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EDICIÓN 500

¡Feliz cumpleaños, inodoro!

por Daniel Samper Pizano

Este año se celebran cuatro siglos de la invención de un aparato a quien nadie rinde homenajes, pero sin cuya existencia la vida sería una mmm… iseria.

No sé dónde le vamos a poner velitas —parece obvio pensar que en el bizcocho—, pero de todos modos hay que celebrar con fanfarria y honores el cumpleaños al inodoro. Cuatrocientos cumple en 1996 este aparato que cambió por completo el concepto de la vida doméstica y fue, en su momento, un invento incomprendido. Sin él estaríamos aún sumidos en los tiempos bárbaros del “¡agua va!” y la pestilencia.

Feliz cumpleaños inodoro
ILUSTRACIÓN ® DIEGO CORRALES.

Los falsos pudores impiden que el tema sea de recibo en la ONU, que debería haber declarado a 1996 como el Año de la Higiene en loor, y no en olor, del ingenioso asiento. Pero es hora de que el asunto se trate con desparpajo al menos en las hojas de la prensa libre. Entiendo que los medios de comunicación no le otorgarán al más indispensable de los muebles el tratamiento de fascículos de colección que mereció el cine el año pasado. Ni siquiera saldrán a la venta los consabidos botones gringos de I love W.C. Y es porque el ser humano es ingrato con quienes le sirven bien en los más humildes oficios; esto lo saben miles de anónimas empleadas de hogar que, si no fuera por la invención que nos ocupa, hoy seguirían ejerciendo el duro deporte del lanzamiento de beques.

El primer problema con el artilugio, cuyo cuatricentenario celebramos, arranca a partir de los nombres con que se lo conoce. Ninguno es bueno. Todos chirrían. El inodoro parece demasiado formal. El retrete suena extraño, como si se tratara del hermano de la retreta. El sanitario es charrísimo. El dobleú cé pasa por excesivamente afectado. El guáter, como dicen los bogotanos viejos, denuncia una familiaridad que a algunos se les antoja irritante. La letrina implica una descalificación. El excusado es palabra algo malsonante (uno no dice durante una visita: “¿Dónde está el excusado, señora?”).

Menos grave es el excusao que el excusado, pero todavía resulta inexcusable —valga el término— mencionarlo en ciertas circunstancias. El aseo tiene ribetes francamente cursis. Y la taza es una de las más horripilantes palabras que uno puede emplear en este sentido.

Quedamos entonces en poder de algunos eufemismos mencionables en público, como “el baño” —aunque no se trate de bañarse— o “los servicios” —genérico que bien podría abarcar el lavaplatos automático y la secadora—.

De otro modo, habría que saltar a términos para espíritus muy delicados, como el insoportable toilette o tocador. En fin: al útil receptáculo (pensándolo bien, esta podría ser otra denominación) le han ajustado una decena de nombres, pero ninguno ofrece garantías de uso absolutamente cómodo.

Cómodo, en cambio, sí es el aparato. Sobre todo si se lo compara con la que había en el mundo antes de que se generalizara su uso, cosa que ocurrió solamente durante el siglo pasado. En los campos el problema de los detritus humanos se resolvía con una garlancha y un poco de tierra, o acudiendo a matorrales, ríos y quebradas. Varias epidemias de cólera se produjeron por culpa de las aguas contaminadas, y en regiones pantanosas, como algunas de Holanda, el mal olor era internacionalmente famoso. Hasta hace menos de cincuenta años muchas villas holandesas seguían recogiendo en contenedores de madera los residuos que luego eran empleados en la agricultura. De ahí su fétida fama.

En las ciudades la situación era mucho peor. Allí, hasta hace relativamente pocas décadas, la calle servía de alcantarillado público. Observa el historiador español Ricardo García Cárcel respecto a la higiene en el siglo XVII: “Las casas carecieron de cuarto de baño y retretes. Unos recipientes llamados servidores desempeñaban su misión hasta que, al caer la noche, eran vertidos en la calle. A falta de retretes, los portales cumplían tal función. Las calles recogían todos los excrementos de las casas”. Antoine de Brunel, un viajero francés, escribía a mediados de ese mismo siglo que las calles de Madrid eran las más apestosas del mundo, pues “se las perfuma a diario con más de cien mil libras de inmundicia”.

Era normal que los inquilinos de las viviendas arrojaran por las ventanas el contenido de los servidores. En el mejor de los casos, advertían sobre el peligro con un mero grito de aviso (“¡agua va!”), para que los transeúntes se protegieran de la espantosa descarga. Justamente, se dice que hay que buscar en esta práctica el origen de la palabra inglesa loo, que significa inodoro. Los franceses anunciaban el chaparrón con la expresión “Garde a l’eau!” (“¡Cuidado con el agua!”), que los británicos convirtieron el Gardyloo; de allí, la redujeron a la última sílaba.

En caso es que se lanzaban aguas en varios idiomas, hasta el punto de que una ordenanza madrileña de 1639 prohibió, so pena de destierro para el amo y azotes para el criado, que se vaciaran los servidores por las ventanas. Eso sí, la ley autorizaba que la operación de contaminación colectiva se practicara “por las puertas de las calles”. Con horario preciso: en verano, después de las once de la noche. Y en invierno, pasadas las diez.

