Edición 443
Un amigo me cuenta que, después de haber pasado meses bloqueado, entendió que el problema estaba en la posición en la que trabajaba. Recordó que las mejores ideas las había tenido echado. Entonces llevó su laptop a su cuarto y la puso sobre sus piernas. Los pensamientos empezaron a fluir del inconsciente a la pantalla. Y escribió, casi de un tirón, un guion entero en la cama.
Yo trabajo en un estudio que comparto con el Mario. Pero muchas veces imagino (o siento) que estoy en la cocina. Tal vez porque el mundo doméstico no me abandona, tal vez porque en esta habitación “propia”, que no es tan propia porque en el matrimonio casi nada lo es, la puerta no puede estar cerrada por mucho tiempo. Si tardo mucho, el Lucas da golpecitos y grita “¡Mamá!”. Entonces debo interrumpir mis textos y salir a buscarlo.
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