Historia de un tomate (en cuatro escenas)

¿Cuál es la ruta de la producción agrícola en el país? ¿Qué pasa desde la siembra hasta la venta final en una pequeña tienda de barrio? ¿Por qué, en el camino, todo se encarece tanto? El tomate, uno de los productos más populares, es apenas un ejemplo, pero puede responder a todas estas preguntas… y más.

Caja de tomates.
Pimampiro. La familia Guamán Andrango saca del invernadero las cajas de tomate cosechado, que después será separado por tamaños. Fotografías: César Morejón.

Escena uno
El otro efecto invernadero

La niña va por el tercer tomate. Los devora con vehemencia, uno tras otro, bajo los restos del sol de la tarde y un universo de mosquitos que revolotean entre nosotros. Yo digo que me sorprende ver a alguien que coma los tomates así, como si fueran manzanas, sin ponerles, al menos, sal. La niña se llama Maité, tiene diez años, sonríe.

—Aquí va a ver a todo el mundo comer así los tomates —me responde Alcívar Guamán, el padre de Maité, mientras sigue acomodando, junto a su familia, las ochenta cajas de tomate riñón que llevará la madrugada siguiente a vender en el Mercado Mayorista de Ibarra.

Este pueblo de sesenta familias, construido en las montañas de Pimampiro, podría llamarse La tierra del tomate, pero se llama El Inca. El refrán dice que preguntando se llega a Roma; pero yo, preguntando, llegué acá, a La tierra del tomate. La idea era contar —a través de un ejemplo— toda la cadena de la agricultura. Descubrir qué sucede desde que alguien siembra y cosecha hasta cuando el consumidor final se lleva el producto a casa para preparar su alimento. Y saber, también, por qué en ese camino pueden encarecerse tanto.

—El mejor tomate viene del Mayorista de Ibarra —me explicó, días atrás y casi científicamente, una mujer detrás de su delantal en el mercado de San Roque, en Quito—. De todo lado vienen a comprar ese tomate.

—¿Por qué?, ¿qué tienen de especiales?

Pimampiro. La familia Carosama realiza la selección de pimientos en el patio de su casa para sacarlos a la venta en Ibarra.

—Es que dura más tiempo. Por ejemplo, el tomate de Guayllabamba se hace más rojo, se ve más lindo, pero dura máximo una semana. El tomate que viene de Ibarra puede no hacerse tan rojo, pero dura hasta tres.

Luego me dijeron que el tomate que se vende en el Mercado Mayorista de Ibarra se produce, principalmente, en Pimampiro, cantón oriental de Imbabura. Y que el tomate de Pimampiro se da aquí, en El Inca. Tras una larga callejuela de tierra, el pueblo se materializa como un valle montañoso repleto de esos plásticos verduzcos o amarillentos que componen los invernaderos. (Cuando llegue, va a ver un montón de invernaderos, me habían dicho. Cualquiera de ellos tiene tomate). Y es verdad, están por todo lado. Si por algo se reconocerá a este pueblo, será por sus invernaderos, aunque no siempre fue así.

—Hace unos veinte años no había invernaderos y aquí no se daba tomate —me dice Alcívar Guamán: veintitrés años, pequeño, moreno y macizo, con su ropa deportiva ennegrecida por el trabajo, sin parar de acomodar las cajas que le va pasando su esposa—. Trabajábamos al día: fréjol, cebolla, arveja. Entonces, 2001 o 2002, alguien construyó el primer invernadero y pudo sembrar tomate. Construyeron más y cada vez más gente sembraba tomate. Nosotros trabajábamos en las plantaciones de otras personas, ahí fuimos aprendiendo todo.

El invernadero otorga un clima mejor para el tomate y protege el cultivo de la intemperie, del sol, del granizo —me explicará Nicolás Borja, ingeniero agrónomo que por su trabajo conoce bien la zona—. Permite controlar más fácilmente la maleza, la dotación de agua. Eso, sumado a la calidad de tierra en El Inca: más arenosa y buena para las raíces, permitió que, en estos veinte años, con la producción de tomate, este pueblo se transformara.

