De Dante a Marcelo Chiriboga: un viaje por el mundo de los heterónimos
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De Dante a Marcelo Chiriboga: un viaje por el mundo de los heterónimos

Dante y la Divina Comedia Domenico di Michelino, 1465, Florencia, Catedral de Santa María del Fiore.

El invisible doctor en Letras

La divina comedia es un libro muy estudiado por los académicos, pero poco leído por el público en general, acaso porque una epopeya de la Italia de la Baja Edad Media resulta críptica para el siglo XXI.

Por otro lado, en la vereda de los académicos siempre desfilan eruditos con monóculo empeñados en decodificar cada terceto o desmenuzar el ADN de Beatriz, guía de Dante en el paraíso. Implacables, escriben chismes sobre el poeta, los pecados de sus víctimas escriturales, la Toscana y el papado, y pocos pueden discutirles, pues los testigos han seguido hace tiempo el camino del propio vate.

Pero no solo hay ensayistas, también el gremio de los traductores está sobrepoblado: en español, por ejemplo, Enrique de Villena y Luis Martínez de Merlo; en inglés, Longfellow y H. F. Cary; o en griego, Nikos Kazantzakis. Y es que la traducción implica el doble problema de verter una obra de arte a un idioma distinto sin perder su esencia estética.

El libro de Dante no es un poema cualquiera, contiene miles de referencias a personajes de la Italia medieval que pueden volverlo inaccesible para el lector si alguien, a manera de Virgilio, no lo dirige por el derrotero adecuado.

Por eso, a finales del siglo XIX, los hermanos Garnier, editores parisinos, comprendieron que su colección hispana requería una nueva traducción del libro, que en versión de Manuel Aranda Sanjuán, habían publicado en 1868.

Pasaron veinte años desde entonces, mas, en ese período aparentemente tan insignificante, los públicos habían cambiado de forma tremenda: el Romanticismo dejó paso al naturalismo y, aunque el idioma era idéntico, la visión del mundo era otra. En este escenario surgió don Enrique de Montalbán, doctor en Letras y as bajo la manga de los editores franceses.

Él y yo nos cruzamos por primera vez en la biblioteca de mi padre; por supuesto el sabio estaba muerto, sin embargo, sus letras se derramaban por las páginas de una edición de La divina comedia empastada en color carmesí y con cantos dorados. Empecé a leer más por la curiosidad que me produjo don Enrique que por el propio Dante.

Antes siquiera de llegar a la primera línea del poema, me sumergí en las notas encajadas al final de la edición de 1888 y que constituyen un breve tratado de historia medieval italiana. Allí, Montescos, Capuletos y un sinnúmero de familias parecen exponerse, como en la mesa de un médico forense, para que las invectivas terribles del Dante adquieran forma y sentido.

Edición preparada por don Enrique de Montalbán.

Atravesar por las explicaciones de don Enrique de Montalbán sin interesarse por su vida es tan difícil como un viaje por los infiernos de La divina comedia; no obstante, la búsqueda naufraga cuando libros y referencias solo conducen a la nada: no hay una palabra siquiera donde se mencione al doctor en Letras y parece que los cantos dorados han obnubilado con su brillo la identidad del maestro.

Por años, a saltos y a brincos, busqué a don Enrique; mi padre no sabía nada de él, en las bibliotecas tampoco y solo el auge de Internet, terrible enemigo del misterio, logró descorrer el velo.

A vuelo de bits, fui a parar, diez años después de haberlo conocido, en la biografía del doctor en Letras del siglo XIX; estaba metamorfoseada en una brevísima nota (ni siquiera cuatrocientas palabras) escrita por Fernando Sorrentino en 2004 para El Trujamán, revista cuyo tema es la traducción, y que el Instituto Cervantes había trasladado a su sitio web. Allí, con una letra diminuta e insignificante, se reducía la vida de don Enrique de Montalbán a un simple bulo: los hermanos Garnier plagiaron su propia edición de 1868 y, cambiando uno que otro adjetivo y sustantivo, fundieron a Manuel Aranda Sanjuán, traductor e ingeniero, en un doctor en Letras.

El poeta es un fingidor

Ricardo Reis regresó a Lisboa luego de enterarse de la muerte de Fernando Pessoa. Entonces, le pareció que no había nada más terrible que volver a la patria luego de un exilio prolongado, pues lo que encontró no se parecía en nada a sus recuerdos, haciéndole sentirse un extraño en su tierra.

Este hombre, médico, latinista y defensor anacrónico de la monarquía, se fue de su país cuando este quiso convertirse en república y, contradictorio como casi cualquier humano, se mudó a una análoga: Brasil.

Allí vivió dieciséis años, concretamente en Río de Janeiro, y muchos, incluido Pessoa, lo habían declarado muerto, pero su desaparición en el trópico era, en realidad, su protesta en contra de un mundo incompatible con latinajos e ideas epicúreas.

Fernando Pessoa creó decenas de heterónimos con una personalidad propia, una biografía propia y un estilo literario marcado.

