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Guillermo Arriaga, un escritor indomable

por Damián De La Torre Ayora

Cazador silvestre y de historias, Guillermo Arriaga ha escrito guiones memorables, como el de “Amores perros”, y novelas que lo convierten en uno de los autores más leídos actualmente.

Guillermo Arriaga.
Fotografía: Alamy Photo Stock

A los trece años, Guillermo Arriaga Jordán perdió el olfato, pero intensificó su gusto por la literatura, esa que alimenta con lo más violento de su barrio de infancia. Desde niño sabía que iba a ser escritor y, desde entonces, ha cazado historias que lo han consagrado en la literatura y en el cine.

Totalmente indomable, declara que su lado más sensible está cuando caza con arco y flecha. Y si bien desde niño lo conocían como el Salvaje, asegura que esta práctica es su lado más humano. Algo paradójico, pero las contradicciones han regido la ley de su ferocidad.

Una ley presente en guiones de reconocimiento mundial como el de Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada. Además de contar con éxito en lo literario con títulos como El Salvaje y Salvar el fuego.

Fiel a su instinto, Arriaga (México, 1958) siempre responde con una honestidad intacta.

—¿Cómo un niño con atención dispersa terminó escribiendo? ¿Te concentrabas leyendo?

—De chico, no podía leer libros. De niño no era muy ñoño, más bien era callejero. Me gustaba leer compendios chiquitos de enciclopedias. Pero, fíjate, sí me gustaba escribir, sobre todo a las niñas. Ahí ordenaba mis pensamientos y soltaba mi timidez. Cuando eres disperso repruebas las materias y las maestras te regañan. Me sentía mejor con la escritura, aunque en el periódico de la primaria nunca me publicaban: no les parecía que escribiera suficientemente bueno. Pese a esto, desde niño quise ser escritor.

—Un escritor con problemas para publicar su primer libro de cuentos, Retorno 201. ¿Tampoco parecía bueno?

—No. Es que nunca lo leyeron. Mi editor no me daba la cara y cuando la dio prefirió decirme que mis cuentos estaban muy malos cuando nunca los leyó. Pasados los años me enteré de eso. Algún día me las voy a cobrar (risas).

—Y cómo te las cobrabas con tus hermanos. Se los conocía como Carlos el Valiente, Jorge el Fuerte y a ti como el Salvaje.

—Me divertí mucho e incluyo a Patricia, mi hermana. Tuve una familia muy funcional y amorosa. Mi papá se partía el lomo, pero los fines de semana la pasábamos en familia. Al inicio, cuando mi mamá empezó a trabajar con él en una empresa que montaron, fue difícil; pero les empezó a ir bien y los sábados hacíamos algo cultural y los domingos un día de naturaleza. Creo que mis padres nos inyectaban Prozac, porque nunca estábamos deprimidos. Éramos muy optimistas.

—¿Cómo se era optimista en un barrio bravo?

(Mientras responde, se abre el saco y enseña orgulloso una camiseta que dice Unidad Modelo. Es el nombre del barrio donde ya no vive, pero que aún lo habita y aparece en su obra). Mira, lo llevo hasta en el pecho. Era un barrio clase media que tenía de todo. Tenía su parte brava y yo me metía en problemas. Me gustaba explorar los sitios más densos.

—¿Y en esas exploraciones terminabas en peleas, en las cuales perdiste el olfato?

—Exacto. Perdí el olfato por varias peleas. Fueron muchas, pero recuerdo una en que casi me mata un tipo de veintidós que me cayó a batazos cuando yo tenía diez años. Hace poco me enteré el porqué: creía que insulté a su hermana, cuando yo nunca he insultado a una mujer. Hasta ahora recuerdo el primer golpe en el cuello. No podía mover ni manos ni pies. Eso sí, cuando se asustó al verme en el piso y se acercó, lo mordí.

—Se te posesionó Coffee, el perro de Amores perros

(Risas). Fue una cosa tremenda. No me movía, pero era una bestia absoluta.

—Hablando de Coffee, ¿existió?

—Sí. El Coffee real inspiró la película. Era un perro chingón y mató a otro perro. Y sí, lo pusieron a pelear y gente de la colonia apostaba. Yo nunca lo vi pelear.

—Al contar historias incluyes lo que has vivido, pero, ¿cómo trabajas el lenguaje?

—Cuento mucho de lo que veo, pero no hago nada biográfico. No me gusta el lenguaje como ornato, y me da pereza leerlos a quienes escriben así. Me obsesiona el lenguaje porque quiero que me salga bien, que la trama esté estructurada y los personajes bien construidos, pero lo que debe pesar en una historia son las condiciones humanas.

—De niño, la escritura te permitía concentrarte. Ahora, ¿en qué te ayuda?

—Desde niño he sentido que me ayuda a controlar mi caos. Cuando escribo siento que puedo controlarlo un poquito.

—Hablando de controlar, y como te decían el Salvaje, ¿el sistema te ha domesticado?

—La verdad es que mi mujer me la trae muy cortita y ni te digo mi hija (ríe). Pienso que en mi carrera no me he dejado domesticar. No he trabajado ni por encargo ni he recibido órdenes de nadie. Escribo lo que quiero. Obvio, escucho sugerencias, pero siempre hago lo que me viene en gana.

—Varios considerarían que tu lado salvaje es la cacería. ¿Por qué cazas?

—Todo lo contrario, ese es mi lado más humanista, que me permite entender mejor la profundidad de la vida y los ritos de pertenencia: la mayoría de la gente no pertenece a la naturaleza porque no la conoce. Un cazador reconoce que somos una especie cruel y que estamos sentados en un trono de sangre. En la caza le das una oportunidad al animal: no está en una jaula ni en un establo listo para morir.

