Histeria en Buenos Aires
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Histeria en Buenos Aires

histeria en Buenos Aires - copia

Por Ana Cristina Franco

Mi organismo es tan sensible que una taza de café bastaría para mandarme a emergencias. ¿Qué tengo? ¡Explíqueme! Sea lo que sea, prefiero saberlo de una vez, le digo al doctor temblando. Mi espíritu hipocondríaco sospecha una enfermedad mortal. Está “de los nervios”, me dice él. ¡De los nervios!

La receta es simple: hacer un viaje y cambiar de aire. ¿Qué mejor lugar que Buenos Aires? Caminar alrededor del Obelisco con el bloqueador solar en la cara y comprar postales en La Boca. Ser una más del montón y entregarme al placer de ser light. Pero no se puede ser light en la ciudad de la furia, que nunca duerme, que nunca para. La vida me ofrecía un gran banquete y yo, sin dientes, temblando ante el vértigo de la gran metrópoli.

En lugar de visitar bares, restaurantes y discotecas, hice un gran tour por los hospitales de Buenos fucking Aires. Estaba en el subte cuando el corazón me empezó a latir a velocidades absurdas. Me llegó la hora, pensé. Estoy sufriendo un paro cardiaco y en pocos minutos habré muerto. Ni modo. Parece que dejaré de respirar en un deprimente vagón porteño. Sola, sola, sola.

Los problemas internos no resueltos salen por el cuerpo y es difícil aceptar que los síntomas son psicológicos pues la sensación es real. El corazón corre de verdad, las manos tiemblan de verdad.

Milagrosamente, sobreviví al subte y llegué al hospital gritando: “¡Necesito un doctor! ¡Un doctor que me salve!” Debido a una carencia paterna, prefiero los doctores a las doctoras. En ese momento de angustia, necesitaba una presencia determinante, varonil. Los doctores son fuertes, seguros y amables. Las enfermeras, en cambio, son arpías. Mientras moría comentaban en voz baja sobre mis medias impares; seguro estaban celosas del doctor, que es su macho alfa. Ellas giran alrededor de él como en una comunidad patriarcal y se vengaron de mí enviando a una doctora.

¡Tengo un ataque al corazón!, dije enloquecida. ¿Cómo está la relación con su madre?, me preguntó la doctora. Haga algo, por favor, ¡me estoy muriendo! ¿Y su padre?, ¿cómo se lleva con él? Por favor, ¡quiero un doctor! Yo soy la doctora ¡Un doctor!, ¡un doctor hombre!

Es verdad, cualquier enfermedad es la sintomatización de un proceso interno, pero en Buenos Aires exageran: hasta los peluqueros te hablan de Freud y si un buen día te aumentan las dioptrías, seguro el oftalmólogo te dirá que “hay algo que no querés ver”. Mientras mi cuerpo se desprendía de mi alma, la doctora no se limitó a analizarme sola, trajo a un séquito de estudiantes de Psiquiatría para observar mi caso. Con el corazón en la garganta terminé confesando a una sarta de ilustres desconocidos todos mis problemas sicovaginales. Para mí fue atroz, pero ellos tuvieron el mejor día de sus miserables vidas, lleno de grandes descubrimientos para su ciencia. Ni siquiera debí pagarles: ellos debieron haberme pagado a mí.

A partir de este día, decidí no luchar más e incluir la sala de emergencias en mi itinerario turístico. Cuando llegaba a un hotel, antes de preguntar “¿Hay agua?” o “¿el baño es compartido?”, preguntaba algo mucho más importante: “¿Hay un hospital cerca?”. Y una tarde, mientras caminaba por las calles de Santa Fe cargando mi cruz, me di cuenta de que no había escapatoria. ¿De verdad creía que un doctor podía salvarme del azar? El miedo a la muerte es en realidad miedo a la vida. Y en este mundo no existe un solo lugar seguro. Aún no he muerto: todavía me quedan hospitales por demoler…

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