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Hermosas extrañas

por Ana Cristina Franco Varea

Por Ana Cristina Franco

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Su nombre era Hayate. Delgada, de ojos oscuros, piel canela y un arete diminuto en su respingada nariz. Tenía veintidós años, como yo en ese entonces. Vivía “sola” (es decir, con ella misma) cerca del centro de una ciudad francesa. Llamaba a su casa La maison pupée (la casa de muñecas). En realidad lo era, una casa tan bonita que parecía dibujada. Hayate cocinaba delicioso y todo lo acompañaba con té de toronjil. Se había ido “sola” a Marruecos​ a filmar un documental sobre su madre. Cuando caminábamos, en las madrugadas, regresando de las fiestas, algunos borrachos nos pifeaban. Yo quería salir corriendo, pero ella, con su boina y sus botas negras, se detenía muy elegantemente, se giraba, hacía una pequeña reverencia victoriana que contrastaba con su pinta militante, y les decía suavemente: Bonsoir, monsieur. Ellos quedaban paralizados. Cómo no. Y yo pensaba que nunca, con ningún novio o amante o lo que fuera, me había sentido tan protegida como con ella. Me habían enseñado que son los hombres los que protegen. Pero Hayate decía lo contrario, porque Hayate no tenía miedo. Su independencia me inspiró en silencio. En secreto. Cuando regresé a Quito supe que era tiempo de vivir “sola”. El mundo me esperaba. Si quería escribir o lo que sea, había que vivir. Aunque mi destino no fue una casa de muñecas sino un cuarto con baño que olía a cemento fresco, yo era feliz, o, en palabras más precisas, era libre.

Al menos por un rato, fui libre.

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Nunca supe su nombre. Porque no pudimos cruzar una sola palabra. Era japonesa, o china, o filipina, la verdad no sé distinguir y tampoco supe preguntar. Me encontró perdida en un aeropuerto. Era la primera vez que viajaba “sola” y no estaba precisamente relajada. Minutos atrás la había pasado muy mal buscando mi pasaporte por la sala de embarque. Me encontró sosteniendo disimuladamente una estampita de la Virgen que mi madre me había guardado en la billetera. Se acercó y, con señas, me llevó hacia un local y pidió dos cafés. Nos sentamos y lo bebimos en silencio. Ella no hablaba español y yo no hablaba su idioma. Así que no nos quedaba más que mirarnos, dar sorbitos de café y sonreír.

Se llama Wipka o algo con K y W. Tenía piercings por todas partes y ojos de un verde salvaje. Lo mejor es que no tenía miedo. Tomaba una cerveza “sola” en un bar de una ciudad andina. Como yo también viajaba “sola”, se acercó a mí y nos fuimos de juerga, toda la noche de bar en bar. Al otro día ambas cambiamos los planes que teníamos, agarramos un bus y nos fuimos a la playa. Sin pensarlo. Cuando ese viaje terminó ella siguió con el suyo. Yo regresé a Quito, pero de alguna manera, ya no era la misma.

Me aterra pensar que el planeta es un lugar en el que las mujeres debemos andar con miedo. Que cuando una mujer está con ella misma, se dice que está “sola”. Me encanta pensar que no fueron hombres, sino mujeres, extrañas, desconocidas, las que sin saberlo (e incluso sin saberlo yo) me hicieron tomar las decisiones que me han hecho quien soy. Me sorprende pensar que de estas mujeres ninguna es latina. Me entristece pensar que quizá aquí, en nuestros países, estemos más acostumbradas al miedo. Me encanta pensar que quienes guiaron un poco mi destino fueron extrañas, extranjeras, pasajeras. Rostros que se diluyen como agua pero que dejan marcas. Gracias a ellas fui un poco más libre. Gracias a ellas hoy sé que, si se quiere crear, de vez en cuando hay que saltar al abismo y vivir. Hay que metamorfosear y manosear la vida como si fuera masa de pan, llamar al azar, buscar el destino.

Gracias a esas extrañas, que seguro no saben quién soy, hoy tengo menos miedo.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta
Edición 459-Agosto 2020

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Guionista, realizadora audiovisual, escritora y actriz. En abril del 2023 publicó “Diario Blanco”, libro de No-Ficción. Actuó y dirigió, “Queremos Tanto a Helena”, el primer mediometraje que conforma la película “Los Canallas” por la que obtuvo el Premio Colibrí a Mejor Actriz y el Cenit de Bronce a Mejor Película. Es directora y guionista de “El invento de la Soledad”, cortometraje de ficción (2022)
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