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Mundo Diners al día

Carlos Granés: “La cultura nos hace personas más complejas”

por Gabriel Flores Flores

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El escritor colombiano Carlos Granés es el autor del libro 'Delirio Americano'.

Milei es un 'perfomer'…

Petro, un pésimo poeta…

Guayasamín fue talentoso, pero demagógico…

Estas son algunas de las reflexiones que lanza Carlos Granés, en la entrevista que verá y leerá a continuación. El antropólogo y escritor colombiano estuvo en Quito, por una invitación de la USFQ para hablar de un libro que ha dado la vuelta al mundo, 'Delirio americano’. 

En el ensayo ‘Como el aire que respiramos’, Antonio Monegal dice que la cultura debería ser entendida como un bien común de primera necesidad. ¿Usted qué opina?

Estoy de acuerdo, pero no por lo que se suele pensar. A veces se tiene una idea terapéutica de la cultura, y eso es algo que no comparto para nada. No creo que la cultura nos sane ni nos haga mejores personas. A veces se cree que alguien que está con el arte o con los libros se vuelve mejor y eso no pasa. Conozco el gremio y puedo asegurar que está lleno de cabrones. La cultura no hace buenas personas. Es más, puede hacer hombres y mujeres muy malos o con ideas peligrosas. Mi libro está plagado de ejemplos de poetas que pasaron de hacer poesía a ideología fascista. Lo que hace la cultura es volvernos personas mucho más complejas. Darnos más capas y herramientas para entender el mundo. 

¿Por qué en América Latina la política y la cultura han sido pensadas y manejadas como dos mundos que marchan en líneas paralelas?

Desde el siglo XX, como mínimo, es clarísimo el tráfico de ideas del campo cultural al político por una razón, digamos, sociológica. En Colombia, muchos querían ser abogados y otros cultivaban aspiraciones literarias, pero todos se reunían en los mismos cafés y en las mismas tertulias. De esos grupúsculos salían los futuros poetas, presidentes, periodistas e intelectuales. Todo surgía de un mismo humus. Por eso no era raro que muchos políticos muy cultos, o que tuvieran aspiraciones culturales, como Haya de la Torre en Perú, comparta mesa con César Vallejo y otra gente dedicada a la cultura. No es extraño que en América Latina haya presidentes literatos, ni que la gente que se ve atraída por el poder esté imbuida de visiones poéticas, utópicas o revolucionarias. 

Pero a veces, para la gente esa sinergia entre cultura y política no está tan clara. 

Últimamente es verdad que los presidentes latinoamericanos han dejado de ser personas cultas. De pronto tienen conocimientos más técnicos, en economía por ejemplo, o vienen del activismo popular. En Colombia, Belisario Betancur fue el último presidente culto, compadre de poetas, contertulio de escritores y promotor de las artes. Lo que quizás no se percibe tan claro es que muchos presidentes actuales tienen visiones poéticas de la realidad. Son personajes que llegan al poder no para gobernar, sino para cambiar la historia de los países. Para imponer su visión de lo que es la sociedad y la realidad. Hay casos notables, como el de Gustavo Petro el de AMLO. Los dos llegaron con la idea de redimir a un pueblo explotado por 200 años de gobiernos oligárquicos y opresores. Y eso es una visión propia del poeta y del salvador. 

¿Con una visión mesiánica?

Con una visión mesiánica y utópica, y no con una del gobernante que llega a administrar recursos, a hacer política pública o a resolver problemas concretos. La mentalidad de los presidentes actuales es refundacional: Milei, Bukele, Boric. Aquí estuvo Correa, que refundó el país, cambió la Constitución y declaró la plurinacionalidad del Estado. Son presidentes que llegan a reinventar una nación, como si fueran novelistas. 

¿Qué problemas nos hemos ganado como sociedad al pensar en estos mundos de manera individual?

Más bien creo que deberían estar disociados. El político debería ser una persona bastante anclada a la realidad; muy consciente de los problemas reales que afectan a la vida de las personas y armado de recursos técnicos que le permitan forjar políticas públicas. El problema es cuando tenemos políticos que no están anclados a la realidad, sino que están enamorados de sí mismos y de sus visiones de lo que deberían ser el mundo y la realidad. 

Entonces, ¿necesitamos más estadistas y menos aspirantes a novelistas?

Los grandes personajes que ha dado la región han sido escritores y poetas. Si nosotros nos hemos destacado en algo es en la cultura. En ese contexto, no es extraño que el político aspire a tener la misma importancia que han tenido los escritores y se comporten como tales. Petro, en su discurso de posesión, daba a entender que iba a escribir en la realidad la segunda parte de ‘Cien años de soledad’, con la diferencia de que él sí iba a redimir a una estirpe condenada a cien años de soledad. 

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¿Qué acontecimiento ejemplifica mejor ese vínculo entre política y cultura en la Colombia del siglo XX?

Siempre se tentó a García Márquez para que entrara a política; y él, con muy buen criterio, siempre se resistió. Es posible que hubiera ganado y que también hubiera sido un desastre absoluto. Él se limitó a hacer lo que mejor sabía, que era escribir. 

