Ígor Stravinski
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Ígor Stravinski

Ígor Stravinski (1882-1971).

Tras medio siglo de su muerte, retumban los ritmos irregulares, desequilibrios métricos y armonías disonantes de sus brillantes composiciones musicales.

Entre los grandes compositores del siglo XX, hubo uno que dejó indeleble huella en la danza, dotándola de un ritmo y un color musical nunca antes vistos. Ese genio fue Ígor Stravinski.

Su carrera estuvo influenciada por la música popular rusa, la neoclásica y la dodecafónica, y abarca cuatro etapas en diferentes países —con un autoexilio de por medio—.

Stravinski nació el 17 de junio de 1882 en Oranienbaum (actual Lomonósov) y su juventud transcurrió en San Petersburgo. Fue pupilo del gran maestro Nikolái Rimski-Kórsakov. En 1906 se casó con su prima Catherine Nossenko y tuvieron cuatro hijos.

El empresario ruso Sergei Diaghilev, fundador de la famosa compañía Ballets Rusos, en 1909 en París, fue el gran pilar de su carrera. Con la musicalización de “El pájaro de fuego” (1910) y “Petrushka” (1911), el compositor ruso alcanzó la fama de la noche a la mañana. Sin embargo, fue con “La consagración de la primavera” que rompió los moldes de la música clásica. Aunque esa última obra provocó un gran revuelo, estaba destinada a hacer méritos por su propio nombre y consagró a su autor.

Los éxitos de Stravinski en París con los Ballets Rusos lo desarraigaron de San Petersburgo y, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa, se estableció con su familia en Suiza. Entre las tantas creaciones de esa época se destaca “Historia de un soldado”, junto a su amigo, el escritor Charles Ferdinand Ramuz. Fue concebida para espacios pequeños y se basó en el teatro callejero, el circo y la música popular como el tango y el jazz, además de una simple estructura musical que solo requirió siete instrumentos. Se estrenó en Lausana en 1918.

Tras terminar el conflicto bélico mundial, la familia tomó rumbo a Francia y durante casi dos décadas Stravinski desplegó una intensa actividad. Su estilo cambió y se remontó a melodías de los siglos XVII y XVIII. La orquestación del ballet “Pulcinella” es considerada la pieza inicial de su período neoclásico. También la dirección e interpretación ocuparon su tiempo a lo largo de quince años. En 1934 el músico adquirió la nacionalidad gala.

La fatalidad (su madre, la esposa y una hija murieron por tuberculosis) y otra vez la guerra (la Segunda Mundial) aceleraron la decisión de irse a Estados Unidos en 1939. Allí contrajo segundas nupcias con Vera de Bosset.

Gozaba de prestigio y combinó su labor académica en la Universidad de Harvard con la composición de sinfonías, sonatas y piezas para orquestas de cámara y de jazz. Con la ópera The Rake’s Progress, inspirada en la serie homónima de grabados de William Hogart y con libreto del poeta W. H. Auden, cerró el ciclo neoclásico en 1951. A partir de ese momento adoptó un nuevo lenguaje musical con notas y acordes dodecafónicos.

En 1962 Stravinski —siendo ciudadano estadounidense— retornó a su país natal. Habían pasado 48 años y recibió homenajes por su octogésimo cumpleaños.

Cánticos de Réquiem” (1966), una de sus últimas creaciones, fue escuchada en su funeral. El prolífico compositor murió hace cincuenta años, el 6 de abril de 1971, en Nueva York. Tenía 88 años.

Por su voluntad, sus restos descansan en el cementerio de la isla San Michele en Venecia, donde también yace Diaghilev, su compañero en un viaje audaz y revolucionario por la música y la danza.

Clímax artístico: los Ballets Rusos

Stravinski y Sergei Diaghilev.

Sergei Diaghilev integró bailarines, coreógrafos, pintores y compositores en un proyecto que brilló por su vanguardismo: “espectáculos llenos de integridad artística y libertad creativa”, según describe la publicación Russia Beyond, que involucró artistas de la talla de Anna Pavlova, Vaslav Nijinsky, Michel Fokine, Léonide Massine, Jean Cocteau y Pablo Picasso.

En ese ambiente Stravinski “llevó a cabo la última revolución de la música clásica, la que sentaría las bases de la música occidental moderna: ritmos asimétricos, agresividad en el desarrollo armónico, registros extremos y protagonismo de la percusión”, destaca, a su vez, la revista Historia y Vida (LaVanguardia.com).

La primera presentación de “La consagración de la primavera” en París, en mayo de 1913, marcó un hito en la historia del teatro musical. La partitura pagana y atrevida de Stravinski, más la compleja coreografía de Nijinsky, sorprendieron al público y el barullo de defensores y detractores fue tal que apenas se podía escuchar a la orquesta, relata la Fundación con sede en Ginebra que lleva el nombre del insigne músico.

Edición 467-Abril 2021

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