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Hacer de la muerte un negocio (otro relato del gulag)

por Jorge Ortiz

Edición 461 - octubre 2020.

Lenin, el líder de la revolución, había sido terminante y categórico: “los elementos inseguros deben ser confinados en campos de trabajo”. Era el verano de 1918, menos de un año después de que él y sus bolcheviques hubieran tomado el poder en Rusia y puesto manos a la obra en la implantación del socialismo, y, claro, su orden fue cumplida con rapidez y rigor: decenas de miles de ‘elementos inseguros’ fueron internados en prisiones y calabozos, de manera que no pudieran interferir en la edificación de ese mundo nuevo y luminoso, de justicia e igualdad, que había profetizado Karl Marx y que, al fin, estaba haciéndose realidad.

Gulag Leisa
Presos trabajando en Belbaltlag, un campo para la
construcción del canal del mar Blanco, en 1932.

Había, sin embargo, una dificultad: el número de potenciales opositores (monárquicos, socialdemócratas, liberales, profesionales independientes, industriales, terratenientes, pequeños propietarios, muchos militares, la burguesía urbana…) era enorme y, desde luego, no había cárceles para todos. Fue entonces cuando el gobierno bolchevique tuvo la idea inspirada de crear la Dirección General de los Campos o, en ruso, ‘Glávnoe Upravlenie Lagueréi’, cuyo acrónimo, ‘gulag’, terminaría designando todo el sistema soviético de trabajo esclavo. El primer campo (llegó a haber 476) fue instalado en el lugar más rudo e inhóspito posible, de clima devastador: el archipiélago Solovki, en el mar Blanco, en el extremo norte ruso.

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Por remoto y helado, el campo era seguro: había que ser temerario hasta la insensatez y estar dispuesto a todo, incluso al canibalismo (Mundo Diners n.º 460, septiembre 2020), para intentar una fuga. Cumplía, además, su propósito fundamental de alejar de la sociedad a esos ‘elementos inseguros’ y, más aún, de ser un lugar de expiación para los enemigos del socialismo. Pero mantener los campos, todos ellos sobrepoblados, era una carga pesada para un régimen con una economía endeble que, para colmo, había soportado una guerra civil cruenta y prolongada.

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Neftalí Frenkel. Implantó un sistema en los gulags:
“come tanto como trabajas”.

Pero un buen día, a finales de 1923, al campo de Solovki llegó un hombre providencial. Se llamaba Neftalí Aronovich Frenkel y había sido condenado a diez años de reclusión por “cruce ilegal de fronteras”, expresión con la que los jueces soviéticos describían el contrabando. Sus documentos, muy poco confiables, decían que había nacido en 1885 en Haifa, por entonces parte del Imperio Otomano, pero había muchas versiones cruzadas sobre su origen: que era un judío turco nacido en Constantinopla (según Aleksandr Solzhenitsin), que procedía de la ciudad ucraniana de Odessa, que era un industrial húngaro, que era un comerciante austríaco, que era un traficante palestino, que era estadounidense y empleado en una fábrica de automóviles Ford… Lo cierto era que estaba preso y que allí, en Solovki, tendría que quedarse diez años.

Con su ojo experto de negociante, Frenkel se dio cuenta de que el gulag era un peso para el gobierno y, sobre todo, de que no tenía por qué ser así: la muerte también podía ser un negocio. Su primera recomendación, que quién sabe cómo llegó al mismísimo Stalin, fue que la ración de comida que recibiera cada prisionero dependiera de su productividad, lo que, según la prolija descripción de la historiadora Anne Applebaum, era “un sistema letal, que destruía a los prisioneros más débiles en cuestión de semanas”. Esa recomendación fue aplicada con precisión y sin piedad, con lo que los campos de concentración, que llegaron a tener un promedio de dos millones de prisioneros, se volvieron rentables y provechosos. El régimen socialista se afianzó.

A medida que se ganó el aprecio de la jerarquía soviética, Frenkel amplió su radio de acción, hasta intervenir en actividades forestales, apertura de caminos e incluso en la construcción del canal del mar Blanco, la mayor obra de infraestructura de la primera etapa estalinista, siempre con mano de obra cautiva cuya alimentación dependía de su productividad. Sus jefes lo admiraron: fue ascendido, liberado, recibió tres veces la Orden de Lenin y fue declarado Héroe del Trabajo Socialista. Millones de prisioneros, condenados por él a la esclavitud, lo temieron y lo aborrecieron. Se jubiló en 1947, pero siguió vinculado con los sistemas estatales de seguridad. Después, ya enfermo, fue librado a su suerte. Su pista se perdió. Habría muerto en 1960, en Moscú, solo y olvidado.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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