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“¡Qué error es creer que los palestinos todavía tenemos algo que perder…!”

por Jorge Ortiz

Ya se sabe quién ganará la guerra.
Pero, ¿qué sucederá después?

Guerra Palestina - Israel.
Fotografía: Shutterstock.

Fue, según aseguró el parte oficial, una victoriosa batalla de diez horas, al cabo de las cuales un bastión de los milicianos palestinos, centro de una extensa red de túneles bajo la ciudad de Gaza, cayó en manos del ejército israelí. Un gran triunfo estratégico. Era el 9 de noviembre, día 33 de una guerra que sólo terminará cuando Israel alcance su objetivo de la “eliminación total de Hamás”, el grupo radical islámico que con su ataque del 7 de octubre desencadenó el conflicto. Pero, ¿qué implica la “eliminación total de Hamás”?

Hasta el día 33, la guerra había causado 12.000 muertes, empezando por las 1.400 víctimas del ataque de Hamás, además de una cantidad inmensa de heridos. También, manzanas enteras habían sido reducidas a escombros, mientras la situación en la ciudad empeoraba día tras día por el corte de los suministros de agua, electricidad, alimentos y combustibles. Gaza agonizaba ese día, por lo que el gobierno de Israel —bajo presión internacional— accedió a hacer, en lo sucesivo, pausas diarias de cuatro horas en sus operaciones militares.

Esas pausas permitirán que miles de palestinos huyan de las zonas más afectadas por la guerra. Pero la suya será una huida hacia ninguna parte: todos los pasos fronterizos con Israel están cerrados y el que lleva de Gaza a Egipto tan sólo se abre de tarde en tarde, para que entre en la Franja ayuda de emergencia. Sí, la inmensa mayoría de los palestinos de Gaza no tienen dónde ir, y los que consiguen salir están condenados a engrosar la legión enorme de refugiados que sobreviven sin esperanza en campos hacinados y miserables.

Cuál será el destino de los refugiados de la guerra no es, sin embargo, la única incertidumbre, ni la peor, del conflicto actual. También está la falta de certezas sobre qué significa la “eliminación total de Hamás”. Y es que el Movimiento de Resistencia Islámica (que esa es su denominación oficial) tiene decenas de miles de funcionarios en el gobierno de la Franja. En concreto, entonces, ¿hasta qué nivel jerárquico piensa llegar Israel en la “eliminación total”? Pero la más honda de las incógnitas es otra: ¿qué sucederá una vez terminada la guerra?

El día después

Enfocado en su propósito de terminar con Hamás, el gobierno israelí ha optado por postergar todas las decisiones sobre la postguerra hasta que el conflicto actual haya concluido. Pero, como recordaba el historiador israelí Yuval Noah Harari, cuando la Segunda Guerra Mundial aún estaba en sus fases iniciales, con los ejércitos alemanes ocupando media Europa y la armada japonesa avanzando por el Pacífico, Winston Churchill y Franklin Roosevelt ya empezaron a bosquejar el mundo futuro con la Carta del Atlántico, que firmaron en agosto de 1941. ¿No debería hacerse lo mismo ahora?

Harari piensa que sí: “los israelíes necesitamos algo más profundo y constructivo que la vaga promesa de destruir Hamás, necesitamos una ‘Carta de Israel’ que explique cómo serán nuestras vidas una vez alcanzada la victoria (…), porque incluso los palestinos de Cisjordania y Gaza, a los que Israel exige moderación y que condenen a Hamás, necesitan saber que, tras la guerra, un Israel victorioso les ofrecerá su mano de paz y no explotará esa victoria para expulsarlos de sus tierras o pisotear sus derechos…”. Pero todavía no hay nada parecido a esa ‘Carta de Israel’.

Sobran, en cambio, las dudas sobre el día después. Está claro que Hamás será derrotado y que sus jefes serán aniquilados. Es el precio que pagarán por haber organizado el ataque aun sabiendo que Israel respondería de inmediato y con fuerza aplastante. Lo que no está claro es quién se hará cargo de Gaza en la postguerra, es decir si se quedará Israel, o si se formará alguna fuerza multinacional con presencia árabe, o si se le entregará el control a alguna representación palestina. Peor aún, no se sabe si alguien querrá hacerlo.

