Helado de piña y Bob Dylan
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Helado de piña y Bob Dylan

Por Ana Cristina Franco

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Entonces se me ocurre una idea: salir a comprar un helado de piña y hierbabuena en la Remigio, una de las avenidas clave de Cuenca. La tarde está soleada y una pequeña fuerza que lucha contra Tánatos me dice al oído que me levante, que me lave la cara, que venza la gravedad, que le ponga los cuernos a mi cama destendida y a mi laptop abierta con miles de ventanas, con miles de asuntos pendientes, a los libros empezados y nunca acabados, a las infinitas tazas de té, a los platos sucios, al interminable, amarillo, laberíntico y eterno mundo de los sueños, y salga —aunque sea un rato— a la calle.

Y camino. Caminar es pensar. Caminar es libertad. Caminar es existir. Escucho Like a Rolling Stone, de Dylan, una de muchas canciones para flotar sobre mis pasos. “Once upon a time you dressed so fine, threw the bums a dime in your prime, didn’t you…?” Camino por la calle Loja, el aire me pega en la cara recordándome que hay un mundo que existe más allá de mi cama.

—¿Qué es la libertad? —le pregunto a un amigo por chat.

—Es un invento del capitalismo —escribe.

—¿Crees que es más libre alguien que no ama?

—No.

Llego a la Remigio. Las nubes se disuelven en el cielo, los rayos de sol graban historias que ya nunca volverán. Entonces viene, de sopetón, esa idea, esa idea que siempre trae un ángel oscuro, un ángel viajero, un ángel malcriado y despeinado que ama el abismo, que ama caer. Un ángel vagabundo que se posa en mi hombro y me dice que no vuelva, que lo siga, que la carretera es infinita. “Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder/ Ahora eres invisible, no tienes secretos que guardar”, dice Dylan. Dejar la casa, dejar la computadora, dejar el nombre, dejar al hombre. Caminar, estar siempre en movimiento, como un perro lanudo y romántico. ¿No era ese el sentido de la vida?

Mi helado es verde y como de cuadraditos. Disfruto cada bocado, acompañada de Dylan, el ángel y el sol. Así estamos perfecto. Queremos seguir caminando o tal vez queremos no volver que no es lo mismo. Queremos unirnos a los vagabundos, perder el miedo, perder el nombre. No es que todo esté mal, todo lo contrario, pero alguien dijo que cuando los sueños se cumplen dan ganas de salir corriendo, pero eso sería huir. Y la profesora dijo que eso no era la libertad.

—Cuando el Rey León huye y su única moral es Hakuna Matata no es libre, solo está huyendo —le digo a un amigo mientras tomamos un café.

—Huir es legítimo —me responde.

¿Puede una ser Diógenes de la noche a la mañana? ¿No llevaría consigo un millón de fantasmas?, o tal vez la libertad no sea caminar eternamente por las calles sino pensar en hacerlo, es decir, no un logro eterno sino un estado mental de uno o quince minutos, de lo que dura un viaje a comprar un helado de piña.

—¿Eres más libre con hijos o sin hijos? —le pregunto a mi mamá.

Ella entrecierra los ojos y viaja a su interior, al país que solo ella conoce. Cuando sale parece haber pescado una única respuesta posible. Toma aire y dice:

—Nunca eres libre.

El helado ha terminado. Hace frío. Pienso en preparar una sopa y un calor recorre mi cuerpo, pero va hiriendo un poco al ángel.

Los rayos de sol se ocultan bajo las nubes, el viento sopla en silencio, la tarde cae tan despacio como solo puede caer en Cuenca. Regreso, regreso a casa.

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