Este año se celebran cuatro siglos de la invención de un aparato a quien nadie rinde homenajes, pero sin cuya existencia la vida sería una mmm… iseria.
No sé dónde le vamos a poner velitas —parece obvio pensar que en el bizcocho—, pero de todos modos hay que celebrar con fanfarria y honores el cumpleaños al inodoro. Cuatrocientos cumple en 1996 este aparato que cambió por completo el concepto de la vida doméstica y fue, en su momento, un invento incomprendido. Sin él estaríamos aún sumidos en los tiempos bárbaros del “¡agua va!” y la pestilencia.
Los falsos pudores impiden que el tema sea de recibo en la ONU, que debería haber declarado a 1996 como el Año de la Higiene en loor, y no en olor, del ingenioso asiento. Pero es hora de que el asunto se trate con desparpajo al menos en las hojas de la prensa libre. Entiendo que los medios de comunicación no le otorgarán al más indispensable de los muebles el tratamiento de fascículos de colección que mereció el cine el año pasado. Ni siquiera saldrán a la venta los consabidos botones gringos de I love W.C. Y es porque el ser humano es ingrato con quienes le sirven bien en los más humildes oficios; esto lo saben miles de anónimas empleadas de hogar que, si no fuera por la invención que nos ocupa, hoy seguirían ejerciendo el duro deporte del lanzamiento de beques.
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