Un gobierno tecnocrático

Y es que con la extirpación de Hamás, cualquiera que sea el alcance de la cirugía, la situación de la Franja de Gaza no quedará remediada. Y mucho menos aún el tema palestino, porque la solución estable y duradera deberá ser política, no solamente militar, y no podrá limitarse a Gaza, sino que deberá incluir a Cisjordania. Y esa solución a largo plazo no podrá ser otra que la coexistencia pacífica de Israel con una patria palestina que reconozca el derecho de Israel a su existencia y sea gobernada democráticamente, lejos del integrismo islámico.

Pero lo primero será arreglar la situación de Gaza. “Lo que ya sabemos es que no se puede volver al statu quo previo, con Hamás teniendo responsabilidades de gobierno”, según anticipó el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, quien agregó algo muy significativo: “Israel no puede reasumir”. Pero, ya derrocado el régimen de Hamás, alguien tendrá que gobernar Gaza y encargarse de la reconstrucción. Es entonces cuando surge la posibilidad del retorno al poder, en todos los territorios autónomos, de la ANP, la Autoridad Nacional Palestina.

La fórmula partiría de la conformación de una fuerza multinacional árabe (Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Baréin) que, encabezada por las fuerzas de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina y con un mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, asuma el control de Gaza y establezca una “administración tecnocrática”, como primer paso para la implantación de un nuevo gobierno palestino, con exclusión total de Hamás. Mahmud Abbas, quien en la práctica gobierna Cisjordania desde 2005, encabezaría ese proceso.

Posiciones radicales

Pero esa fórmula, que cuenta con amplio apoyo internacional, empezando por el de los Estados Unidos, tampoco parece fácil de aplicar. Está, en primer lugar, la renuencia de la mayoría de los países árabes a involucrarse positivamente en el tema palestino. Y está además el deterioro de la legitimidad de la Autoridad Nacional Palestina, que, ante la inminencia de perder el poder también en Cisjordania (en Gaza lo perdió ante Hamás en 2007), no ha llamado a elecciones desde 2009.

La fórmula se completaría con la “reconfiguración” de la ANP mediante la participación de la OLP, la histórica Organización para la Liberación de Palestina, de Yasser Arafat, que es la representante legal del pueblo palestino y en la que no están ni Hamás ni la Yihad Islámica, los dos grupos radicales que siguen rechazando la existencia de Israel en los territorios concedidos al pueblo judío por la resolución 181 de las Naciones Unidas, de noviembre de 1947. La presencia de la OLP le daría diversidad a la representación palestina.

Pero tampoco está claro todavía hasta dónde estará dispuesto a llegar Israel para normalizar la situación de Gaza en la postguerra. En la actual coalición gobernante hay posiciones extremas que entorpecerían un acuerdo aceptable para todas las partes. Pero, además, no se sabe qué pasará con el gobierno de Benjamín Netanyahu, cuyos evidentes errores (tanto de inteligencia militar como de visión estratégica) hicieron posible el ataque del 7 de octubre. Todo indica que Netanyahu tendrá que dejar el poder, como lo dejó Golda Meir tras la Guerra del Yom Kippur de 1973.

“Hamás seguirá vivo”

Dos semanas después de iniciada la guerra, cuando los ataques aéreos israelíes demolían barrios enteros de Gaza y causaban muchos muertos civiles, la prensa internacional reportó un alza —que ya no se detuvo— en la popularidad de Hamás entre el pueblo palestino, tanto en Gaza como Cisjordania. La radicalización aumentaba con cada bomba que caía. Nadie lo expresó con tanta claridad como Aarab Barguti, hijo de Marwan Barguti, un líder palestino que desde 2002 está preso en Israel condenado por terrorismo: “¡Qué error tan grande es creer que los palestinos todavía tenemos algo que perder…!”.