Los domingos y los miércoles son días de cosecha, porque los lunes y los jueves, por la madrugada, funciona el Mayorista de Ibarra y deben alistar sus cajones de tomate. Hoy es domingo por la tarde, casi noche, y hay un desfile de camiones, camioncitos y camionetas que llegan vacíos y se van llenos de producto. En El Inca fundamentalmente hay tomate, aunque también algo de pimiento, aguacate y cebolla. No todos los agricultores tienen su propio transporte, y a aquellos que no les toca pagar hasta sesenta dólares por flete a uno de esos camiones que recorren los pueblos de las montañas: Turupamba, El Alizal, Mariano Acosta, Los Árboles… comprando el producto para revenderlo en el Mayorista. Alcívar Guamán tiene una Chevrolet Luv, viejita, cabina simple, y gracias a ella puede llevar su tomate personalmente al mercado y ahorrarse el dinero del flete. Él, su esposa y sus tres hijos han estado trabajando desde las siete de la mañana, cosechando y preparando las cajas.

Comiendo un tomate.
Pimampiro. Maité Guamán come un tomate con su madre Blanca Andrango, junto a las cajas de tomate cosechadas.

—Hoy voy a ir llevando ochenta cajas —me repite, orgulloso, mientras la pequeña Maité le da las últimas mordidas a ese tercer tomate—. Aquí están cuarenta y en la casa otras cuarenta, pero aún tengo que clasificar.

El tomate se clasifica por clases y la clase la define el tamaño. Si eres tomate, ser grande te otorga estatus. Los tomates más grandes y gruesos son los de primera clase; los medianos, que todo el mundo conoce como “parejos”, son de segunda clase; luego vienen unos más pequeños, ya casi sin gracia, que son de tercera clase; y, al final de la cadena, unos tomates muy enanos y redondos a los que les llaman “bola”. Mientras más grande, el tomate cuesta más.

Hace ocho años, Alcívar Guamán decidió que ya no quería seguir trabajando en las plantaciones de otros. Pidió dos créditos en una cooperativa, de catorce mil dólares cada uno; y con ese dinero construyó dos invernaderos —cuatro mil metros cuadrados en total—, compró novecientos dólares en semillas de tomate y todo comenzó. De los créditos aún le falta un año por pagar: un promedio de mil dólares mensuales. Mientras me muestra por dentro uno de sus invernaderos, donde ya no hay tantos moscos como en el exterior, me va narrando el proceso:

—Primero toca arar con tractor. Se hace el pedido de la planta en Ibarra y se siembra. Demora tres meses en dar fruto y cada planta bota tomate durante otros tres meses. Son tres meses cosecha-fumiga-cosecha-fumiga. Con químicos. Desde que se siembra, hasta que toca desechar las plantas, pasan seis meses; luego todo empieza de nuevo.

Ibarra. El Mercado Mayorista de Ibarra abre sus puertas a las cuatro de la mañana, los productores entran con sus camiones y camionetas llenas de productos a un canchón de tierra donde los compradores miran el producto para comprarlo en grandes cantidades.

—¿Sacan las plantas y toca volver a arar y sembrar?

—Exacto.

—¿Y cómo saben cuándo una planta está para desechar?

—Depende de cómo esté la mata. Por ejemplo, esa, que ya está deteriorada, ya no tiene fruto; esa se saca, ya no nos sirve.

Cada cartón de tomate pesa dieciocho kilos y Alcívar Guamán espera vender cada uno en cinco dólares a la madrugada. Lo dice resignado, porque “eso no alcanza”.

—El precio básico para nosotros sería de diez dólares. Pero a veces baja porque hay mucho tomate. O por la temporada. Por ejemplo, en estos tiempos hubo feriado, feriado, feriado; entonces, ahí la gente no consume tanto y se acumulan los tomates.

Oscurece y la familia Guamán Andrango comienza a subir los cuarenta cartones que recogieron en este invernadero en la Luv cabina simple para llevarlos hasta su casa, clasificarlos y dejarlos listos para el Mayorista. Planean estar en Ibarra a las cuatro de la mañana, apenas abra el mercado. La pequeña Maité me dice, como quien cuenta una travesura, que suele tomar algunos tomates para dárselos a sus chanchos. Su padre me dice que ella es buena con los animales, que también ayuda a cuidar los cuyes.

A esa hora, en la mayoría de las casas de El Inca, las familias están en las mismas: clasificando tomates, pimiento, aguacate, con unas lucecitas muy tenues que se ven como velas en la oscuridad de la montaña. La mayoría son pequeños agricultores, familias que se organizan para producir, que construyeron un canal para traer el agua para el riego. Pero está también el galpón grande e iluminado de la familia Valle, desde donde saldrán esa noche entre ochocientas y mil cajas de tomate, en sus camiones propios, rumbo al Mayorista de Ibarra y al de Quito —al menos diez veces más de lo que cargó Alcívar Guamán en su camioneta—.

