Hay que reabastecer a la tropa
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Hay que reabastecer a la tropa

The-LeviStraus-Co

La orden fue dada, en persona, por el primer cónsul de la Francia revolucionaria, Napoleón Bonaparte: el general André Masséna, al frente de un contingente nutrido y bien dotado, debía dirigirse a Génova y, sin dilación, tomar la ciudad, deponer al gobierno (el ‘directorio’ que estaba al frente de Liguria desde la creación de la efímera república en 1797) y reemplazarlo por una ‘comisión provisional’ que se atuviera sin replicar a las disposiciones provenientes de París. Corría el año 1800 y, ante el avance resuelto de las tropas francesas, el directorio se disolvió sin grandes aspavientos.

En el trayecto desde París, la fuerza expedicionaria había perdido muchas provisiones y pertrechos. Habían sido, al fin y al cabo, más de novecientos kilómetros de marchas forzadas y azarosas, atravesando campos y ciudades, por lo que el general Masséna necesitaba con urgencia reabastecer sus tropas. A cargo de esa labor puso a un próspero comerciante suizo (aunque nacido en Lyon), Jean-Gabriel Eynard, quien a sus veinticinco años de edad ya era dueño, con su hermano Jacques, de un negocio que, con astucia y audacia, había hecho florecer durante la década convulsionada y violenta que siguió a la Revolución Francesa de 1789. La necesidad más apremiante eran los uniformes de los soldados.

Sin perder ni un solo minuto, Eynard armó una legión de costureras y sastres que en pocas semanas apertrechó a los soldados franceses, que recibieron un uniforme completo y una mudada adicional cada uno. Era ropa de combate resistente y duradera, para que los batallones del general Masséna pudieran afrontar las arduas campañas que les esperaban. Para confeccionar esa ropa, Eynard se había provisto de enormes rollos de una tela especial de algodón que, por su entretejido, era ruda y poco propensa a roturas y desgarros. Tanto que ya estaba siendo usada para la confección de toldos y carpas.

La tela, teñida con un tinte azul índigo proveniente de la India, había sido creada en la ciudad francesa de Nimes, a mediados del siglo XVII. Allí la conoció Eynard y de allí la importó a Génova en 1800 para los uniformes de las tropas francesas. A falta de otro nombre fue llamada “azul de Génova”, “bleu de Genes”. Y llevada por media Europa durante las Guerras Napoleónicas se hizo famosa y, sobre todo, codiciada. Y, claro, Jean-Gabriel Eynard hizo una fortuna.

Medio siglo más tarde, en 1851, en plena ‘fiebre del oro’, un joven alemán llegó a la costa oeste de los Estados Unidos dispuesto, como tantos de sus contemporáneos, a hacer fortuna. Levi Strauss, que así se llamaba, se instaló en San Francisco y puso una tienda con toda clase de productos para los mineros. Su éxito mayor fueron unos pantalones de tres bolsillos que un amigo sastre, Jacob Davis, le confeccionaba con la tela genovesa azul que Strauss llevaba de Europa y que resultaban asombrosamente resistentes y duraderos. Para hacerlos aún más fuertes, Davis reforzó las costuras y los bolsillos con remaches de metal. Y, con el nuevo diseño, los dos socios patentaron sus pantalones en mayo de 1873.

Como tampoco tenían una denominación para su diseño patentado, Strauss y Davis extendieron a sus pantalones el apelativo de la tela: ‘bleu de Genes’. Y con el tiempo y el uso, en un país de inmigrantes de todas las procedencias y casi todas las lenguas, el ‘bleu de Genes’ derivó en el nombre con que se los conoce hasta ahora y con el que cada año se venden en el mundo unos mil millones de unidades. Nada menos. Y, así, esos uniformes de combate rudos y resistentes, creados para los soldados franceses que tomaron Génova en 1800, son hoy los ‘blue jeans’, que incluso viejos y gastados son la prenda más cómoda, adaptable y popular jamás habida desde que, en la obscuridad de los tiempos, la especie humana decidió usar ropa para enfrentar el frío y el pudor. (Jorge Ortiz)

 

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Cine

La piel pulpo

Por Tamara Izco Fotografía: Cortesía Edición 456 – mayo 2020 Hace más de cuatro años viajé con Ana Cristina Barragán al Festival de Cine Latino

Música

La vida de Tchaikovsky en seis sinfonías

Por Fernando Larenas Edición 456 – mayo 2020. Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893).  No es fácil comprender cómo, a través de la música, se pueden expresar

Columnistas

El poeta

Salvador Izquierdo que hable sólo el que no tenga / o el que no quiera / el que no pueda volver / sólo el desnudo

En este mes

Mi madre, la extremista

Por Jorge OrtizEdición 456 – mayo 2020. Cuando llegó a Moscú, en mayo de 1960, con un pasaporte checoslovaco y una identidad falsa, fue recibido

En este mes

En tiempos de coronavirus

Algunos inventos y conceptos de higiene y manejo sanitario repotenciaron su utilidad a raíz del covid-19. Guantes Arduo combate a la antisepsia y la asepsia

También te puede interesar

Mundo

“Decían que los negros no sentimos”.

Por Diego Cazar Baquero. Fotografías: Edu León. Edición 449 – octubre 2019. En 1974 Ermita Dolores Castillo Carriel tenía diez años y ya trabajaba. La

Historia

La ciudad de los ciegos.

Por Jorge Ortiz. Edición 433 – junio 2018. La respuesta del oráculo había sido alentadora, pero también ambigua y confu­sa: “hallarás un nuevo hogar frente

Entretenimiento

En busca de cristianos y especias.

Por Jorge Ortiz. Edición 450 – noviembre 2019. La leyenda, que durante muchos si­glos deslumbró a piadosos y aventureros, decía que su reino cristiano estaba

Historia

La guerra que estaba empezando.

Edición 443 – abril 2019. El parte de guerra era seco y cortante, críptico: veinticuatro palabras. Y era, sobre todo, el parte final, el definitivo:

Crónica

El Mariscal Sucre, una memoria personal

Con la próxima inauguración del nuevo aeropuerto de Quito, lo que comenzó como “campo de aviación”, en Cotocollao, será solo un recuerdo. Un recuerdo que

Entretenimiento

El primer Maquiavelo.

Por Jorge Ortiz. Edición 452 – enero 2020. La conquista había sido arrolladora y sin desvíos: Alejandro III de Macedonia, ‘Alejandro Magno’, había conducido sus