
Por dogmática, toda definición absoluta me es desconfiable, con mayor razón en el terreno artístico, más aún si se trata de un arte auténticamente popular como lo es el tango. En todo caso, si tenemos que definirlo, me quedo con los poetas antes que con los tratadistas. Con Jorge Luis Borges, que se limita a llamarlo “esa ráfaga, esa diablura”; con Waldo Frank cuando afirma que es la danza popular más profunda del mundo; con Ezequiel Martínez Estrada, que lo señaló como una música sin igual para la ensoñación, que entra y se posesiona del ser como un narcótico; con Ulyses Petit de Murat, para quien “el dogma popular en cuanto al tango está establecido sin ninguna definición escrita”, y hasta conmigo mismo, que en un cuento expresé: “Ah, pero el tango… Sería que en sus languideces yo encontré una nostalgia de romanticismos imprecisos, sería que su mezcolanza de protestas ingenuas, lamentos ramplones y secuencias canallescas era un reflejo de mi existencia parasitaria, o que la sensualidad solemne de su música resultaba un sucedáneo para apaciguar mi lascivia alborotada”.
Música, danza y canción popular, el tango se afianza primero en las dos grandes ciudades del Río de la Plata, se institucionaliza y se refina en Buenos Aires y poco después se extiende por el mundo entero. Canción eminentemente urbana (aunque no faltan las letras tangueras de tema rural), se forja junto con la transformación de la capital argentina en una metrópoli al impulso de la inmigración que le llega de todos los rincones del planeta a comienzos del siglo XX.
El Buenos Aires que en 1865 tiene 150 000 habitantes, en 1914, agrupa a un millón y medio. Mientras la opulencia crece al amparo de las exportaciones de ganado y de trigo, en los suburbios se aglutinan inmigrantes foráneos e inmigrantes criollos desplazados del agro por las nuevas modalidades del trabajo campestre. Y es aquí donde nace el tango, mezcla singular de sones y ritmos españoles y africanos. Se discute aún cuál es el antecedente inmediato del tango porteño: si el tango andaluz, si la habanera, si el candombe, si la milonga… Quede esto para trabajo de los especialistas. Lo que sí resulta evidente es que “la canción de Buenos Aires” tiene de todos esos ritmos, pero el producto es diferente, es peculiar, es único.
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