Aunque es el mismo, el camino de salida se siente aún más largo que el de entrada. El Inca va quedando atrás, en silencio. A pesar de la penumbra, se siguen distinguiendo en las montañas los colores de los invernaderos.

Escena dos
El poder del mercado

En el caos está su orden.

Son las cuatro y media, el frío agresivo de la madrugada.

El Mayorista de Ibarra es, en realidad, muchas cosas. Son dos parqueaderos muy grandes, divididos por la calle, en los que caben más de quinientos camiones, camioncitos, camionetas. Son los agentes de seguridad guiando —a los gritos— a los choferes para que no se choquen al parquear en espacios pequeñísimos. Son el peregrinaje y el ruido de los compradores: ¿a cuánto el pimiento?, ¿tiene tomate grueso?, ¿parejo?, ¡ya está vendido! Es una señora con delantal que se mueve incesante de un camión a otro y va anotando todo lo que compra en una libreta. Son los aromas que se mezclan y compiten entre sí, porque uno puede estar oliendo el penetrante ají y dos pasos más allá toparse con la fragancia del pimiento. Es ese hombre que saca los dólares por montones, de quinientos en quinientos, de un canguro que lleva amarrado en la cintura. Son los locales de las calles aledañas. Son los colores. Es Germánico, un expolicía de 48 que desde hace tres años trabaja junto a su esposa recogiendo aguacates de Mira, Urcuquí, Atuntaqui, y los venden a diez dólares el bulto de 150 aguacates —seis centavos por aguacate, aunque en una tienda en Quito se venden tres y hasta dos por un dólar—.

Alcívar Guamán parquea su Luv en el sector destinado para la venta de tomates, pero apenas se baja, José Yacelga lo aborda y le pregunta el precio por caja.

Ibarra. El movimiento de la venta de productos durante la madrugada crea un poco de desorden por la cantidad de gente que pretende hacer transacciones.

—Siete dólares —le responde Guamán, y Yacelga saca enseguida 560 dólares y se los entrega a cambio de las ochenta cajas de tomate que la tarde anterior apilaba junto al invernadero.

Le digo que le fue bien y le recuerdo que él esperaba que le pagaran cinco dólares por caja, pero que le acaban de pagar siete.

—Sí —me dice—. Hoy fue beneficioso para nosotros.

Todo puede cambiar en minutos. Lo llaman poder de mercado: cuando hay mucho tomate, cuesta menos, les pagan menos a los agricultores. Cuando hay menos tomate, les pagan más. Oferta y demanda. La semana pasada el precio de la caja estuvo en cinco dólares, pero hace algunas semanas estuvo en diez; hace media hora se vendía en 7,50 y hasta en ocho, pero ya bajó a siete. Y así con todos los productos. ¿Quién pone los precios?, le pregunto al dueño de una de las bodegas de la esquina del mercado. Los compradores, responde, y me explica que incluso suelen llamar al Mayorista de Ambato para saber cuánto tomate hay allá y en cuánto se está vendiendo. Que luego se ve cuánto tomate hay aquí y entonces ponen el precio. A los agricultores no les queda más que aceptar.

La mayoría de compradores vienen de Quito —desde donde se distribuye al resto de la Sierra— o de Santo Domingo —desde donde se distribuye a la Costa—. Los primeros destellos de la luz van apareciendo y, con ellos, los camiones en los que se carga el producto se van llenando de a poco. Pronto emprenderán sus viajes hacia otros mercados.

Escena tres
El virus

Sin tomate esto no es puesto, me dice Ligia Navarrete, desde la Plataforma 23 de Abril del Mercado de San Roque, en el centro de Quito. Está rodeada de tomate: cajas grandes, cajas chicas, fundas grandes, fundas chicas; aunque también se ven unos aguacates, y chirimoyas, mandarinas, limones. Ligia es pequeña, delgada. Tiene cincuenta años y trabaja todos los días en este mismo mercado desde hace treinta. Se lo sabe de memoria:

—De aquí llevan el producto a los mercados de Calderón, de Carapungo, muchas veces hasta al Mayorista, a Latacunga, a Riobamba, a Guayaquil, a Ambato. Pero también vienen familias, amas de casa; eso nos ha obligado a hacer los paquetitos de a dólar. A usted en la tienda un tomate le cuesta quince o veinte centavos; aquí tenemos quince tomates un dólar, del grueso. Las clientitas llevan esa fundita y les representa, pues, para la semana de comida. Y, obviamente, aquí en el mercado les damos su yapita.

