Hiperconectados
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Hiperconectados

Por Xavier Gómez Muñoz
Edición 456 – mayo 2020
Fotografía: Shutterstock | Xavier Gómez M.

Tres escenas:

1. Suena el celular y empieza a titilar esa luz diminuta que indica que tiene un mensaje por revisar. Usted la mira de reojo, pero la ignora porque está en otra cosa y sabe que si fuese una emergencia le llamarían. Más tarde se encuentra con que se trata de una amiga o un compañero del trabajo a quien ha dejado en doble visto y, claro, aunque nadie dice nada, ambos piensan que ha sido una conducta descortés de su parte.

2. Respondió varios emails, interactuó con los grupos de WhatsApp del trabajo, los vecinos del conjunto, los amigos del colegio y la guardería del perro. Posteó, indignado, su opinión sobre la última noticia de corrupción, tres memes, una queja sobre algún servicio. Además, le puso like a las fotos del despacho donde su amigo Juanito hace teletrabajo, se entretuvo con los comentarios del matrimonio de la prima de su compañera Diana, a quien no conoce en persona, y estuvo pendiente de los likes, compartidos y comentarios que suscitaron sus publicaciones. Al otro día, apenas despierta, estira la mano para coger el celular del velador y volver a conectarse.

3. Los medios de comunicación y usuarios de redes sociales publican minuto a minuto contenido, digamos sobre el paro nacional, el conflicto Estados Unidos-Irán o la pandemia del coronavirus, y usted, con el hambre del ciudadano digital que intenta estar informado, comparte el mismo espacio físico con varias personas durante todo el día, pero está mentalmente en otro: con la atención en Internet y las redes sociales.

He ahí la hiperconexión en tres momentos del día. Un estado de atención excesivo a las tecnologías de comunicación, y en especial a los celulares que el estudioso de los medios estadounidense Henry Jenkins comparó con una navaja suiza conectada a la web, y que conduce al descuido de la vida offline. Pero para explicarlo mejor tal vez convengan algunas cifras: en un mundo de alrededor de 7,5 mil millones de personas, 4,5 mil millones son usuarios de Internet y pasan conectados un promedio de seis horas con 43 minutos al día. Es decir, más de cien días al año, según el informe Digital en 2020, publicado por las agencias especializadas en plataformas digitales We are social y Hootsuite. Ese mismo estudio señala que el acceso a Internet ocurre en el 92 % de casos mediante teléfonos móviles.

Pero que las tecnologías achicaran las distancias y el tiempo y cambiaran la forma en que nos comunicamos no es malo. Sobre sus beneficios en el comercio y la economía, la educación y el intercambio cultural e informativo ya se ha hablado bastante. El problema ocurre cuando el acceso inmediato que permite, por ejemplo, un servicio de chat (escena 1) hace que nos sintamos en la obligación de atender varios asuntos al mismo tiempo —conexión 24/7 no significa capacidad de respuesta 24/7 ni ubicuidad del usuario—, lo cual nos mantiene mentalmente sobreocupados. En países como Francia ya se reconoce el derecho a la desconexión digital de los trabajadores desde 2017. En el ámbito personal aquello siempre dependerá de cada uno. Sin embargo, quedan en el aire algunas preguntas: ¿Las tecnologías actuales y su filosofía “todo a un clic de velocidad” han hecho de nosotros personas menos pacientes (o más irritables)? ¿Toda comunicación deber ser inmediata, “para ayer”?

Las formas de perder el tiempo también han cambiado con la tecnología (escena 2). No es que antes la gente no procrastinara a gusto con la televisión o la radio —por ejemplo—, sino que con el auge de Internet cada vez hay más donde. Además de la información y entretenimiento casi ilimitados que existen en la red, los magnates de Silicon Valley entendieron que los humanos somos seres sociales y que nuestro cerebro funciona mediante estímulos, algunos liberadores de dopamina, un neurotransmisor responsable del placer y las adicciones. ¿Alguien se ha quedado esperando (ansiedad) un pulgar arriba, comentario o compartido (aprobación) que cuando no llega genera tristeza (depresión, angustia, baja autoestima)?

Eso ocurre, según explica la docente y experta en neuropsicología infantil Johanna Bustamante, porque la dopamina actúa sobre las vías asociadas al sistema de recompensa del cerebro y, mientras más interacción o aprobación recibe una publicación, el usuario seguirá publicando para sentirse satisfecho. Aunque en la psicología no se logran poner de acuerdo sobre si considerar el uso excesivo de Internet como una adición, los cambios emocionales y sociales son evidentes. Sobre esto último, continúa Bustamante: “la persona presenta cuadros de obsesión y necesidad imperiosa de revisar las redes sociales, generando angustia si no revisa su celular o no recibe likes”; mientras que, a nivel de comportamiento social, “las personas tienden a aislarse y a comunicarse por medios digitales”, ya que por esa vía resulta más fácil expresar pensamientos o emociones, incluso por medio de emoticones.

Respecto a cómo Internet ha alterado el cerebro humano, el neurocientífico de la Universidad de Barcelona David Bueno le dijo a un medio español que “los nativos digitales tienen menos conexiones en la zona de gestión de la memoria… porque parte de esta función la han externalizado hacia los aparatos digitales: ya nadie recuerda el número de teléfono de sus amigos”. Y lo dicho sobre redes sociales por el expresidente de Facebook, Sean Parker, refuerza los aspectos negativos: “Solo Dios sabe lo que estarán haciendo al cerebro de nuestros hijos”. Pero lo cierto es que el miedo o rechazo a las tecnologías de comunicación ha existido desde los tiempos de Sócrates, quien criticaba la escritura por considerarla artificial y perjudicial para la memoria: la verdadera fuente de conocimiento en la Grecia antigua era el habla y, sin embargo, hoy en día, ¿quién se atrevería a hablar mal de la escritura?

