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Hulk

por Huilo Ruales

Edición 462

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Ilustración: Miguel Andrade

Siempre espero con ansias el fin de año y sus siete días en los que reina la farsa y el desenfreno. Quito resulta angosto para el río de disfrazados que recorren las calles y se congregan en el parque La Carolina que revienta con tanta gente disfrazada. No se diga en la noche que la muchedumbre brama enloquecida.

En realidad hay más disfrazados que público, puesto que no se trata nada más que de esfumarse, sino de atribuirse el privilegio de ver, sin ser visto, desde el otro lado de la máscara. En ello reside la magia y el goce de este rito colectivo, no se diga a la hora de los desmanes.

Yo soy siempre uno de los primeros disfrazados. Desde el principio de la tarde se me ve pululando por las calles, como despertando la gana de disfrazarme, como haciendo publicidad gratuita del disfraceo. La gente me trata de lo mejor. En los buses no me cobran, me saludan, me palmotean. Y más todavía si me hago el loco, si asumo el personaje, como se dice. Me encantan los niños cuando estoy disfrazado. Me ven y se quedan congelados, como hundidos los zapatos en el cemento y en segundos pasan del estupor al pánico, al grito de rostro desencajado.

A lo largo de la vida me he disfrazado de muchos personajes y siempre de aquellos que despiertan resquemor o miedo: Frankenstein, Drácula, Freddy Krueger, Hannibal. El año anterior me disfracé de Scream, añadiendo de mi parte y a todo pulmón el grito de Edvard Munch.

Este año se me despertaron las ganas de disfrazarme de Hulk. O la Masa. O El Hombre Increíble, como vulgarmente se lo conoce. Fue algo así como un flechazo la tarde que, en una vitrina del Quicentro, vi la verdosa máscara. Parecía tan viva que incluso sin ojos me miraba. Sentí hasta escalofrío y no tuve el coraje de entrar para ensayarla y averiguar su costo. Días después volví y, antes de que empezara a titubear como es mi maldita costumbre, entré a la boutique y pedí que me la mostraran.

En efecto, no parecía de silicona sino de piel, una piel rara, ni siquiera humana, incluso no olía a material sintético sino a fiera, a sudor del mismo Hulk. Me la ensayé deslizándomela como un guante. La máscara con cuello y pelo hirsuto me encajaba tan perfecto que hasta mis ojos parecían los del mismo hombre verde. No puedo negar que me dio susto cuando me vi delante del espejo. Incluso la expendedora soltó una risilla de espanto antes de decirme: “Se diría que ha sido hecha para usted”. Pagué su precio exorbitante y con el paquete en la mochila me escabullí rumbo a casa.

Era apenas febrero, así es que tenía unos diez meses para dedicarme al fisicoculturismo y a comer guiado por Google. A su vez, investigué hasta conocer al dedillo la historia de Hulk, aunque yo la sinteticé de manera más despiadada. Y, claro, me zambullí en todos sus videos para aprender lo gestual.

A mediados de noviembre estaba enteramente listo. Pintado de verde y con máscara me veía ante el espejo y me tomaba selfis y allí estaba no yo, sino Hulk en persona. Ya puedes tomarte las calles, me dije, pero debía esperar unos cuarenta días. Y estos, conforme pasaban se iban volviendo lentos, lentísimos. No se diga las noches, unas noches cóncavas, largas como intestinos, llenas de un silencio poblado de gemidos y goteo de alcantarillas.

Faltaban aún quince días cuando empecé a oír los golpes, los chillidos, el estruendo de objetos y cristales. Incluso, al fondo de la casa, las chancletas de mamá. El insomnio me obligó a salir y caminar por las calles sin rumbo y con miedo. Una noche, volví agitado, maltrecho, me duché en agua fría sin desvestirme, antes de tirarme en la cama. Desde una silla, la máscara me veía con sus ojos vacíos. Tenía cierto destello como si transpirara, como si acezara. Entonces, como antes, como siempre, empecé a llorar y llorar recordando a mamá, hasta que me quedé dormido.

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Acerca de Huilo Ruales

Escritor ecuatoriano cuya obra abarca todo tipo de estilos, desde la novela, crónicas, teatro, poesía, cuentos y microrrelatos. Es considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes del país; sus obras han sido traducidas al francés y alemán.
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