Sin embargo, tras la muerte de Pessoa, tuvo que enfrentar la realidad y, al regresar a Lisboa, entonces en manos del dictador Oliveira Salazar, vio cómo en las mesitas de los cafés se apilaban españoles huidos de los conflictos de su patria. A él, mientras tanto, los esbirros del déspota lo perseguían por conspirador y, pese a que su única actividad era pasear por las calles de la ciudad, pronto terminó interrogado por las autoridades bajo sospecha de subversión.

Reis se hizo amante de una de las camareras del edificio y hasta tuvo un hijo con ella, al que se rehusó a reconocer, negándose así la posibilidad de una redención espiritual; estaba seguro de que su único camino era el de Pessoa, es decir, el de la muerte y fue a su encuentro con una novela de detectives a cuestas, cuyo nombre parecía el de un libro de metafísica: The God of the Laberynth.

Esta historia, que podría ser cierta, es la trama de una novela de Saramago y Ricardo Reis, uno de los tantos heterónimos del escritor portugués Fernando Pessoa. Mas, su creación lo trasciende y cobra una identidad poderosísima e imparable.

Pessoa murió de cirrosis a los 47 años, pero sus otros yo (Reis, Caeiro, Álvaro de Campos, etc.) siguen existiendo en la memoria colectiva de autores que, saqueando tumbas de celulosa, los devuelven a la vida para hacerlos fracasar o triunfar en mundos incompatibles entre sí.

La explicación puede estar en palabras del mismo autor portugués que definía a sus heterónimos como entidades independientes, capaces de vivir a su cuenta y riesgo (lo propio le ocurrió a Romain Gary), de modo que el control del padre sobre sus hijos queda diluido, y estos se independizan y combaten para tomar el control del todo.

En sus versos Pessoa dice que el poeta es un fingidor y tiene razón porque se trata de un ser humano como cualquiera que está hecho añicos y que trata de reconstruirse mas, al ver su fracaso, se ve obligado a dejar que sus trozos vivan por él.

Un ecuatoriano en el boom

La muerte de Ricardo Reis, José Saramago, 1985.

De Marcelo Chiriboga se ha dicho de todo: que nació en Cuenca y también en Riobamba, que fue una burla de José Donoso y Carlos Fuentes para con el Ecuador, que era una caricatura de Jorge Enrique Adoum, y hasta se han hecho películas, novelas y ensayos sobre su vida. Pero lo único que no deja lugar a dudas es que se trata de un personaje ineludible de la literatura ecuatoriana, aunque originalmente fuese concebido por un chileno y un mexicano.

Entre los años sesenta y setenta, Latinoamérica explotó literariamente para el mundo. Autores de distintos puntos del continente conquistaron los estantes de las librerías con la frondosidad de su lenguaje, la experimentación y una indiscutible capacidad para retratar universos ignotos para los europeos.

Sin embargo, en el país con nombre de línea imaginaria no había una obra que brillase dentro de esa constelación y esto, aunque a los intelectuales les costara admitirlo, se convirtió en una herida en el costado. Conscientes de aquello, Donoso y Fuentes dijeron: “¡Si Ecuador no tiene su escritor del boom, démosle uno!”

Robando características de ellos mismos y de otros como Vargas Llosa o García Márquez dieron a luz una criatura que se paseaba por los salones de París, exhibiendo su nombramiento de caballero de las Artes y las Letras, al tiempo que seducía a las damas en convites de embajadas. Era un sol alrededor del que giraban todos los novelistas de su tiempo.

Su obra máxima, La caja sin secreto, circulaba por todos lados, menos por su propio país y muchos aprendices de brujos aspiraban a convertirse en él o al menos a destruirlo para que la “vara no estuviese tan alta”.

Chiriboga era un idealista, creía en revoluciones violentas y otros desatinos, de modo que su vida estaba salpicada, igual que la de los personajes de su obra, de actos heroicos que terminaban en derrota estrepitosa.

La Caja Secreta, de Marcelo Chiriboga. Su condena fue la invisibilización.

Los últimos años de su vida estuvieron cargados de cáncer y olvido. Ya nadie hablaba de él no solo en el Ecuador, sino en el resto del mundo, mientras que sus demiurgos, entrevistados por la prensa, admitían que el autor fue una generosa forma de sacar del anonimato a una tierra sin boom.

En los círculos intelectuales del país, unos y otros se acusaban de tener rasgos del dueño de La caja sin secreto, como si fuese la peor de las invectivas, pero él, en las puertas de purgatorio e indiferente al desprecio, hizo un truco más: en la solapa de un libro de cuentos de uno de sus creadores puso una breve reseña después de varias décadas de silencio.

Óscar Wilde había dicho en el ocaso del siglo XIX que la realidad imita a la ficción y que su incapacidad para ser original la obliga a extraer historias y personajes de obras de arte insuperables; tanto Marcelo Chiriboga como los otros yo de Pessoa o el oscuro doctor en Letras que tradujo La divina comedia son la prueba de que creer y vivir una mentira literaria no solo es posible, sino inevitable.

Los personajes de la ficción, a diferencia de los de carne y hueso, tienen sangre de tinta y sus órganos no son de papel solamente; por eso, mientras los humanos se extinguen, ellos sobreviven y se transforman en eternidad porque están hechos del mismo material que los versos de Homero o Byron. Y ya lo había advertido Novalis: “Al final todo será poesía”.

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