Por último: no hay imagen más solitaria que la de una persona ensimismada leyendo un libro en un rincón, escribió el argentino Alberto Manguel. Aquello se repite todos los días y en diferentes espacios con los celulares, y al parecer aumenta o es más recurrente según el impacto de ciertos contenidos (escena 3). Desde los libros impresos a la televisión e Internet —y el arte, por supuesto—, siempre han existido formas de aislarse de la realidad, aunque nunca han estado tan presentes ni han sido tan efectivas como ahora. La necesidad de estar constantemente conectados a Internet y las redes sociales se debe, según Bustamante, a que de esa manera nos sentimos “dueños de la información de primera mano” y eso (la información y el conocimiento) nos permite anticiparnos a lo que ocurre en nuestro entorno. La paradoja está en que esa misma búsqueda de anticipación y conocimiento, si no es bien manejada, puede conducir a “dificultades de atención, que provocan problemas familiares, laborales, sociales (por ejemplo, mientras se conduce y se utiliza el celular, o cuando se desatiende el trabajo o la familia), ansiedad y angustia (que generan miedo y preocupación excesiva), y estrés emocional”, concluye la experta.

El desarrollo de Internet ha puesto en marcha un debate sobre el modo en el que la comunicación afecta las relaciones sociales. Internet libera al individuo de las restricciones geográficas y une a las personas en torno a nuevas comunidades de interés que no están atadas a un lugar concreto. Vivimos en una nueva sociedad en red y globalizada, unida a través de las nuevas tecnologías. Internet es nuestra herramienta de interacción.

El docente universitario y experto en tecnologías digitales Christian Espinosa está de acuerdo en que la sociedad vive un nivel de “intoxicación digital acelerado por la mecánica de las redes sociales y los principales servicios de consumo de Internet, como Netflix, Facebook, Twitter y otras redes”. En un mundo en el que muchos, en mayor o menor medida, necesitamos estar conectados, ¿cómo saber cuándo esto resulta excesivo? Para Espinosa, una de las claves no tiene que ver necesariamente con la cantidad de horas que una persona pasa en la red, pues eso depende del tipo de trabajo o actividades de cada uno, sino con reflexionar sobre cómo se utiliza ese tiempo. “Es muy fácil que con una notificación o estímulo las plataformas nos atrapen para terminar haciendo actividades en línea que no teníamos planificadas, y ese es el tiempo que estamos perdiendo —explica—. Otro síntoma aparece cuando dejamos de hacer actividades básicas, como comer (a sus horas) o dormir (el tiempo necesario)”. O cuando en la mañana, apenas nos levantamos, sentimos el impulso de repetir un hábito que interfiere con otras actividades de nuestras vidas, como pasar mucho tiempo en Internet (escena 2, otra vez).

Espinosa agrega que redes como TikTok, una aplicación para editar y compartir videos cortos muy popular entre jóvenes y adolescentes, ya tienen sistemas de alerta que recomiendan a sus usuarios cuándo hacer pausas. “Eso es algo que otras plataformas deberían implementar —dice—, pero las personas también deberíamos ser conscientes de cómo estamos utilizando nuestro tiempo. Si te quedaste cuatro o cinco horas en una plataforma, por más que la utilices para trabajo, ya es algo para reflexionar”. Para enfrentar esta situación, Espinosa aconseja fijarse horarios de uso de Internet durante el día (por ejemplo, una hora luego del trabajo o las clases para revisar redes y correos), eliminar notificaciones de teléfonos y otros dispositivos (que no sean las notificaciones las que agenden nuestras vidas), en períodos noticiosos intensos o de crisis abstenerse de estar todo el tiempo conectado (muchas de las noticias etiquetadas como “urgentes” en verdad pueden esperar) y buscar mecanismos para medir del tiempo en pantalla.

Después de todo, somos sociedades —incluso los nativos digitales— que han aprendido casi intuitivamente a utilizar Internet, y cuya educación digital parece estar más entusiasmada con el 5G y el manejo de ciertos aparatos, que en el uso saludable de Internet. Además, si hemos de ser sinceros, ¿en verdad necesitamos estar todo el tiempo conectados?

TikTok, la app que se convirtió en un fenómeno global

Si no eres adolescente o no eres padre, probablemente nunca hayas escuchado hablar de TikTok. Sin embargo, es la app furor del momento, con 500 millones de usuarios a nivel global. Hay personas que se hacen famosas a través de TikTok, con cientos de miles de seguidores. Los jóvenes —especialmente los adolescentes— pasan horas usando esta aplicación. Antes conocida como Musical.ly —una app de videos que en noviembre de 2017 compró una empresa china, ByteDance—, es una de las apps más descargadas de los últimos años. Comenzó a crecer su influencia con el tiempo y hoy se posiciona como la favorita entre los centennials. TikTok aún no tiene publicidad, pero algunas marcas la han usado para campañas de marketing o para publicar sus propios videos. La app cuenta con una herramienta de Bienestar Digital, que da a los padres la opción de limitar el tiempo en pantalla y filtrar contenido inapropiado. También se pueden filtrar los comentarios ofensivos, palabras claves específicas y bloquear cuentas.

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