Edición 434 – julio 2018.
La solución era sencilla y, sobre todo, muy eficaz: que el tirano —o, en todo caso, la persona más peligrosa para la democracia y para el buen convivir de los ciudadanos— se fuera diez años lejos, al otro lado del mar, y no pudiera volver bajo ninguna circunstancia. Diez años. La distancia impediría que ese individuo espinoso y molesto, capaz de levantar sentimientos malsanos y provocar actitudes dañinas, causara divisiones y pesares que hicieran sufrir a la gente apacible y esforzada.
La idea fue, claro, de los griegos. Ellos habían creado la democracia, la respetaban y veneraban, la cuidaban con esmero y, por supuesto, trataban de pulirla y hacerla cada día mejor. No era tarea fácil: de tiempo en tiempo aparecían demagogos y timadores, seres infames que seducían a las turbas, las engañaban y las descarriaban. La sensatez, entonces, se apagaba y la sinrazón se imponía. Rescatar, después, a las ‘polis’ era arduo y complicado: el bellaco dejaba siempre legados de cenizas.
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