Grageas para viajar en el mismo sitio

Ilustración: Miguel Andrade.

1.

Arco de la Loma Grande y calle Rocafuerte. En esta esquina Danilo le rompió la cara a su profesor de karate, un gigantesco exparacaidista que el resto de su vida, no muy larga por cierto, se dedicó a buscarlo con el objeto de matarle. Y lo mató. Tres semanas más tarde, el karateca murió abaleado por el hermano mayor de Danilo, quien varias noches después terminó acuchillado. Así empezó un va y viene de matanzas entre dos familias que hasta entonces ni siquiera se habían conocido. Ya pueden imaginarse cómo volverían a morirse los muertos, pues, los vivos casi protagonizan una muerte mutua y colectiva cuando, años más tarde, una sobrina del difunto Danilo se casó con un hijo del karateca. Los novios tuvieron que huir al extranjero para que les resulte posible la vida. Y no lo consiguieron, según dicen.

2.

El reloj de la torre está atrasado con años, con siglos, aunque en este instante tiene la hora precisa: seis de la mañana del año 2022. La plaza de Santo Domingo ha sido abandonada como un astillero en ruinas. Su iglesia es una nave hundida llena de desvalidos como almas de piratas. En el centro de la plaza Antonio José de Sucre y su fiel caballo emergen lentamente de la neblina. Dos gamines, uno adolescente y otro, aún pequeño, se encaminan por la pendiente de la Maldonado rumbo al sur. ¡Hay alguien aquí!, grita un borracho en medio de la plaza como si hubiese entrado a una inmensa casa de hacienda. El doctor Andrango y su docena de perros igualmente esqueléticos irrumpen a través del arco de la Loma con su cochecito Supermaxi lleno de cachivaches. Hace pocas horas la plaza era una feria, un despostadero humano con orquestas, con monigotes del presidente y los petardos y la gran hoguera que lo convirtió en cenizas. El número principal fue un hombre en llamas que abrazando a la gente despavorida corrió por medio de la plaza hasta quedar carbonizado frente al templo. Miren cómo se disputan su chamuscado esqueleto los perros del doctor Andrango.

3.

Entre los dos suman los dedos de mano y media. El Niño está recostado bocarriba mirando las estrellas. No se mueve ni parpadea. Ni siquiera cuando los zapatos de los transeúntes escapan de pisotearlo. A unos cuatro metros está sentada la Niña. En sus manos la manzana parece una sandía redonda. Sus dientes diminutos intentan atravesar la verde piel, pero no tienen la fuerza suficiente. La manzana rueda por su pringoso vestido, y de allí a la acera y de allí a la calle. Gatea, espera que pasen los autos, vuelve a tomarla. Vuelve a su sitio. Vuelve a sentarse y a su tarea. La manzana parece de madera. Los buses llegan, despliegan sus puertas, la gente sube o baja y se desparrama como una lenta mancha bulliciosa. El Niño inmóvil sigue buscando algo en las estrellas. La Niña sigue intentando clavar sus dientes en la manzana que vuelve a escaparse hacia la acera. El Niño ha terminado por dormirse bajo las estrellas. La Niña, igual, duerme abrazada de la manzana inaccesible, como de un oso de peluche.

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