Un animal libre, no en una plaza, tiene la oportunidad de huir. Cazar me conecta con quien soy. Yo cazo con arco y flecha y no por deporte, sino como un rito. Me permite ser parte activa de la naturaleza. Yo sé lo que sufre un animal al morir, por eso no desperdicio su carne.

Guillermo Arriaga en la filmación de Cielo abierto, dirigido por sus hijos Mariana y Santiago.
Guillermo Arriaga en la filmación de Cielo abierto, dirigido por sus hijos Mariana y Santiago.

Guillermo Arriaga: vida de película

Un día Arriaga le entregó su guion de Amores perros a Rafael Azcona, una de sus grandes influencias, al igual que William Faulkner, Ernest Hemingway y Juan Rulfo. Tras leerlo, Azcona le auguró que su vida cambiaría, y eso sucedió. La fama no hirió su ego y escribió otras historias como Babel, por la que fue nominado al Óscar; Los tres entierros de Melquiades Estrada, por la que recibió el Premio al Mejor Guion en Cannes; y coescribió y produjo Desde allá, con la que ganó el León de Oro en Venecia. Pero, su premio mayor es trabajar con sus hijos en el inicio de la denominada Trilogía de la muerte.

—Qué se siente rodar con tus hijos, mucho más cuando se trata de Cielo abierto, el inicio de la trilogía de Amores perros, 21 gramos y Babel

—Trabajar con Mariana y Santiago es un privilegio, no porque sean mis hijos sino por su profesionalismo. Cuando empezaron a comprarme los derechos de mis novelas para hacer películas, me preguntaron si podía escribir cine. Entonces, escribí la Trilogía de la muerte, que empezaba con Cielo abierto y le seguían Amores perros y 21 gramos. Se empezaron a ofrecer una serie de directores, algunos amigos míos, pero no veían el Cielo como yo lo veía. Con mis hijos lo veo.

—¿Por qué decidiste hacer las otras con González Iñárritu, con quien ya no tienes relación?

—No me gusta ahondar mucho sobre mi relación con él. Es alguien con quien ya no me tomaría un café, pero respeto mucho su trabajo. Sabía que él captaba lo que yo quería. Por veinte años, Mick Jagger y Keith Richards no se hablaban, pero tocaban juntos porque eran muy buenos trabajando y haciendo dinero.

—¿Imaginaste que Amores perros te cambiaría la vida?

—Sabía que era algo que no se había hecho en el cine latinoamericano. No se contaban nuestras historias y había una resistencia. El formato de cruce de historias impactó, pero lo significativo es que se pudo contar parte de nuestras vivencias.

—Ya hablamos del lenguaje, vamos con la jerga, que es muy importante en esa película y en toda tu obra…

—Es que el truco está en la traducción simultánea. Ahorita te digo: “Te sirvo un chesco, carnal”, y tú me respondes: “Gracias por la Coca-Cola, amigo”. ¿Me explico? El personaje de Gael (García Bernal) decía “mucha lana” y el otro “dinero”. Un personaje habla con un slang fuerte y el otro más claro. Vengo de un medio anfibio: estaba en escuela privada y mis amigos en pública, y a eso súmale una lengua campesina. Tengo un cruce de lenguajes y de maneras de ver el mundo que se contrastan y me ayudan a ahondar en la vida misma desde la comunicación cotidiana.

—Ganaste en Cannes y Venecia. ¿Pesa no ganar el Óscar?

—He sido nominado y obvio que quisiera ganarlo, pero no pesa. Con Cannes siento que gané la Copa del Mundo y con el León de Oro soy bicampeón. También están los premios Mazatlán y Alfaguara en literatura.

Un narrador salvaje

Con El Salvaje abordó la muerte como pretexto para reflexionar sobre la esperanza. Eso le permitió ganar el Premio Mazatlán. Con Salvar el fuego conquistó el Premio Alfaguara 2020. Ese libro inicia con una especie de cacería, donde unos maleantes buscan asesinar a la protagonista. Hasta marzo de 2023 era el tercer libro más vendido en México y fue el primero por casi dos años.

Mientras que su novela Extrañas, que se publicó en febrero de 2023, es ahora la más vendida. En esta entrevista no dio mayores detalles, pues se cocinaba en la imprenta y solo adelantó que salía de la Unidad Modelo para ir al siglo XVIII, y tratar sobre la pugna entre la ciencia y la religión para explorar los límites humanos.

—Con Salvar el fuego se prendió tu consagración. ¿Qué implicó ganar el Alfaguara?

—Triplicar las ventas y tener visibilidad. No pertenezco a círculos literarios ni cinematográficos. Si buscas, prácticamente, no reseñan con gran difusión mi obra. Por eso me emocionó ganar el Alfaguara, porque te ratifica que el trabajo habla por uno, que en mi caso es independiente.

—Si hiciésemos un ejercicio a lo Frankenstein, ¿qué tendrías de los personajes de Salvar el fuego?

—De Ceferino, el rigor y la creencia en la educación; de Marina, un poco lo irresponsable al tomar decisiones; del Máquinas, el desmadre; de José Cuauhtémoc la pasión por la literatura.

—En tu obra hay violencia y está la muerte. ¿Te ratificas en que tu gran tema siempre es el amor?

—Definitivamente. Toda mi obra es sobre el amor, en todas sus formas: a una mascota, a tu pareja, a un amigo… La muerte es fundamental, pero no es la médula de mi trabajo. Sabemos que vamos a morir, por eso me interesa tanto los hilos del amor que se tejen en la vida y cómo busca imponerse frente a los pasajes más oscuros.

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Acerca de Damián De La Torre Ayora

Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora y condujo el programa radial In-Cultos. Ganador del Eugenio Espejo UNP y Artes Vivas de Loja.
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