Los héroes me aburren

Bastan dos o tres minutos para desarmar al patriotismo. Pues bien, hagámoslo.

Nunca he sido bueno para memorizar fechas. Olvido aniversarios, fechas límite de pago de las cuotas del IECE, fechas de caducidad en los cartones de leche. Y si no fuera por Carlos Michelena, el dramaturgo de los parques, tampoco recordaría cuándo ocurrió la batalla del Pichincha. Esa parte de la historia, el divorcio violento y caótico de España, me la enseñó un comediante.

El Miche se popularizó gracias a un casete de VHS que circulaba entre familiares y amigos a inicios de los noventa. En el video, que reproducía un show de casi dos horas en el parque de El Ejido, Michelena hacía una caricatura del profesor poco hábil con la pedagogía, pero muy acertado en el lanzamiento de tiza (a la cabeza de los alumnos inquietos, claro). El maestro repetía orgulloso el mito de Abdón Calderón, el Héroe Niño, y lo recordaba arengando a las tropas aún cuando su cuerpo había sido desmembrado.

Héroes Batalla Pichincha
Ilustración: Adn Montalvo E.

Abdón Calderón murió de disentería y fue así como entró en los anales de la historia. Esto quiere decir que el patriotismo que nos enseñaron en la escuela, muchas veces a golpes, era más bien un chiste.

Karl Marx, en el 18 brumario de Luis Bonaparte, decía que la historia siempre ocurre dos veces: primero como una gran tragedia y luego como una miserable farsa. Los festejos patrios suelen convertirse en remedos bufonescos de lo que alguna vez fueron y eso atañe a todos nuestros símbolos.

El himno nacional es otro gran ejemplo. Una canción patria que ahora solo sirve para indicarnos que la programación de la radio ya se acabó, para formalizar partidos de fútbol entre selecciones nacionales y musicalizar los eventos escolares más estrafalarios.

¿Hace falta tanta solemnidad el primer día de las olimpiadas del colegio? Digo esto porque mi equipo se llamaba Los Tigrillos, nada muy serio, porque nuestra madrina (o señorita deportes) era la prima de un compañero que aceptó el cargo más por pena que por vanidad, y porque las sagradas notas seguían como si nada cuando los compañeros más afectados por el sol se desmayaban uno tras otro, como debió haber pasado también en 1822.

Luego de los desmayos, cantábamos con absoluta inconciencia la letra escrita por Juan León Mera. Además, la cantábamos mal. Así: “Dios miró y se fue el Holocausto”. Cuando dicho de manera correcta, el verso es aterrador: “Dios miró y aceptó el Holocausto”. Hasta Dios, el ser omnipotente y omnisciente, vio este país y dijo: “Ahí queda su pendejada”.

Luego, esto:

Y si nuevas cadenas prepara
la injusticia de bárbara suerte,
¡Gran Pichincha! prevén tú la muerte
de la Patria y sus hijos al fin;
Hunde al punto en tus hondas entrañas
cuanto existe en tu tierra el tirano
huelle solo cenizas y en vano
busque rastro de ser junto a ti.[1]

¿Heroico?, sí. Y bastante pesimista.

Nos esperan las nuevas cadenas de la vieja injusticia y, en una clásica movida ecuatoriana, lo único que podremos hacer para salvarnos será mirar las montañas.

Desde la Cima de la Libertad aún podemos ver algo de la ciudad que vieron los ejércitos de ese 24 de mayo. Ofrendaron su vida por una idea de país que dista mucho de la mía (me pregunto si mi idea de país dista mucho de la que tenían en mente los próceres). Me queda, como única certeza, la lección que me dio el comediante Carlos Michelena: ríete de los mitos, ríete del patriotismo.

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