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Mapas de mundos reales e imaginarios

por Verónica Jarrín Machuca

Desde tiempos ancestrales, el ser humano busca reconocer y dominar su entorno; para eso, ha creado señales, dibujos, marcas de camino. De ahí que los mapas no solo representan el mundo, sino también cuentan historias sobre poder, desarrollo cultural y expansión del conocimiento.

A principios del siglo XX, el poeta César Vallejo escribió sobre la alegría de perderse en la naturaleza: “Qué amable es perderse por falta de caminos (…) Cuánto tiempo he pasado en París sin riesgo de perderme (…) La ciudad es así, no es posible la pérdida”. Vallejo se quejaba de que las calles citadinas estaban llenas de flechas y señales que no le permitían equivocar el rumbo. En sus palabras se revela la nostalgia del hombre moderno que anhela descubrir nuevos horizontes, pero que vive en un mundo en el que todos, o casi todos, los territorios han sido explorados, descritos y representados en un mapa.

Mapas cantados

Los songlines o mapas sonoros.
Los songlines o mapas sonoros de los aborígenes australianos.

En la Antigüedad, no todas las personas entendían los códigos utilizados en un mapa. Como la información era muy valiosa, había que transmitirla también verbalmente. El viajero que las recibía tenía que memorizarla, y una forma de memorizar la ruta era a través de versos fácilmente recordables.

En el libro Los viajes más increíbles. Maravillas de la navegación animal, David Barrie relata que los inuits, habitantes del casquete polar ártico, fijan puntos de referencia en el blanco y helado paisaje y crean canciones para transmitir su guía de navegación a otros caminantes.

De igual forma, los aborígenes australianos crearon las songlines o líneas de canto, versos en los que describen las rutas hacia lugares sagrados que se deben visitar. No son únicamente instrucciones sobre direcciones o hitos geográficos, también guían al viajero para que sepa qué alimentos puede comer en el camino y los peligros que deberá sortear al atravesar el desierto rojo o los bosques habitados por cocodrilos. Además, contienen riquísimas y detalladas descripciones que incluyen el origen mitológico de algunos lugares, y son tan precisas que incluso los colonos las utilizaron para moverse por el territorio.

El viaje de La odisea.
El viaje de La odisea.

Es probable que poemas épicos como La odisea también hayan descrito rutas de navegación reales, con puntos geográficos más o menos identificables para la audiencia. La cantidad de mapas creados a partir de las descripciones de Homero demuestra que la ruta de Ulises era bastante rastreable.

De mapas ficticios a mapas reales

Los mapas no son solo rutas y accidentes geográficos, son también el trazo hacia riquezas escondidas y grandes aventuras. De hecho, clásicos como La isla del tesoro de R. L. Stevenson y Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne incluyen el descubrimiento de un mapa que desencadena una serie de hazañas. Algunos mundos literarios contienen sus propios mapas, como los que boceteó J. R. Tolkien para su saga El señor de los anillos, el mapa del condado Yoknapatawpha de Faulkner en su novela Absalón, Absalón o el trazado por Miguel Delibes para Las ratas.

Mapa de La isla del tesoro
La isla del tesoro por Munro Orr.

El vínculo entre mapas y literatura es una relación que merece la pena explorar: Borges, en su cuento “Del rigor en la ciencia”, imagina un país en el que se crean unos mapas desmesurados que llegan a medir lo mismo que los territorios que representan, tanto así que la gente puede habitar el mapa.

También se pueden mencionar las cartografías inspiradas en universos fantásticos como el País de Nunca Jamás, el País de las maravillas o Macondo y sus alrededores de Cien años de soledad. Y qué decir de los mapas del Edén, como el elaborado en el siglo XVII por el monje alemán Athanasius Kircher o los innumerables mapas del infierno de Dante.

Convenciones cartográficas y códigos

Primer mapa de la historia en tablilla de Babilonia (600 a. C.).
Primer mapa de la historia en tablilla de Babilonia (600 a. C.).

Los mapas de territorios reales no siempre se han dibujado como los que conocemos. El mapa babilónico, uno de los primeros de la historia, conservado en el Museo Británico, tiene ciertas convenciones que luego se repetirían en otros. Tenía a Babilonia en el centro (los mapas griegos pondrían a Grecia, etc.) y el mundo era representado con un semicírculo rodeado de agua. Los mapas medievales Orbis Terrarum, conocidos como de T en O, reproducen esas mismas particularidades. Estos eran unos mapas más simbólicos que geográficos, incluían la ubicación del paraíso en la parte superior, con Asia y Europa y África bajo los laterales de la T y Jerusalén en el centro. Vale la pena señalar que estos mapas no tenían el norte en la parte superior.

El geógrafo y astrónomo alejandrino Ptolomeo fue el primero en publicar, en su Geografía, algunas reglas para dibujar mapas: orientar el plano con el norte arriba, trazar líneas de paralelos y meridianos, y usar la proyección cónica para compensar el problema de trasladar una esfera a un plano.

Durante varios siglos, hasta el descubrimiento de América, los mapas representaron un mundo incompleto. Juan de la Cosa, piloto de una de las carabelas de Colón, la Santa María, fue el primero en representar el Viejo y el Nuevo continentes juntos en un mapa.

Ya con un mejor conocimiento del mundo, en 1590, el Gerardus Mercator volvió al problema de trasladar la esfera a un plano y creó la llamada proyección de Mercator para la representación cartográfica. Con esta se produce una distorsión en el tamaño de los países. Por citar un caso, en los mapas con esta técnica, América del Sur y África parecen tener el mismo tamaño, cuando en realidad África es mucho más grande. De ahí que, en su momento, se cuestionó la proyección de Mercator como un instrumento de dominación económica y cultural.

Mapa de América del Sur por Gerardus Mercator.
Mapa de América del Sur por Gerardus Mercator.

Mapas para el interior del alma

Entre los siglos XVIII y XIX se popularizaron los mapas del corazón. Las cartografías sentimentales representaban los altibajos del amor, el noviazgo y el matrimonio. La Carte de Tendre o mapa de la ternura, dibujado en 1654 por Madeleine de Scudéry, muestra accidentes geográficos como el lago de la Indiferencia. En 1748 Thomas Sayer trazó un mapa gráfico del camino del amor y el puerto del matrimonio, y en 1777, Johann Gottlob diseñó el mapa del Imperio del amor. Entre estos planos sentimentales, destaca el mapa del país abierto del corazón de la mujer, realizado en Connecticut, en el siglo XIX.

Dichas cartografías, en lugar de ser instrumentos de precisión, son expresiones gráficas de la subjetividad. Actualmente, algunos artistas han recurrido al plano para registrar el mundo interior, como los mapas hechos con palabras de Paula Scher o el del novelista Joe Dunthorne que grafica las influencias, ansiedades, fracasos anteriores, esperanzas y estímulos que surgen durante la escritura. Por su componente estético, los mapas permiten crear un discurso poético con el sentir humano en el centro de atención.

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Acerca de Verónica Jarrín Machuca

Catedrática universitaria, periodista y escritora, ha publicado artículos y ensayos en diversas revistas nacionales e internacionales.
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