitado”? Podría decir: No soy independiente, soy un artista necesitado, totalmente dependiente de otros, sujeto a factores ajenos a mi control.

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