Semejante conducta cívica, que ahora nos parece digna de cafres, era lo habitual. En París empezaron a construirse pozos de aguas negras en los patios tan solo a fines del siglo XVI. Pero ni siquiera los más lujosos alcázares se salvaban del honor escatológico. En tiempos de Luis XIV (1638-1715) el palacio de Versalles no tenía un solo inodoro con agua corriente. En cambio, estaba en boga el llamado meuble odorant o mueble oloroso, que era una especie de confesionario en cuyo interior estaba dispuesta una silla con los elementos necesarios para la emergencia (hueco y balde). En el palacio había unas trescientas de estas cajas. Si el usuario era un noble de bajo perfil, acudía a buscar el meuble odorant más próximo. Pero si era un señorón de la corte, chasqueaba los dedos y los sirvientes le llevaban el aparato hasta el lugar que fuera de su gusto. Después, esos mismos criados se encargaban de llevarse el equipo.

Pese a los esfuerzos, no podría decirse que la Corte del Rey Sol se distinguía por su higiene. La duquesa de Orleans dejó consignado en su diario un comentario demoledor sobre lo que ocurría en Versalles: “Hay una cosa sucia de la Corte a la que jamás me acostumbraré: en las galerías que se encuentran frente a nuestras habitaciones, la gente orina en todas las esquinas”.

Este era el escalofriante panorama del aseo en Europa cuando se hizo famoso en la aristocracia inglesa sir John Harrington, un ahijado de la reina Isabel I (1533-1603) que se había granjeado la antipatía de su madrina por distribuir literatura pornográfica italiana en la Corte. La reina, escandalizada por la afición de sir John, que era un simpático escritor e inventor, lo expulsó de su entorno. Y el cortesano, que estaba decidido a recuperar el cariño de su madrina, escogió —no sabemos por qué— llegar a su corazón por las vías digestivas. Gracias a ello nació el inodoro.

Un día feliz de 1596 sir John se apareció en los aposentos reales con un complicado aparato cuyo propósito resultaba bastante claro. Al mueble principal le caía la descarga de agua de una cisterna ubicada en la parte alta del equipo, y esa descarga permitía arrastrar los residuos por un caño con salida a un pozo séptico. El retrete, excusado, etc., había sido inventado. El principio es el mismo que hoy sigue accionando estos artefactos: una cisterna vierte su acuático contenido sobre el punto principal del mueble; el agua, impulsada por la gravedad, establece un sistema de evacuación hidráulica y los detritus se van al sifón.

La única diferencia esencial entre el inodoro de Harrington y los que se usan ahora es que aquel tenía una especie de trampa o esclusa seca, y no el pequeño depósito de agua que permanece siempre en el fondo de la famosa taza. Este es clave pues hace las veces de bloqueador de olores.

Parece sencillo cuando uno lo ha conocido siempre. Pero semejante recurso no se le había ocurrido a nadie antes que a sir John. La reina Isabel I no fue muy entusiasta con el invento de su ahijado, pero el regalo sirvió al menos para que lo recibiera de nuevo en la Corte. No por mucho tiempo, es verdad. Porque el irreprimible Harrington resolvió escribir después un libro de humor sobre el dispositivo, y la reina lo consideró tan vulgar que volvió a expulsar a sir John y su invento fue objeto de denuestos, burlas y olvido.

Tuvieron que transcurrir casi dos siglos antes de que alguien se atreviera a desenterrar el artefacto de Harrington y mejorarlo. Fueron dos compatriotas suyos los que, en la década de 1770, patentaron retretes derivados de aquel que había estrenado Isabel I. En 1775 el matemático y relojero inglés Alexander Cumming introdujo una modificación revolucionaria en el primitivo inodoro, que lo hizo verdaderamente acreedor a ese nombre. Consistía en un tubo curvado que permitía, según descripción del propio inventor, “retener una cantidad de agua tal que permite cortar cualquier comunicación de malos olores con lo de abajo”. Y en 1778 el mecánico Joseph Bramah registró una válvula que cerraba ese mismo punto crítico.

En los primeros diez años se vendieron más de seis mil excusados equipados con la válvula Bramah. Pero después dejó de ser un producto de fácil salida, y su inventor se dedicó a la ebanistería. En cuanto al de Cumming, solo empezó a ser adoptado en forma masiva más de un siglo después.

Gracias a estos tres nombres —Harrington, Cumming y Bramah— la vida moderna cuenta con el más discreto, pero el más importante de los elementos de higiene. Sin este adminículo resulta difícil pensar que los baños y las casas hubieran alcanzado la comodidad, la pulcritud y la protección contra los malos olores que ahora tienen. ¿Será posible que una mezcla de vergüenza mal entendida e ingratitud prive a sir John Harrington del homenaje que le debemos tantos ciudadanos agradecidos, cuatrocientos años después de su genial invento?

(Este artículo fue publicado originalmente en la edición de la revista Diners 166, en la sección “Notas de otra parte”, de marzo de 1996).

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Autor

Acerca de Daniel Samper Pizano

(Bogotá, 1945), periodista de investigación, escritor, editor, columnista de varios medios de comunicación y libretista de series de televisión, colaborador de Les Luthiers, conferencista y profesor universitario.
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