El que no tuvo buen criterio fue Vargas Llosa.

Creo que para el Perú fue una desgracia que haya ganado Fujimori, pero para Vargas Llosa fue algo bueno. Es posible que no hubiera ganado el Nobel de haber sido presidente. Vuelvo a García Márquez, porque dijo algo muy trascendental para esa generación y es que si bien tenía un compromiso político notable como intelectual, aclaró que como escritor su única obligación con la sociedad era escribir bien. Entonces, liberó a la literatura colombiana del compromiso político. Y eso permitió que tuviera un desarrollo interesante. Un caso más actual es el de Gustavo Petro, que tiene mentalidad de poeta. Es más, salpica sus pronunciamientos públicos con el lirismo de un pésimo poeta. Ha dicho frases de una cursilería cósmica. La que lo acompañará en su paso a la inmortalidad es: “La misión de Colombia es expandir el virus de la vida por las galaxias del universo”. Eso no lo dice un político sino un poeta cósmico”. 

Algo que se extendió a la pintura. 

El caso de Guayasamín es clarísimo. Es un pintor muy interesante, porque está influenciado por el cubismo. De un talento tremendo, pero también muy demagógico. La suya es una pintura moralizante, sensiblera, que conmueve, que doblega al espectador con el sufrimiento indígena. Yo no sé, qué tan cómodo se sienta un indígena viéndose postrado, humillado o lacerado. Sospecho que es una pintura indigenista pensada más para conmover a un público no indígena que para reivindicar a alguien que lo es. Marta Traba, que fue la némesis de Guayasamín, lo acusaba de progresismo. A pesar de que ella era progresista en política, en arte detestaba el progresismo y las buenas intenciones. Estaba convencida de que el arte tenía que ser netamente creativo, individual, creador de mundos y de otras realidades y no buscar un efecto bastante predecible. 

¿Qué papel están jugando ahora los poetas y políticos? 

Actualmente, creo que los poetas no pasan por su mejor momento. Están bastante eclipsados por los novelistas, 'performers' y otras formas de expresión plástica. La poesía fue la gran expresión artística latinoamericana hasta los años 60. Ya no tiene la atención de cuando Neruda andaba por el mundo llenando estadios con personas que iban a oírlo recitar. Ahora son más los políticos los que usan cierta sensibilidad poética para hacer política. Si uno mira a Milei descubre que es un 'performer' futurista. Un tipo absolutamente histriónico, provocador y desafiante. Entendemos sus filias y fobias a través de la teatralización de la política. 

¿Milei no aspira a novelista sino a dramaturgo?

A dramaturgo y a 'performer'. Hay gente muy mediocre que pasaría totalmente desapercibida por su capacidad intelectual o por su hoja de vida, pero que gana el foco de las cámaras. Bolsonaro saltó a la fama luego de reivindicar al torturador de Dilma Rousseff. Eso fue una transgresión brutal para nuestros consensos morales. La gente se preguntaba quién es este loco y ese loco siguió diciendo locuras y de pronto esa locura comenzó a contagiar a gente que quería oír locuras y así se ganó un nicho en la política. Casos como este muestran que nuestra racionalidad es endeble, y que solo hace falta un loco que alebreste nuestra locura y se haga contagiosa. Trump es consciente de eso cuando dice: “Yo puedo salir a la calle y matar a alguien y no pierdo un voto”. Eso es brutal y surrealista. Bretón decía que el acto surrealista por excelencia era salir a la calle a dar un tiro a cualquiera al azar y ahora lo dice la ultraderecha. En estos tiempos, la transgresión es de derecha, ya no de izquierda. 

Ya que hablamos de cultura y política, ¿qué dice Carlos Granés sobre Bukele?

Bukele es otro visionario. Él llegó al poder con una idea bastante utópica y futurista de El Salvador. Creía que iba a convertir a su país en la avanzada de la criptomoneda; incluso, tuvo una fantasía típica de los artistas de vanguardia, que es crear un ciudad quimérica. Una urbe bitcoin donde se iban a cumplir todas sus fantasías. Curiosamente, ese sueño se derrumbó y surgió una distopía carcelaria. Es impresionante cómo ha proyectado esta idea con un poder de seducción enorme, porque ahora hay 'Bukelitos' por todas partes. Lo más interesante y dramático es que él, como todo poeta, no ha visto ningún tipo de limitación. Apoyado por la gente ha podido saltarse los límites constitucionales, que habrían hecho ilegítima su reelección, cosa que le ha importado un pepino; porque alguien como él, con una visión salvífica, no tiene que someterse a las limitaciones legales. El Salvador vive un momento en el que pasó del visionario redentor al autócrata, y ahora a Bukele, absolutamente nadie lo va a sacar de ahí . 

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Acerca de Gabriel Flores Flores

Periodista. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana y Licenciado en Comunicación Social. Pasé por las redacciones del HOY y El Comercio. También fui librero. Desde hace más de una década escribo sobre literatura, teatro, cine, arte, series de televisión, gastronomía y coyuntura cultural.
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