En San Roque es aún mayor el ruido, los gritos, los aromas de las comidas, el calor. Son las once de la mañana y hay mucho movimiento, carros ingresando, personas gritando precios, moviendo cajas y costales. Ligia me cuenta que antes de la pandemia pedía 160 cartones de tomate por semana, de esos que vienen del Mayorista de Ibarra, pero que ahora ya no puede pedir más de ochenta.

—No porque no queramos, sino porque la gente ya no compra como antes y ahí se daña el producto.

—¿Y esto es desde la pandemia?

—Por la pandemia, porque no hay dinero que alcance. Vea, nosotros ahora traemos la mitad de tomate. Y eso es en todos los productos. Incluso mucha gente ha optado por retirarse. Antes, de estos cartones grandes los clientes de las tiendas llevaban cuatro o cinco pasando dos días, ahora con esta pandemia, la situación está en decadencia. Eso nos ha obligado a hacer cajas pequeñas. A veces se viene es a vender dos cartones. ¿Y dónde está la ganancia? A mí me conviene más paquetear.

Paquetear —se entiende— es hacer paquetes más pequeños, para lograr vender. Por una caja que le llegó desde Ibarra, ella pagó 8,50 dólares (47 centavos por kilo) y la vende a diez (55 centavos por kilo). Pero, como ya casi nadie compra el cartón completo, ha tenido que armar unos cartones más pequeños para venderlos a cinco y también hacer las funditas de dos o de un dólar.

—Yo educaba a mis hijas de aquí; ahora ya no alcanza para eso, ahora solo para comida sale de aquí —me dice, y me cuenta que ya tiene que irse a Guayllabamba, donde vive, para recoger unas mandarinas que su esposo está cosechando.

Escena cuatro
La última parada

Ibarra. Los compradores y vendedores regatean por el precio del producto utilizando sus teléfonos como calculadoras.

La tienda se llama Víveres Jhonny y está en Conocoto, al suroriente de Quito. Jonathan Guanocunga tiene apenas veintidós años, su pinta dominguera: pantaloneta, camiseta y zapatos deportivos; pero es un gran conocedor, porque ayuda a su tía —la dueña de la tienda— desde que tenía doce. El lugar luce abarrotado de productos. Varios congeladores para gaseosas, aguas, jugos, cervezas, carnes, quesos, yogures; muchas estanterías para arroces, azúcares, aceites, atunes, duraznos en almíbar; exhibidores para chocolates, chupetes, chicles, caramelos. Junto a la vitrina donde está el pan, la estantería de las verduras. En la esquina inferior izquierda, dentro de un recipiente plástico negro, los tomates.

—Las verduras traemos todos los martes, y a veces los jueves, del Mercado de Sangolquí —me dice Jonathan, tímido; no es un gran conversador—. A las cuatro de la mañana tenemos que estar allá.

Jonathan atiende a otro cliente con amabilidad, pero con las palabras justas. Luego, me dice que, por suerte, ellos tienen la camioneta y pueden ir al mercado, porque, si no, todo costaría más.

—El precio del tomate varía mucho. El jueves pagamos doce dólares por la caja (66 centavos el kilo). Si compráramos en los camiones que pasan dejando por aquí, habría costado por lo menos unos tres dólares más.

Cuando le pregunto a cuánto vende él un kilo de tomate, me contesta que ochenta centavos. Un resumen muy cortito —y con el perdón de las fluctuaciones del mercado— podría decir que el kilo de tomate que el agricultor vende en el Mayorista de Ibarra a 38 centavos llega al mercado de San Roque a 47 centavos y sale de ahí costando 55. Se compra en un mercado secundario, como el de Sangolquí, a 66 centavos y se vende en una tienda de barrio a 80. Entre los 38 centavos del valor inicial y los 80 centavos del final, hay más del doble.

Le digo a Jonathan que voy a esperar unos minutos para ver si alguien viene a comprar tomate.

—No creo —me dice—, hoy domingo de tarde la gente viene a ver el pan y la leche. Ya mañana, para el almuerzo, ahí sí se vende bastante.

Y su predicción es milimétricamente real: nadie viene, así que me retiro. Lo último que se ve al salir de la tienda es el cajón plástico de los tomates. Afuera solo queda la noche, el ruido leve de un par de vehículos y las luces que se reflejan sobre el pavimento.

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