En efecto, a pesar de los miles de muertos causados por la reacción israelí, muchos palestinos justifican el ataque de Hamás. Abbas Zaki, integrante del comité central de Al-Fatah, el movimiento que es el núcleo de la OLP y cuya rivalidad con Hamás es histórica, considera que los sucesos del 7 de octubre fueron una “reacción normal ante tantos años de opresión de los palestinos en Gaza” y, más aún, que sirvieron para “mostrar el camino para la lucha”, por lo que “Hamás saldrá debilitado de esta guerra, pero la idea que representa terminará fortalecida”.

Es que con el transcurso de los días está extendiéndose la comprensión de que lo que está ocurriendo no es una guerra entre Israel y Gaza, sino entre Israel y Palestina, por lo que, suceda lo que suceda en la Franja, el conflicto no estará terminado mientras no haya una solución integral de la situación palestina. Pero, ¿será posible una solución así mientras Israel siga gobernada por Netanyahu? Al fin y al cabo, él fue el responsable mayor del colapso gradual de los Acuerdos de Oslo firmados en 1993 con la mediación estadounidense y cuyo propósito era alcanzar una paz definitiva.

Error tras error

No hay, desde luego, un culpable único del naufragio del proceso de paz. Los palestinos, como alguna vez les dijo Netanyahu, “nunca pierden la oportunidad de equivocarse”. Acaso la peor de sus equivocaciones fue entregarle su representación a Hamás, relegando a la Autoridad Nacional Palestina, lo que les quitó reconocimiento internacional y capacidad de negociación. Está claro que mientras la máxima autoridad palestina sea Ismail Haniya, el violento líder de Hamás, que vive en Qatar, Israel no podrá llegar a ningún entendimiento duradero.

La ciudad de Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, el 12 de octubre de 2023.
La ciudad de Rafah, en el sur de la Franja de Gaza, el 12 de octubre de 2023. Fotografía: Shutterstock.

Pero también Netanyahu es visto como un obstáculo para la paz, tanto por su alianza con los sectores israelíes que niegan el derecho de los palestinos a tener su propio país (a pesar de que ellos y los kurdos son los dos grandes pueblos sin patria), como por sus posiciones extremas —y contraproducentes— en este tema. “Dos millones de personas acorraladas en 365 kilómetros cuadrados durante 56 años son un tóxico campo de cultivo de las peores pulsiones terroristas”, según escribió el periodista Lluís Bassets, para quien “una solución difícilmente se consigue a bombazos y sembrando la ciudad de cadáveres”.

También los Estados Unidos, que siguen respaldando sólidamente a Israel, han expresado ya su preocupación por lo que podría ocurrir al final de la guerra. Es probable, ante todo, que reaparezca el antisemitismo más duro, con el consiguiente fortalecimiento de la posición internacional de los adversarios de Israel, empezando por Irán. Un regreso del antiamericanismo tampoco es descartable, en el mundo árabe y en el Tercer Mundo en general. El Occidente, en conjunto, también sería afectado, precisamente cuando China y Rusia han adoptado actitudes muy agresivas.

Se cuenta que durante la operación militar en Afganistán que siguió al ataque del integrismo islámico en Nueva York y Washington, un coronel del ejército estadounidense comentó con tristeza que “con cada civil que matemos más segura será nuestra derrota”. ¿No debería pensar lo mismo el gobierno de Israel? Y es que nadie puede poner en duda su derecho a defenderse, pero con proporcionalidad y respetando las reglas de la guerra. Una agresión como la del 7 de octubre no podía quedar sin respuesta. Pero con cada niño que muere en Gaza el prestigio de Israel sufre un daño enorme.

Junto al antisemitismo —que ya está expresándose en varios países del mundo—, también es probable un rebrote de la islamofobia, que fue tan notoria durante la existencia del Estado Islámico, de 2014 a 2019. Incluso es posible la reaparición del terrorismo islamista, con ataques indiscriminados en medio mundo. Todo lo cual dificultará aún más el alcance de una paz confiable entre israelíes y palestinos, a partir de la única fórmula con aceptación internacional: dos Estados, uno judío y otro palestino, conviviendo en armonía, convencidos de que lo que a ambos les conviene es aprender a vivir en paz.

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Acerca de Jorge Ortiz

Ha sido periodista y corresponsal internacional, articulista, presentador de noticias, entrevistador y colaborador de la revista Mundo Diners, además de autor de cuatro libros de relatos históricos.
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